La mayoría de los padres quieren que los hijos compartan sus valores.

Y cuando los hijos tienen valores distintos a suyos, les es muy difícil, tanto así, que una de las principales frustraciones que viven los padres es cuando los hijos toman caminos contrarios a los propios.

Por eso, es importante que reflexionemos en torno a la pregunta ¿cómo transmitirles valores a nuestros hijos?

La clave para resolver esta pregunta es “integrar la alegría en el hogar”.

Alegría no es sólo pasarlo bien, ir a fiestas, y divertirnos con amigos. Alegría es un sentimiento profundo que se obtiene cuando nos llenamos de optimismo y valoramos nuestra vida, y estamos felices con lo que tenemos (Pirkei Avot 4:1).

La alegría no depende de que las cosas se nos den fáciles, ni de que obtengamos buenos resultados en lo que nos proponemos. Alegría no es que nuestros hijos tengan buenas calificaciones ni que sean buenos deportistas, ni tampoco que sean niños sociables y que estén siempre rodeados de amigos. Alegría tampoco es que mi casa esté siempre ordenada, que mis hijos se coman toda la comida y que no se despierten en la noche.

La verdadera alegría viene cuando nos tomamos las pruebas de la vida de manera positiva, con sus dificultades y desafíos.

Imagínate una familia que convive con el desorden de los juguetes, con un hijo que tiene dificultades en el colegio y ahora encerrados por la pandemia ¿Pueden ellos ser felices?

Claro que pueden, si viven con optimismo y con la esperanza de que poco a poco tanto los padres como sus hijos irán avanzando y los desafíos se irán superando. Y sobre todo, cuando tienen la confianza de que lo que están viviendo tiene un aspecto de crecimiento, aprendizaje y unión.

La alegría se expresa a través de canciones y juegos, bailes y sonrisas, abrazos y risas. Situaciones que quedan guardadas en el corazón del niño como un tesoro y que los motivará a querer seguir los pasos de sus padres, no porque le obliguen o presionen, sino porque el hijo valora lo recibido y quiere guardar esa alegría que reflejan sus padres.

Esa es la alegría verdadera que necesitan los niños para crecer plenos, para confiar en sus padres y que los llevará a elegir vivir su vida con los valores aprendidos en el hogar.

Con cariño, Lily.