Mis nietas estaban jugando a la "escuela". La más grande le enseñaba a la más pequeña una lección de Pirkei Avot. En un acto de creatividad y tratando de imitar la realidad, ella armó con magna-tiles lo que nosotros asumimos que era una pizarra. “Mira a tu hermana a los ojos cuando le explicas”, le sugirió mi yerno. “No hace falta. Le enseño por zoom”, le respondió la pequeña... Los niños se adaptan y crean nuevos parámetros de normalidad.

No voy a entrar al debate sobre la situación escolar actual; si debe existir, si tienen que tener deberes, si las maestras que también tienen hijos en sus casas tienen tiempo o energía para preparar las clases por zoom o grabarlas o lo que sea… (Aunque estoy a favor de alternativas más relajadas, que parece ser lo que también prefieren mis hijas y sus hijos). A lo que me quiero referir es a nuestra capacidad de adaptación, para bien o para mal.

Para mis nietas, es sólo una historia graciosa. ¿Pero acaso todas nuestras capacidades adaptativas nos llevan en direcciones positivas?

Mi esposo leyó una vez una anécdota sobre Rav Shlomo Zalman Auerbach, zt”l. Reconociendo que la presencia de Dios siempre se encuentra presente en un hogar donde hay shalom bait (paz hogareña), cada día al regresar a su casa él se detenía ante la puerta y se acomodaba la corbata antes de entrar, para presentarse con el honor apropiado tanto ante su esposa como ante Dios. Mi esposo se emocionó mucho con esa historia y comenzó a hacer lo mismo. Como respuesta, yo también hacía algunos ajustes en mi vestimenta antes de entrar, dejaba de lado el teléfono y trataba de sonreír (con diversos grados de éxito). El punto es que ambos teníamos conciencia respecto a que ese encuentro al final del día debía ser especial y que teníamos que enfrentarlo principalmente con consideración por el otro.

Este principio tiene vigencia tanto si los dos miembros de la pareja trabajan fuera de la casa como si sólo uno lo hace. ¿Pero qué pasa si los dos trabajan en la casa? ¿Qué pasa si, como ocurre ahora, estamos juntos casi literalmente 24 horas los 7 días de la semana? ¿Cuándo tiene lugar ese momento para acomodarse la corbata, para poner nuestro rostro teatral o levantarnos para saludar a nuestro esposo y a la Shejiná (la Presencia Divina)? Sin ese espacio, sin ese momento específico, nos vemos ante un dilema. ¿Cómo logramos que nuestra relación y nuestra conexión sean especiales cuando estamos constantemente ante la presencia del otro? ¿Seguimos “acomodándonos la corbata” o en nuestro intento de adaptarnos adoptamos una actitud demasiado casual?

Con respecto a la clase de prendas que debemos usar durante el día cuando trabajamos desde la casa (especialmente ante la presencia de nuestra pareja) claramente deberíamos tratar de vestir algo diferente que un pijama, ¿verdad? Ahora bien, ¿qué debemos hacer respecto a las actitudes o a los comportamientos? Si pensamos que no tiene sentido esforzarnos para vestirnos bien mientras estamos en cuarentena, cuánto más difícil es —cuando estamos todo el día juntos— levantarnos por el otro o saludarlo de forma especial no sólo al final del día, sino a cada momento del día.

Bueno, es cierto que si estamos trabajando de hecho no estamos juntos a cada instante. Tenemos reuniones separadas, conversaciones telefónicas diferentes, tiempo de estudio separado y tareas de escritura diferenciadas. Y somos realmente muy afortunados ya que tenemos espacios separados para hacerlo. ¿Pero qué ocurre si no es así? E incluso en los casos en los que sí existen ciertas instancias de separación durante el día, de todas formas estamos juntos MUCHO más tiempo de lo normal. ¿Cómo se logra mantener una relación especial? Y si eso es "esperar demasiado", ¿cómo podemos al menos tratarnos con el respeto y la dignidad adecuada cuando nos vemos sin pausa?

Esta es una carga adicional en un mundo con demasiados desafíos nuevos, pero pienso que es algo que debemos enfrentar si queremos emerger de esta situación (¿alguna vez emergeremos?) con nuestros matrimonios intactos o quizás incluso mejor que antes (aunque pueda parecer utópico). Pese a toda la presión que soportamos, esta es la relación que no queremos que caiga "víctima" del virus. Por lo tanto, tenemos que agregar otra obligación a nuestra lista.

Mejor dejar que la casa esté un poquito menos limpia (ya sé que eso ya ocurre), un poco menos organizada (¡ya sé que también esto ya es así!), y aprovechar esa energía para ser bondadosas y atentas con nuestros esposos. Queremos continuar enfocándonos en hacer su día más brillante, estar interesadas en sus desafíos singulares y en sus emprendimientos y mecanismos de adaptación, y en nutrir la relación compartiendo juntos ratos placenteros en medio de este abrumador mar de responsabilidades. Puedo escucharte, puedo escuchar la voz de mis hijos: “No podemos. Al final del día no queda ninguna porción de mi ser que tenga fuerzas”. Lo entiendo. ¿Pero qué ocurre a mitad del día? Deja a los niños mirando un video y almuerza con tu esposo. Incluso al final del día, no sugiero que pongan música y bailen por la casa, sino que se dediquen mutuamente unos minutos en calma…

Podemos pensar que tenemos una opción, que sólo tenemos que aguantar y que cuando las cosas vuelvan a la normalidad, también nuestro matrimonio volverá. Pero la vida no funciona de esa forma. Como dije, nos adaptamos y acomodamos a las nuevas situaciones, pero eso no siempre implica para bien. Si nuestras expectativas sobre nuestro matrimonio disminuyen, pueden permanecer de esa forma, que Dios no lo permita. Además, no podemos dejar nuestras relaciones "en pausa". No sabemos cuánto tiempo va a durar esto, cuándo recuperaremos nuestras vidas “normales”, si es que alguna vez ocurre. Las relaciones no se pueden dejar “en pausa”. Al igual que nuestro crecimiento personal, las relaciones se encuentran en un camino ascendente o en uno descendente. No existe un punto neutro.

Con mi esposo tratamos de almorzar juntos cada día. Aunque no estamos solos en la casa, ese momento del día por lo general es nuestro. Eso nos lleva de regreso a las primeras épocas de nuestro matrimonio (aunque ya no preparo panecillos frescos como entonces…) También tratamos de salir a caminar, de leer, de aprender y encontrar nuevas áreas de conversación fuera del COVID-19. Algunos días logramos disfrutar de esos momentos y otros días… Bueno, no demasiado. A veces podemos tomarnos un recreo de nuestras obligaciones, y otras veces no tanto. Es una obra en constante progreso.

Lo principal es que si tenemos conciencia de esto (por lo menos es lo que me digo a mí misma), si sabemos que estamos trabajando en ello, entonces con certeza no queremos que nuestro matrimonio sufra bajo estas condiciones e incluso nos gustaría que prosperara. Lo intentamos, rezamos y a la noche llegamos a la cama todavía más cansados por este esfuerzo adicional, pero también más gratificados y más agradecidos.