En la mañana del Shabat golpearon con fuerza la puerta de mi casa. Cuando abrí me encontré con mi vecino, quien me dijo: “Jaia (durante las últimas semanas también me llamó Menuja y Ahavá), te robaste nuestro basurero. Por favor, devuélvelo apenas termine Shabat”.

Le pedí disculpas y por supuesto prometí hacer lo que me pidió. Cuando cerré la puerta, me sentí agitada y confundida. ¿Por qué había sido tan agresivo? ¿Por qué usó la palabra “robar”? ¿Realmente pensaba que mi familia se dedica a robar basureros? ¿Era una broma? ¿Quizás tenía una deficiencia de vocabulario y no sabía cómo decir “tomaste por error”, tal como se confundía con mi nombre?

Me sentí aturdida y eso me llevó a pensar, una vez más, sobre el poder de las palabras que usamos.

Si él me hubiese dicho: “Creo que por error te llevaste uno de nuestros basureros” (que en verdad fue lo que pasó), yo hubiese respondido de la misma forma: con una sincera disculpa y la promesa de devolverlo lo antes posible. ¡Pero no me hubiera sentido atacada ni acusada de un crimen!

Las palabras que escogemos marcan una diferencia en cómo vemos el mundo, cómo vemos a los demás y en cómo los otros nos ven a nosotros. ¿Usamos palabras positivas o negativas, amables o crueles? Pueden ser parte de interacciones pequeñas y casi irrelevantes, sin embargo marcan una gran diferencia.

Hace un tiempo fui a un evento deportivo. El lenguaje de la persona que estaba sentada en la fila posterior parecía un ataque. No se dirigía a mí y ni siquiera tenía una intención hostil; sin embargo su conversación estaba sazonada con vulgaridades y lo que en una época se consideraba “groserías” (¿Me estoy volviendo una anticuada? Si es así, no me importa). Estoy segura de que ella ni siquiera lo pensó; simplemente era su forma de hablar. Pero era negativa, dura y afectaba el tono de la conversación… Y la atmósfera a su alrededor.

No somos tan cuidadosos como deberíamos con las palabras que usamos. A menudo no pensamos si son hirientes, poco refinadas, insensibles o poco dignas.

No creo que mi vecino tuviera la intención de ofenderme o molestarme. Incluso es posible que pensara que lo dijo en tono de broma. Pero yo no me reí y realmente me arruinó la mañana. Me hizo pensar que quizás yo también, sin intención, les hice lo mismo a otros y me recordó una vez más que las palabras que usamos tienen un impacto. Cada una de ellas.

La siguiente pregunta es: ¿Debería decirle que en verdad mi nombre es Emuna?