Uno de los temas que más preocupa a las madres es el de las comidas. Las mamás estamos constantemente pendientes de si el niño comió bien, de si come suficientes verduras y proteínas, de si está subiendo bien de peso y de si está creciendo bien.

Esta preocupación por la alimentación de nuestros hijos va de la mano con la gran cantidad de tiempo que le dedicamos a la preparación de las comidas; planear lo que se come, hacer las compras, cocinar, poner la mesa, y luego desocupar la mesa y lavar los platos. Y todo esto hay que repetirlo a la hora del desayuno, del almuerzo y de la cena. Es mucho trabajo y por ende esperamos que los niños hagan lo suyo, que es comer lo que preparamos.

Pero si no lo hacen, se despiertan en el corazón de mamá, sentimientos de frustración, enojo, tristeza y dolor. Porque en el fondo, cuando los hijos no comen, la mamá siente que el amor que le está expresando al niño a través de la comida, es rechazado.

Para entender de dónde viene todo esto, debemos imaginarnos a una madre amamantando a su bebé recién nacido. Un bebé indefenso en brazos de su madre recibe todo lo que necesita, alimento, calor, contención, seguridad, conexión y calma.

En la medida que el niño crece, sus necesidades alimenticias van cambiando. De a poco va aprendiendo a comer alimentos sólidos y va dejando de amamantar, con lo que el niño se va independizando y se comienza a generar una distancia física de la madre a la hora de comer.

Si bien el niño se va haciendo cada vez más autónomo, él aún necesita sentirse contenido, seguro, conectado y tranquilo a la hora de comer. Porque “no sólo de pan vive el hombre” (Deuteronomio 8:3); hay un alimento físico y un alimento espiritual, que se obtiene a la hora de comer a través del ambiente a la hora de las comidas. Y necesitamos de ambos elementos para nutrir tanto nuestro cuerpo como nuestra alma.

Entonces, si tu hijo no come, revisa cómo es el ambiente en tu casa a la hora de las comidas. ¿Hay calma? ¿Hay contención? ¿Las comidas son instancias de cariño?

A veces las mamás están tan preocupadas porque sus hijos no comen que al momento de servir la comida se angustian, están tensas y pendientes de que el niño se termine su plato, de que se coma todas las verduras, de que no ponga los codos sobre la mesa y que no hable con la boca abierta. Pero es esa tensión la que genera que al niño se le cierre el apetito y que no quiera comer.

Por eso, si quieres mejorar la alimentación de tu hijo, concéntrate en convertir el ambiente de las comidas en un espacio amoroso, lúdico y de conexión. Lo ideal es que se siente toda la familia junta a comer y que sea una instancia de conversación, de risas y de conexión familiar. Te aseguro que cuando el ambiente se relaje a la hora de comer, entonces de a poco, tus hijos se irán alimentando cada vez mejor.