La naturaleza humana nos impulsa a racionalizar nuestras decisiones inmorales. Antes de darnos el lujo de hacer algo malo, debemos justificarnos de algún modo.

“Todo el mundo lo hace”.

“Se merece esto”.

“No es tan terrible”.

“No me puedo controlar”.

“Ella no tiene el derecho de decirme/hacerme esto. ¡Le daré una lección!”.

Es un fenómeno sorprendente. ¿Por qué la gente tiende universalmente a racionalizar? ¿Por qué no simplemente nos decimos a nosotros mismos “Quiero ser malvado y cometer este acto inmoral”?

Estas justificaciones se deben a que, en el fondo, todos queremos ser buenos. No podemos hacer algo malo a menos que primero lo maquillemos de tal forma que satisfaga superficialmente nuestro impulso innato por ser buenos. Debemos persuadirnos de que en realidad no hay problema alguno.

A nadie se le ocurre decir: “¿Qué acto malvado puedo hacer hoy?”. Incluso Hitler tenía la necesidad de convencerse de que, al exterminar las alimañas de la tierra, estaba salvando a la humanidad.

Si tanto queremos ser buenos, ¿por qué optamos por hacer el mal? El Talmud nos dice: “nadie peca a menos que le invada un espíritu de estupidez”. Nos confundimos. Convenientemente confundimos el mal por el bien. Nos vemos atrapados por nuestro deseo de obtener comodidad y escapismos. Nos conformamos con placeres ilusorios que, en definitiva, debilitan nuestra dignidad. Es difícil tomar las decisiones correctas y ser buenos.

Pese a la confusión reinante, seguimos siendo responsables por nuestros actos. Tenemos el deber moral de rasgar el velo de nuestras racionalizaciones y combatir nuestros bajos instintos.

En el fondo, el corazón palpita con un impulso constante por ser bueno. La próxima vez que alguien te insulte, te trate mal o tan sólo te exaspere, no excuses su conducta, sino, más bien, recuerda que esa persona no es muy distinta a ti. En su fuero interno quiere hacer lo correcto, igual que tú.

En Resumen

Las personas racionalizan universalmente sus decisiones de hacer el mal. Existe la necesidad de maquillar la inmoralidad de tal forma que satisfaga superficialmente nuestro impulso inherente por vernos como seres humanos decentes.

La racionalización demuestra nuestro deseo innato por ser buenos. No excuses las conductas indebidas. Más bien, recuerda que la persona que te hace daño, en el fondo, quiere ser bueno, igual que tú.

Fuentes de Referencia

1. "Dios mío, el alma que colocaste dentro de mí es pura".

Bendiciones matutinas

2. Dios creó a la humanidad recta, pero los hombres han buscado muchos trucos.

Eclesiastés, 7:29

3. Nadie peca a menos que un espíritu de estupidez penetre en él.

Talmud de Babilonia, Sotá 3a