Hace algunos años estaba con algunas alumnas y amigas en una misión a Israel. Era una fría y lluviosa temporada de Januca (bueno para el país, pero no tanto para los turistas) y teníamos planificado pasar Shabat en un “hotel” en Safed.

Después de un agotador (pero animado) viaje en autobús desde Jerusalem, llegamos a nuestro destino, ansiosas de bañarnos, cambiarnos de ropa y experimentar un poco de la santidad de la ciudad.

Desgraciadamente fueron los aspectos más mundanos de Safed los que llamaron nuestra atención. Después de cargar nuestras maletas por los escalones bajo la lluvia (¡sin quejarnos ya que recordamos que nuestros antepasados habían drenado los pantanos y construido el camino Burma!) estábamos empapadas y cansadas pero todavía de buen animo. Sin embargo esto se desvaneció rápidamente cuando vimos nuestras habitaciones.

La mayoría de las ventanas estaba rotas, con cobertores de plástico cubriéndolas parcialmente. La mayoría de las duchas no funcionaban, las sábanas estaban sucias o simplemente no estaban, la electricidad esporádica y las puertas no cerraban o, para una afortunada pareja, ¡no abrían! Mi amiga me miró y estalló en llanto. Fue un comienzo desfavorable.

¡Sin embargo resultó ser un Shabat fantástico! Aunque eventualmente nos cansamos de las bromas de quien caminó más lejos bajo la lluvia (basadas en la distancia de la familia que las recibía desde el hotel), no nos cansamos las unas de las otras, y la adversidad (todo es relativo), creó un lazo que de otra forma no hubiésemos compartido. Especialmente dado que ninguna de nosotras quería realmente regresar a su habitación y básicamente pasamos toda la noche del viernes en el lobby contando historias, conociéndonos mejor, comiendo galletas y juntándonos para mantener el calor. En un hotel de cinco estrellas, bajo un soleado cielo, estas relaciones nunca se habrían formado y el viaje habría sido mucho menos memorable.

Me acordé de esta experiencia cuando volé a casa con mi familia desde Lakewood, Nueva Jersey, esta semana. Nos tomó 28 horas de puerta a puerta. (Sí, podríamos haber ido a Israel —¡y regresar!— en la misma cantidad de tiempo).

Tuvimos unas vacaciones grandiosas (siempre hay que empezar con lo positivo), visitamos a nuestros hijos, nos relajamos e hicimos las típicas actividades de vacaciones: comer, andar en bicicleta, comer, andar en bote, comer, parques de diversiones… y ahora era momento de regresar a casa. Habíamos comprado nuestros pasajes con millas así que estábamos muy orgullosos de nuestro ahorro. Pero nos esperaba una lección de humildad. Habíamos volado desde Los Ángeles a Newark a la ida, así que nos preparamos para nuestra salida a las 6:45 a.m. dejando nuestra casa rentada en Lakewood a las 4:15 a.m. Llegamos al mostrador con maletas en mano a las 5:30 a.m (y ya habíamos regresado nuestro auto rentado). estábamos listos para partir. Hasta que la funcionaria amablemente nos informó que estábamos en el aeropuerto equivocado; nuestro vuelo a casa salía de La Guardia, no de Kennedy, y definitivamente no había suficiente tiempo para llegar hasta allá.

Nuestras caras se cayeron, nuestro globo de orgullo se reventó instantáneamente. No había nadie a quien culpar. Mi esposo y yo ambos habíamos revisado el vuelo y a ambos se nos había pasado este crucial detalle. Ni siquiera podíamos atribuirlo a Providencia Divina dado que era nuestro propio descuido.

Suspiramos profundamente y nos preparamos para enfrentar el día. Por nuestros hijos —por nosotros— necesitábamos estar de buen ánimo. Gracias a Dios, pudimos entrar en un vuelo más tarde a Milwaukee (nuestra parada original) y un vuelo de conexión aún más tarde a Los Ángeles. Llegamos a Queens y esperamos ocho horas para nuestro vuelo. Puedo contestar cualquier pregunta que tengan sobre el Terminal A en La Guardia, ya que hice una minuciosa inspección.

Nuestro vuelo a Milwaukee llegó a tiempo, dejando cinco horas más hasta nuestro vuelo a Los Ángeles. Aprendimos a tener paciencia, mantener la calma ¡y tener más paciencia! Encontramos un restaurante casher (¡como obviamente no comimos suficiente durante nuestras vacaciones!) e hicimos un tour improvisado de la ciudad. Fue un día largo pero la comida siempre revive el espíritu.

Al escuchar que tormentas habían retrasado nuestro avión a casa hasta las 11 p.m., seguimos con optimismo. Fuimos a caminar por el Lago Míchigan, arrastrando nuestro equipaje de mano detrás de nosotros. Estuvo hermoso. Y si —después de 120 años— Dios me pregunta si conocí el Lago Míchigan, uno de Sus grandes lagos, ahora puedo contestar sí.

Regresamos al aeropuerto y nos acomodamos para la espera. Los vuelos estaban siendo retrasados o cancelados. Nuestro tiempo estimado de salida aumento de las 12 a las 2 y luego a las 4:30 a.m. aunque seguimos sonriendo e increíblemente nuestros hijos también, en este momento comenzamos a sentir un poco de desesperación.

Mi esposo se acercó a las aerolíneas y encontró un avión a las 9 p.m. a Las Vegas al cual transfirieron nuestro equipaje. Al menos iba en la dirección correcta.

Esperamos media hora sin despegar mientras la tripulación intentaba reunir a algunos pasajeros de un vuelo a San Francisco cancelado que necesitaban un aventón. Con todo y nuestra frustración apreciamos esa muestra de comprensión y preocupación. No estoy segura que nosotros hubiésemos sido capaces de eso.

No estoy segura de que puedo decir que estoy agradecida por la experiencia, pero no me arrepiento. Ahora somos más cercanos (y estamos profundamente fatigados) gracias a ella.

Gracias a Dios, llegamos bien a Las Vegas e incluso más milagrosamente, también nuestras maletas llegaron. Pero ese retraso de media hora hizo que perdiéramos el último vuelo a Los Ángeles.

Estábamos impertérritos y determinados. Arrendamos un auto y compramos café, coca-cola y chocolate para el camino de vuelta a casa. Solamente nuestra fuerza de voluntad nos ayudó a conducir en medio de la noche. Seguimos avanzando, haciendo turnos al volante y deteniéndonos para cortas siestas o para estirar las piernas. Una de nuestras hijas se quedó despierta para hacerle compañía al conductor para que el otro conductor pudiese descansar (¡creo que no confiaba en nosotros!).

Finalmente llegamos a casa a las 5:00 a.m. hora de Los Ángeles, 8:00 a.m. hora de Nueva York, ¡28 horas después! Y no había ninguna llave bajo la alfombra… Además de la lección que aprendimos en el camino, además del absoluto y total agotamiento, este viaje, como el de Safed, fue especial, una experiencia maravillosa que crea lazos únicos.

Profundizamos nuestra relación (mis hijos probablemente piensan que estoy siendo cursi) y compartimos algo que nunca hubiésemos compartido de otra manera: aventura, humor, coraje y determinación sin quejas (OK, no estábamos escalando el Everest, pero igual…). Aprendimos que todos podemos lidiar con situaciones difíciles con gracia y bondad. Y reforzamos nuestra habilidad de reírnos de lo absurdo y compartir el chiste con otros. No estoy segura de que puedo decir que estoy agradecida por la experiencia pero no me arrepiento. Ahora somos más cercanos (y estamos profundamente fatigados) gracias a ella.

Y para todos aquellos que dijeron, “Estoy seguro que convertirás esta historia en un articulo”… tenían razón. Quizás es por eso que ocurrió después de todo.