Yo siempre estaba tan orgullosa de mí misma. Intentaba no cambiarme a algo más cómodo apenas entraba a la casa. Siempre creí que mi esposo debería ver la mejor versión de mí misma, no mis vecinos, amigas o alumnas, y ciertamente no la cajera en el supermercado. Incluso en aquellas ocasiones en las que sí me relajaba en relación a mi atuendo, intentaba al menos ponerme un poquito de lapiza labial antes de que mi esposo regresara a casa del trabajo.

Esto se convirtió en un desafío más grande hace unos años cuando él empezó a trabajar más desde casa y yo comencé a tener más trabajo fuera de casa. Pero me mantuve consciente del problema. Intenté, a pesar de que no siempre tuve éxito, de ser fiel a mis principios, de asegurarme de tratarlo a él como mi prioridad número uno.

Todo esto ha sido arrojado por la ventana con la pandemia de coronavirus, con nuestras restricciones de “cuarentena”. Todos estamos juntos en casa, todo el tiempo. Y mi horario ha cambiado… Me muevo un poco más lento. Uso la caminadora un poco más tarde, lo cual significa que me baño un poco más tarde (¡¿demasiada información?!), lo que significa que me visto más tarde… ¡lo que significa que ando por la casa en bata mucho más tiempo! Además, ya que no voy a ninguna parte: no salgo a enseñar, ya ni siquiera voy al supermercado —reservándole esa tarea a mis menos vulnerables hijos— me siento menos preocupada por mi apariencia, menos enfocada en qué me pongo.

¡Ups! ¿Qué pasó aquí? ¿Qué hay de mis lecciones sobre cómo vestirte para recibir a tu esposo? ¿Qué hay de mis proclamaciones de no ponerme mi sudadera apenas llego a casa? Ahora estoy prácticamente viviendo en la modesta versión de “sudadera” todo el día, todos los días. Esta es una realización aleccionadora que se hizo aún más punzante cuando comencé a dar clases por Zoom. Aunque no me puse ropa más sofisticada, sí me puse mi peluca. ¡Dios no quiera que mis alumnas me vean con el “trapo” que he estado usando en mi cabeza por la casa!

Pero por supuesto, ¿quién me está viendo? Y, ¿cuál es el único momento en que salgo de la casa? A caminar con mi esposo. ¿Y qué tengo puesto? El mismo trapo, a menos que justo tenga que dar una clase después. Es increíble cómo años de enseñanza son lanzados por la ventana tras este virus sin precedentes y los encierros resultantes. ¡Impresionante lo rápido que abandoné años de conducta y principios!

Estoy completamente avergonzada de mí misma. Me daré una pequeña felicitación por vestirme bien en Shabat, por reconocer que, aislada o no, Shabat es aún un día de santidad que requiere un lindo atuendo, comida y platos que atestigüen eso.

¿Pero qué hay de la santidad de mi matrimonio? ¿Qué hay de las demandas de esa relación? Puedo ver que es demasiado fácil que parte de la atención a los detalles que cualquier relación exitosa necesita sea abandonada cuando estamos el uno con el otro sin pausa, cuando estamos viviendo las demandas de esta nueva realidad. Hay un peligro real aquí. Por favor, Dios, que pase este virus pronto.

No podemos vivir en este capullo para siempre. Pero los cambios de actitudes en las relaciones podrían ser duraderos. Depende de nosotros hacerlos positivos o negativos. Hay tantas formas en que esto podría resultar, tantos detalles que atender. Me estoy enfocando en uno relativamente simple aquí.

A pesar de los desafíos de nuestra situación, a pesar de estar encerrados en nuestras casas, a pesar de que no veo a nadie excepto a mi familia inmediata, voy a hacer un mayor esfuerzo. No solamente de vestirme cada día (¡eso lo estoy haciendo!) sino de vestirme bien, de mantener a mi esposo y mi matrimonio en mente cuando decido qué ponerme.

Cuando los judíos eran esclavos en Egipto y estaban sucumbiendo ante la desesperación, fueron las mujeres judías quienes se rehusaron a rendirse, quienes mantuvieron su fe y quienes continuaron vistiéndose de forma atractiva para sus esposos, a pesar de su situación. Ciertamente, en circunstancias mucho menos graves, yo puedo hacer una elección similar. Puedo vestirme mejor, no peor, para la persona que más me importa.