“Mi hijo dijo la cosa más adorable”, señaló alegremente mi hija. Y yo, ansiosa por escuchar el último comentario astuto de mi adorable nieto, le rogué con ganas, “¡Dime, dime! ¿Qué dijo?”.

Con el mismo entusiasmo mi hija respondió. “Él dijo: ‘Mami, tu cara es muy suavecita. ¿Cuándo te pongas vieja va a estar toda arrugada como la de la abuelita?’”.

¡¿Arrugada?! Sí, he escrito sobre mis arrugas en el pasado, sobre tenerlas, sobre estar orgullosa por la vida que las produjo, incluso sobre otros comentarios igual de “halagadores” que realizó él anteriormente mencionado (¡y ahora menos adorable!) nieto. Pero pareciera que ni yo misma me creo mucho mi propia publicidad.

Todavía hay una parte de mí que está molesta. He pasado la última semana admirando los rostros de mis contemporáneas y maravillándome (entiéndase: sintiéndome celosa) de su piel suave y tersa. Francamente, se está convirtiendo en una obsesión.

Y esto acarrea un peligroso potencial para un tremendo descontento. Ahora, además de la lista de aquellas que son más altas, más ricas, más sanas y más felices, están aquellas que tienen la piel más suave. Es un camino que realmente no quiero recorrer.

Así que necesito cortarlo de raíz. ¿Acaso planifiqué una cita para una sesión de Botox? No. (No es que tenga una objeción bien fundamentada; simplemente es caro y no dura mucho). ¿Hice un compromiso de no mirarme más en el espejo? No. (Aunque esos espejos de los baños del aeropuerto con luz fluorescente debieran ser evitados a toda costa).

En vez de eso hice un compromiso de que no me importe en lo absoluto; no me importan mis arrugas (esta es la piel que Dios me dio). No me importan las casas más grandes (ídem), las piernas más largas, las cuentas de banco más gordas… estoy feliz con lo que tengo porque esas son las cosas que necesito para alcanzar mi potencial, para ser lo mejor que puedo ser, para acercarme más a mi Creador.

No es una idea nueva. Simplemente requiere repaso constante. Porque las oportunidades para sentir celos y resentimiento están en todas partes, bombardeándonos por todos lados. (¿Realmente necesito ver a esas modelos con la piel perfecta y cubierta de rocío cada vez que deseo comprar alimentos?).

La verdad es que realmente no paso tanto tiempo pensando en mis arrugas (¡comparado con el tiempo que paso pensando en mi peso por ejemplo!). Fue solamente ese informal (y supuestamente adorable) comentario lo que desató esta preocupación y la posterior reflexión sobre el peligro constante de las comparaciones.

He hecho un compromiso de que no me importe. He hecho un compromiso de recordarme a mí misma que tengo exactamente lo que necesito. Pero, para parafrasear a Tevye en “El violinista en el tejado”, no puedo evitar preguntarme: “¿Sería tan malo si yo fuera una mujer sin arrugas?”.

¡Supongo que la respuesta es sí!