"Los niños son alegría”

¡Cuántas veces escuché comentarios como este. Y sin embargo cuando nacieron mis hijos, uno y otro y otro, más allá de la enorme dicha que sentía, algo en mí comenzó a apagarse.

Las nuevas rutinas de dar de comer y cambiar pañales comenzaron a agobiarme, y la atención que mis hijos requerían me consumía.

Rápidamente tuve que empezar a lidiar con horarios para llevar a los niños al colegio y con niños que no les gusta lo que cocino y que no se quieren acostar temprano.

Estas exigencias comenzaron a quitarme el tiempo y el ánimo para sentarme con mis hijos a jugar libremente con ellos.

¿Te suena conocida esta historia?

Creo que son los sentimientos de cualquier madre que comienza ilusionada su maternidad, con el sueño de que criar a sus hijos sea algo mágico.

Pero con el tiempo va comprendiendo que más allá de todo lo hermoso que es criar a un hijo, criarlo requiere hacer cambios personales, ser responsable, armar rutinas, establecer límites y estudiar sobre las necesidades del niño.

Queremos ser buenas madres, pero muchas veces caemos en el perfeccionismo. Esa característica que nos lleva a ser duras con nosotras mismas y sentir que no somos suficientes. Y así, nos llenamos de frustración e inseguridades. Porque constantemente nos preguntamos si lo estaremos haciendo bien con nuestros hijos.

Quiero pedirte hoy que dejes esos pensamientos que te hacen tanto daño y que aprendas a amar tu imperfección.

Tu hijo necesita una madre humana, que se cae y se puede levantar, que se equivoca y busca cómo hacerlo mejor. Y que cree que la vida es hermosa.

La rabanit Yemima Mizraji enseña que si Adam Harishón no se hubiera equivocado y comido del fruto, se podría haber confundido y pensado que es como Dios. Pero que el haberse equivocado le da la posibilidad de hacer teshuvá y levantarse, mostrando así, que es humano.

Por eso, cada desafío que se nos presenta, cada dificultad con nuestros hijos: que no nos escuchan, que no se quieren acostar y que no se comen la comida, que son insolentes y que no respetan los límites, viene a darnos la oportunidad de buscar nuevas alternativas, de reflexionar, de caer y levantarnos con ellos.

Esa es nuestra esencia humana, y más que batallar en su contra, podemos abrazarla y alegrarnos de que tenemos una misión en este mundo de trabajar en nosotras mismas y darle la mano a nuestros hijos para que ellos también aprendan a caerse y levantarse.