Rabi Janina declaró: “He aprendido mucho de mis maestros, más de mis colegas, pero más aún de mis alumnos” (Taanit 7a). Si nos abrimos a las posibilidades, entonces casi cualquier interacción es una oportunidad para aprender. Aprendemos algo único de nuestros maestros, de nuestros pares y de nuestros alumnos. Pirkei Avot nos dice que un hombre sabio es “aquel que aprende de todos”. Está de más recalcar que nuestros sabios se referían a las oportunidades de crecimiento o de sabiduría y no solamente a la adquisición de información, la cual es más fácil de obtener a través de Internet en nuestra época.

Sin embargo, a veces la información es clave para la sabiduría. A veces abre puertas, abre nuestros ojos, revela conocimientos o es un cuento con moraleja. El viernes pasado fue todas las anteriores. “Aprendimos” sobre un fenómeno destructivo que está ocurriendo en las escuelas secundarias de Estados Unidos que involucra la popular droga Ritalin. Mientras que el Ritalin calma a niños con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), tiene el efecto contrario en aquellos que no tienen este diagnóstico. Es una anfetamina, coloquialmente una droga estimulante.

Aparentemente, algunos niños con TDAH están vendiendo su Ritalin a otros compañeros de clase quienes creen que la energía y enfoque extra los ayudará a rendir mejor en sus exámenes.

Nos quedamos con la boca abierta. Hay tantas cosas que están mal en esta historia, los niños que necesitan la droga no la están tomando, el impulso a ganar dinero fácil sin importar las consecuencias para cualquiera de los dos lados y la increíble presión de “tener éxito” que parece forzar a los otros niños a buscar “ayuda”.

¿Cuánta presión le estamos poniendo encima a nuestros hijos que las drogas se han convertido en el camino hacia el éxito?

¿Cuánta presión le estamos poniendo encima a nuestros hijos que las drogas se han convertido en el camino hacia el éxito? Y, ¿cómo hemos definido éxito? ¿Se trata solamente de ingresar a una prestigiosa universidad? Esa es ciertamente una definición muy angosta y limitante.

¿Acaso alguno de nosotros se está enfocando en que los niños simplemente deben hacer su mejor esfuerzo, incluso si no reciben la mejor calificación? ¿Incluso si ellos (horror de horrores) ingresan a una universidad estatal? ¿Los estamos recompensando y alabando por sus buenas acciones en vez de sus buenas calificaciones? ¿Se están convirtiendo en quienes queremos que sean? Y, ¿están equipados con las herramientas necesarias para atravesar exitosamente los desafíos de la adultez? (¡me refiero a las herramientas de carácter, no farmacéuticas!).

Rav Moshe Feinstein, de bendita memoria, un prominente rabino de la generación previa, estaba una vez hablando del tema de hacer trampa en la escuela secundaria. Él dijo que, si hacer trampa llevaba a mejores calificaciones lo que a su vez llevaba a la aceptación universitaria y luego a un trabajo, entonces todo el dinero se consideraba como robado. Todo el “éxito” era debido a hacer trampa y por lo tanto era dinero sucio.

No puedo evitar pensar lo mismo sobre el éxito obtenido a través de estimulantes artificiales (o incluso ilegales).

No solamente es una ganancia ilícita, sino que, es difícil imaginar el caos que esto genera en la autoestima de un niño. El niño percibe que tuvo éxito a través de la ingesta de drogas y no a través de sus propios esfuerzos o talentos. Después ellos crean dependencia de la medicina y se sienten incapaces de alcanzar algo sin su ayuda. Ese es quizás el mayor costo de todos. (Para ser clara, estoy hablando de niños a los que no se les ha recetado la medicina. Entiendo que algunos niños que tienen TDAH se benefician del Ritalin, a pesar de que hay mucha controversia al respecto).

Es momento de que los padres vean bajo la superficie de las buenas calificaciones y entiendan que el precio es demasiado alto. Es momento de liberar la presión para que los niños puedan tener un sentimiento de logro sin ayuda. Es momento de obtener perspectiva sobre qué es el éxito realmente y de comunicar un mensaje saludable a nuestros hijos.

No fueron “perlas de sabiduría” las que compartieron con nosotros el pasado viernes en la noche. Pero fue importante. Y fue un llamado de atención. Nos obligó a reexaminar nuestra perspectiva y nuestras prioridades y nos dio energía para ayudar a otros a hacer lo mismo.

Definitivamente aprendimos algo. Solamente espero que hayamos interiorizado la lección.