Siempre fue una regla absoluta: nunca peleen frente a los niños. Pero, como todas las reglas rígidas, siempre se necesita un poco de flexibilidad y moderación.

Si bien los expertos concuerdan en que las discusiones serias no debiesen ocurrir con niños presentes —no gritos, no chillidos o incluso dejar de hablarse; ninguna discusión del futuro de la relación o de las necesidades disciplinarias de los niños— muchos psicólogos, consejeros y educadores creen ahora que los niños sí necesitan ver algunos desacuerdos, y también necesitan ver cómo resuelven sus conflictos de manera amigable.

Los niños que nunca han visto a sus padres discutir —y creen de hecho que esto nunca ocurre—, pueden estar mal preparados para los desafíos de la vida.

Las tensiones, los desacuerdos y compromisos son cosas comunes en toda relación, ya sean familiares, amistades, de trabajo o matrimoniales. Los niños necesitan saber que cierto tipo de “pelea” es normal para que no queden impactados y preocupados la primera vez que lo vivan, para que tengan las herramientas psicológicas necesarias para sobrellevar el estrés y estén preparados de forma práctica con estrategias para llegar a un acuerdo.

Los niños necesitan ver que una relación no solamente puede resistir discusiones sino que a veces puede verse fortalecida por ellas. Los padres necesitan dar el ejemplo de discusiones no agresivas, negociación con calma y cálida resolución de conflictos. Los niños necesitan ver que puede hacerse.

Es imposible vivir con otro ser humano y no pelear. Los hermanos pelean. Padres e hijos pelean. Compañeros de cuarto pelean. Esposos y esposas pelean. Es una consecuencia inevitable de compartir nuestra vida con otros. Es tonto, irracional e ingenuo esperar una existencia libre de conflictos.

Dañamos a nuestros niños cuando perdemos el control.

La clave es cómo lidiamos con el conflicto. Algunas personas sienten que su familia tiene que presentar una imagen perfecta al mundo exterior. Han invertido mucho en percepciones externas y pueden llegar a intimidar a sus hijos para que se comporten de manera poco natural para preservar este cuento de hadas. Esto no solamente daña a los niños sino que cometen un serio error en su entendimiento de la realidad.

La identidad de un ser humano no se encuentra en la imagen idealizada que le presenta a otros —esa corta y momentánea fotografía—, sino en cómo lidia día tras día con los desafíos constantes de la vida.

Cuando nuestro hijo derrama su leche, ¿lo reprendemos y lo enviamos, humillado, a su habitación, o simplemente tomamos servilletas y lo limpiamos, reconociendo que realmente no es tan grave?

Cuando un nuevo plato de cerámica se rompe accidentalmente (por culpa de una pelota errante), ¿le gritamos al niño, acusándolo de torpeza, o lo barremos con calma, con una sonrisa en la cara?

Si nuestra pareja dice o hace algo molesto, ¿somos capaces de mantenernos alegres y reservar la conversación necesaria para más adelante?

Este es el ejemplo que quiero dar. Estas son las acciones que dicen más que las palabras.

Y si perdemos el control (a pesar de todas las advertencias), ¿nos disculpamos después? ¿Nos escuchan nuestros hijos hacerlo?

No dañamos a nuestros hijos con la pelea misma. Los dañamos cuando perdemos el control. Padres enojados, incluso padres borrachos, aterrorizan a los niños. Pero padres que se mantienen en calma y serenos a medida que resuelven sus diferencias —incluso las serias—, les enseñan a sus hijos lecciones de vida cruciales.

Si tan sólo pudiera conocer a esos padres ideales...