Antes de tener a mi primer hijo tenía la imagen idílica de la "familia feliz", me imaginaba que mis hijos serían colaboradores, respetuosos y buenos hermanos. Me proyectaba con una escena tipo de película, en la que los niños cantan mientras ayudan en la casa y juegan armoniosamente.

¡Cuán equivocada estaba!

Una visión más real de la maternidad sería pensar en desorden, ruido, niños saltando a la hora de dormir o peleando por el juego que les acabo de comprar, tener que acostumbrarme a dormir a sobresaltos y a veces incluso convertirme en la “bruja” de la familia, al tratar de detener el caos.

Nuestros Sabios nos enseñan que “no debemos juzgar a otra persona hasta que estemos en su lugar”. Si reflexionas en esta frase y la aplicas a tus hijos, te darás cuenta de que tú ya has estado en su lugar ¡ya fuiste niña! Esto quiere decir que puedes entender esas actitudes de tus hijos, que a veces parecen incomprensibles.

Te invito a que trates de recordar cómo eras tú a la edad de tu hijo

Quizás te gustaba poner música fuerte y cantar, trepar árboles, esconderte de tus padres o hacer travesuras. Y probablemente peleabas con tus hermanos y no siempre les prestabas tus cosas. Quizás le tenías miedo a la oscuridad o simplemente no te gustaba dormir. Y probablemente preferías comerte el postre antes que la comida sana. Quizás eras rebelde con tus padres o quizás obediente y bien portado.

Tómate un tiempo para meditar en estos puntos y piensa cómo tu hijo se parece a ti y qué características tuyas él está repitiendo. Ahora que sabes que tú ya estuviste en su lugar, puedes comprender mejor a tu hijo.

Cuando tus hijos se ponen super activos y es la hora de dormir, trata de recordar cómo te sentías tú cuando llegaba la hora de dormir. Cuando tus hijos se pelean por un juguete, trata de recordar cómo te sentías cuando alguien te quitaba tu muñeca favorita. Cuando los niños no se comportan con modales, trata de recordar si de niño te preocupabas de no poner los codos en la mesa, comer con la boca cerrada y no interrumpir a los adultos.

Entender a nuestro hijo e incluso identificarnos con él es la base de la conexión madre-hijo.

Si yo entiendo la necesidad de mi hijo de moverse voy a poder ofrecerle actividades que le permitan tener todo el movimiento que él necesita. Cuando comprendo el valor que tiene la muñeca para mi hija, voy a poder comprender su tristeza cuando alguien se la quita. Y si me doy cuenta que los modales son un lenguaje lejano para mi hijo, voy a poder llenarme de paciencia e ir enseñándole poco a poco.

Te invito a recordar a la niña que fuiste. Ella te puede ir guiando para comprender mejor las actitudes de tus hijos, y esa comprensión te llevará a fortalecer tu conexión con ellos.

Con mucho cariño, Lily