En la universidad yo tenía una buena amiga llamada Valeria. Valeria y yo nadábamos juntas, jugábamos squash, íbamos al teatro, a fiestas y estudiábamos para nuestros exámenes de la escuela de derecho. Incluso jugábamos béisbol en el equipo de la escuela. Nada de esto sería de ninguna manera extraordinario excepto por el hecho de que a Valeria le faltaba un brazo. Sin embargo, a pesar de su discapacidad, Valeria se lanzó a los deportes, estudios y amistades con entusiasmo.

Ella me dijo que una vez en un viaje conoció a un joven que había nacido con una condición similar. Al contrario de ella, el joven se comportaba como un inválido con actividades e intereses muy limitados. Ella creía que la gran diferencia estaba en la actitud de los padres. Los padres de ella le dijeron que ella era especial y que podía lograr cualquier cosa quisiera. Los padres del joven le tenían lástima y tenían una visión muy reducida de su potencial.

Digamos o no las palabras, nuestros hijos siguen nuestro ejemplo.

Todo el mundo ha visto alguna vez a un niño pequeño caerse. Él mira alrededor para ver cómo reaccionan sus padres. Si ellos se ven asustados y horrorizados, el niño usualmente rompe en llanto. Si ellos se ven tranquilos y actúan como si no fuera gran cosa, el niño frecuentemente se levanta y sigue jugando. Nosotros ponemos el tono.

Esto es algo crucial que cada padre debe saber. Y se aplica en innumerables escenarios.

Y si bien una cuota de peleas entre hermanos puede ser inevitable, yo creo que es algo que se ve definitivamente exacerbado por las expectativas de los padres. Si nosotros expresamos lástima por el niño mayor y esperamos que él esté celoso, lo estará, y de gran manera. Pero si tratamos la llegada de hermanos menores como algo habitual (¡con algo de adecuada celebración!) y no hacemos un gran lio sobre sus emociones complicadas, ellos responderán del mismo modo.

De la misma manera con situaciones atemorizantes. Cuando nos sentimos ansiosos o asustados, nosotros, como padres, debemos transformarnos en actores. Nuestros hijos necesitan sentirse a salvo y seguros. Debemos permanecer calmos y tranquilos y comunicar confianza para que nuestros hijos se sientan de esa forma también. Debemos ser pragmáticos y directos y no encogernos con las situaciones incómodas. Ellos confían en que nosotros les mostraremos el camino.

Hay una vieja expresión en idish, Shver zu zein a yid, 'es difícil ser judío', la cual casi puedo escuchar saliendo de la boca de algunos de nuestros antepasados. Sin embargo, por más difícil que haya sido, este no es el mensaje que debemos comunicarle a nuestros hijos. El mensaje correcto es: ser judío es un privilegio y una oportunidad. E incluso si no lo sentimos, debemos actuar de esa manera por el bien de nuestros hijos.

Y, como en el caso de Valeria, si se presentan enfermedades u otros desafíos, debemos presentar una visión optimista y práctica. Quizás esta actitud fluya de manera auténtica. Si es así, excelente. Si no, somos una religión de “finge hasta que te salga”. Actúa “como si”, y tendremos un impacto positivo en nuestros hijos y en nosotros también.