Hubo muchas respuestas a mi columna de la semana pasada – muchas de ellas negativas. Me gustaría intentar enfriar los ánimos y volver a explicar mi posición – en un interés por clarificar y ¡no necesariamente con una expectativa de más respuestas positivas!

Muchos lectores señalaron que el cartel de "Patéame por favor" fue… bueno… no muy agradable. Yo estoy de acuerdo. Yo no dije que fue una acción positiva. Yo sugerí que no reflejaba una sensibilidad altamente desarrollada ante las necesidades de los demás (para parafrasear). No son buenos modales, y este tipo de conducta está prohibida bajo la ley judía. No defendí esas travesuras. Solamente dije que quizás no entraba en la definición de “acoso escolar”, que quizás al incluir una acción como esta en la política de cero tolerancia, el sistema escolar disminuye el significado de “acoso escolar” en vez de realzarlo.

Un lector fue vehemente: “¡Claramente nunca has sido acosada en la escuela ni has tenido un hijo que haya sido acosado en la escuela, porque de ser así, NUNCA hubieras escrito este artículo!”.

Y está en lo cierto, gracias a Dios, no me ha pasado. Pero pienso que está equivocado en asumir que esto se desprende del articulo. Acaso usted cree que si yo o mi hijo hubiésemos sido acosados en la escuela, acogeríamos esta política y defenderíamos la suspensión del niño que colgó en la espalda de su compañero el cartel de "Patéame por favor". Eso simplemente no es verdad. De hecho, particularmente si mi hijo hubiese experimentado acoso escolar – el trauma diario del abuso emocional y/o físico que daña su autoestima, los hace odiar ir a la escuela y en su peor escenario, los lleva a conductas autodestructivas – yo sería aún más categórica en cuanto a mi posición. Sentiría aún más vehementemente que el hecho de poner un cartel en la espalda de un niño no se parece en nada a acoso escolar real y serio.

Si las reglas son aplicadas ampliamente, ellas se vuelven inefectivas y vanas.

Si mi hijo hubiese sido acosado realmente, yo estaría indignada de incluir a la víctima de la broma del cartel en la misma categoría que el mío. Sentiría que esta decisión trivializa la experiencia de mi hijo, no lo contrario. Si cualquier acto de crueldad es acoso escolar, entonces la palabra pierde todo sentido. Si las reglas son aplicadas ampliamente, ellas se vuelven inefectivas y vanas.

No puedo recordar los detalles exactos pero tengo un vago recuerdo de haber escuchado una noticia sobre un niño que salió a acampar con sus padres el fin de semana, con una navaja suiza en su mochila. Él olvidó sacarla antes de ir a la escuela el lunes siguiente y fue suspendido por violar la política de cero tolerancia sobre armas de la escuela.

Pero el niño no era violento. Él no tenía un propósito vil. Su verdadero crimen era la falta de memoria. Agruparlo con los perpetradores de la Masacre de Columbine es absurdo. Hace que todos se vean tontos y distrae la atención de los serios problemas en juego.

Así que déjenme decirlo con claridad para que quede registrado. Yo NO estoy a favor de la crueldad y la maldad, de travesuras hirientes o de bromas a expensas de otros. Solamente estoy diciendo que un acto no violento de una sola vez usualmente no entra en los criterios de acoso escolar.

Perdemos la perspectiva cuando nuestros hijos están involucrados. Dejamos que nuestras emociones tomen el control. Casi no podemos evitarlo; está en nuestro disco duro. Pero un acercamiento más práctico demostraría, creo yo, que si todo es acoso escolar, entonces, finalmente, nada lo es. Y que una política más considerada, aplicada puntualmente, logra más que un sistema amplio que pretende abarcar todo.