Si eres de esas mujeres que pensaban que tener un hijo iba a ser como un cuento de hadas, me imagino que ahora que eres madre ya sabes que la maternidad no es tan simple.

Cuando somos mamás estamos rodeadas constantemente de desafíos; con el niño que no come y con el que no se quiere acostar; con el niño que no nos escucha y con el que no nos hace caso; con el niño que no quiere hacer las tareas y con el que les pega a sus hermanos; con el niño que no para de moverse y con el que vive encerrado en su mundo.

Estos desafíos pueden llegar a ser altamente complejos, ya que por un lado tenemos la responsabilidad de educar a nuestros hijos, y por otro lado no podemos controlar lo que ellos hacen, ya que nos guste o no, son personas independientes con sus propios gustos e intereses, y capaces de tomar sus propias decisiones.
 
Los padres pueden hacer todo lo que está en sus manos para que el niño coma: cocinarle comida que le gusta, explicarle por qué debe comer, presionarlo para que coma, retarlo, castigarlo… pero a fin de cuentas, es el niño el que decide si va abrir la boca o no, cuando tiene el plato servido delante de él.
 
Este ejemplo se puede aplicar a cualquier desafío que se nos presente con nuestros hijos: podemos obligarlos a ir a la cama, pero no a dormirse; podemos obligarlos a prestar sus juguetes, pero no a sociabilizar con otros niños; podemos obligarlos a hacer sus tareas, pero no a entender lo que están estudiando, etc.

Porque el que decide si coopera o no con lo que le estamos pidiendo es siempre el niño. Sólo él puede decidir por sí mismo.

Esta es la “dura realidad”; no podemos controlar lo que hacen nuestros hijos (mientras mayores son, menos control tenemos sobre su conducta), y esto puede llevarnos a sentir impotencia y decepción.

El problema es que cuando nos invaden estos sentimientos negativos, nos sentimos desganados y perdemos la esperanza de que los comportamientos mejoren.

Y es ahí cuando comenzamos a etiquetar a los niños y nos llenamos de pensamientos absolutos que no le dejan lugar al niño para hacer cambios en su conducta, como por ejemplo: “Mi hijo no come” “Es desobediente” “No hay caso con este niño” “Me doy por vencida”.

Cuando estos pensamientos comienzan a invadir nuestra mente, la posibilidad de que logremos ver avances en las áreas de conflicto es baja. Por eso te invito a enfrentar los desafíos de una manera distinta.

El libro Pele yoetz nos enseña que la persona que vive con la esperanza de tener una gueulá (redención) personal de los sufrimientos que se le presentan en su vida, verá su redención (incluso si esta tarda en llegar).
 
Cuando nos sentimos esperanzadas nuestros corazones se abren y nuestro cerebro se flexibiliza, lo que nos permite estar abiertas a soluciones menos convencionales
y distintas a las que ya hemos probado una y otra vez sin obtener los resultados deseados. Los caminos convencionales en cuanto a la educación de los hijos suelen ser los de retar, castigar, obligar, amenazar, gritar y pegar.

Cuando encontramos soluciones más creativas nos acercamos a la posibilidad de lograr un cambio favorable y positivo en la conducta del niño.
 
Nuestra esencia femenina es la de esperar la gueulá, hecho que se refleja en nuestra espera de 9 meses durante el embarazo, en el que esperamos el nacimiento del bebé. Es esta capacidad de esperar llenas de esperanza la que le da el mérito a las mujeres de ser quienes traen la redención al mundo. “Fue en mérito de las mujeres que los judíos salieron de Egipto”. La raíz de la redención nacional (como la salida de Egipto) viene de la redención particular de cada persona del pueblo y de nuestra capacidad para enfrentar los desafíos con esperanza.

Y viéndolo de manera práctica, cuando estés viviendo un desafío con tus hijos:

1. Reconoce tus sentimientos.

2. Busca cuáles son las frases "absolutas" que te estás diciendo.

3. Reflexiona sobre cuál es el cambio que te gustaría ver.

4. Llénate de esperanza; puedes rezar y pedirle a Hashem que te ayude y confiar en que lo hará.

5. Ábrete a aceptar posibilidades distintas a las que hubieras imaginado o a lo que estás acostumbradas.

6. Reconoce los pequeños avances que vayas viendo en la dirección hacia la que quieres ir.

Estoy segura de que aplicar estos 6 pasos te ayudará a ver con otros ojos los conflictos que tengas con tus hijos y que así lograrás enfrentarlos de una manera más positiva y consciente, lo cual a la larga te acercará a los resultados que esperas.