La mayor parte del año intento reprimir mi lado más compulsivo, pero no siempre tengo éxito. Mi familia a menudo se pregunta sobre la necesidad de botes de basura en la casa dado que tiendo a vaciarlos casi instantáneamente. Y para qué me molesto en gastar dinero comprando cestos para la ropa sucia si traspaso la ropa sucia a la lavadora de inmediato.

Sin embargo intento mantener esta naturaleza mía bajo control y mi hogar es usualmente un poco desordenado, y, me gusta pensar, que se puede vivir en él con normalidad (¡no entrevisten a mis hijos!). Sin embargo, hay una época del año en donde le permito a mis rasgos compulsivos prosperar y florecer: Pesaj.

Uno de mis invitados en Purim intentó intimidarme. Señalando la hermosa luna, él comentó que la próxima vez que veamos una luna como esa, será Pesaj, aludiendo al trabajo que hay por delante. “¡Debes esforzarte más que eso para asustarme!” me jacté yo. “Me encanta Pesaj. Me encanta organizar y limpiar” (OK, ¡Ódienme ahora!).

Bueno, no todo el tiempo. Ciertamente me canso y me frustro. Definitivamente me quedo sin energía. Es un desafío balancear la limpieza con mis otras responsabilidades, como preparar la cena, ser mamá y escribir para AishLatino.com.

Pero también es un placer. Hay un real sentido de renovación y oportunidad en una casa limpia y organizada. Hay un verdadero sentimiento de “fuera lo viejo y venga lo nuevo” que no solamente se aplica a nuestra existencia física sino a nuestra existencia espiritual.

Hay algo sobre la limpieza física que conduce a la libertad espiritual. Debemos despejar nuestra vida de desorden para hacer espacio para el aprendizaje y el crecimiento. Debemos deshacernos de todas las “cosas” que están entre nosotros y nuestra relación con Dios. Debemos remover las telarañas que bloquean nuestra visión de la realidad.

La limpieza de Pesaj es una metáfora para la limpieza de nuestras almas. Pero no es solamente una idea intelectual. Solamente lo lograremos si estamos dispuestos a trabajar duro; debemos meternos en los recovecos, despojarnos de toda la extraña parafernalia, debemos remover todas las capas de “suciedad” acumuladas.

Cada año amigos y conocidos preguntan: “¿Dónde vas a estar para Pesaj?”. No estoy segura por qué siguen preguntando ya que mi respuesta es siempre la misma: en casa. Y a pesar de que en algunos días particularmente frustrantes y agotadores (cuando el triturador de basura y la lavadora se descomponen al mismo tiempo y las personas me empujan en la fila en mi quinto viaje al supermercado) se me puede escuchar regañando a mi esposo, “¿¡Por qué no nos invitaste a uno de esos retiros de Pesaj!?”, mis hijos siempre me interrumpen en la mitad, “Igual no irías, incluso si él te invitara”.

Y tienen razón. Porque me encanta deshacerme de todos esos ítems que ya no necesitamos o no usamos y hacer espacio para una casa fresca y una perspectiva fresca. Simplemente no se sentiría como Pesaj de otra forma.

Cuando termina la festividad, empaco mis platos de Pesaj y mi naturaleza compulsiva (generalmente) y regreso a mi semi organizado desorden.

Pero la experiencia se queda conmigo. La lección permanece. Las migas de matzá me recuerdan todo el trabajo duro y el esfuerzo que se invirtió en crear la atmósfera adecuada para la festividad. Y a medida que encuentro “remanentes” del Seder por toda la casa, recuerdo que no debemos desaprovechar la oportunidad. Y les advierto a mis hijos: aquellos que no aprenden de Pesaj están condenados a ver mi lado compulsivo asomar su fea cabeza mucho antes de lo esperado...