Imagina que encuentras a la persona con quien deseas pasar el resto de tu vida. Esta persona está dispuesta a comprometerse contigo de por vida, pero a casarse, jamás. ¿Estarías dispuesto(a) a aceptar estas condiciones?

Quizás tengas amigos y familiares cercanos a ti. Quizás tengas hijos que son una extensión de tu ser. Pero tu cónyuge efectivamente forma una unidad contigo. No existe otra relación en el mundo en la que dos personas, independientemente de cuán cercanas sean, se convierten en una.

Convertirse en uno significa que mi cónyuge es tan parte de mí como mi propia mano. ¿Qué compromiso tengo hacia mi mano? No estoy comprometido hacia mi mano; yo soy mi mano y mi mano soy yo. El compromiso que tendría hacia mi mano es un tema que me plantearía sólo si se infectara y padeciera de gangrena.

Ciertos matrimonios caen presa de ciclos gangrenosos de maltrato. En esas situaciones, el divorcio es recomendable. ¿Pero es éste el caso de los matrimonios que caen dentro de la tasa del 50% de divorcios que se registra en la actualidad? O acaso sucede que “Nos cansamos el uno del otro”, “La emoción se ha esfumado de la relación”, “Ya no nos reímos juntos”. Si alguien te dijera que se va a amputar la mano porque “ya no nos divertimos”, ¡estarías convencido de que se volvió loco!

Nadie se replantea el compromiso que tiene hacia su mano si está fracturada o fea. Nadie ve flaquear sus lealtades si conoce a alguien con manos más bonitas. La única vez que una persona cuestiona el compromiso que siente hacia su mano es cuando efectivamente su mano lo está matando (a través de la gangrena).

El compromiso del matrimonio es vinculante hasta que sientas que te está matando. Esa es la esencia de un compromiso. A nadie se le pasa por la mente que la “gran pregunta” es “¿Te casarías conmigo… por un cierto tiempo?”. El matrimonio es para siempre.

Sólo esta clase de compromiso te impedirá huir despavorido cuando los desafíos de tu matrimonio parezcan insuperables.

Sólo esta clase de compromiso te dará la seguridad necesaria para permitirte ser vulnerable y revelar tus defectos. Un buen matrimonio exige superar la frustración implícita en enfrentar numerosas dificultades, analizar problemas y hallar soluciones.

Significa soportar la incomodidad de enfrentar tus evasivas, cargar con la responsabilidad de cuidar a otra persona y aprender a dar en una forma significativa. Sólo gracias a un verdadero compromiso podrás resistir el impulso de evadir los desafíos del matrimonio. El matrimonio no siempre es agradable, pero cuando se invierte esfuerzo, siempre depara grandes recompensas.

Nuestra renuencia al matrimonio a menudo indica que somos renuentes a asumir esta clase de compromiso permanente. Queremos tener una relación, pero con la salida de emergencia al alcance. Sin embargo, no podremos alcanzar el placer que da la verdadera intimidad mientras mantengamos una mano sobre la puerta de escape, dispuestos a terminar la relación en cualquier momento.

Al ofrecer nuestro compromiso de permanecer siempre al lado de la pareja y darnos cuenta de que los dos somos en realidad uno, habremos tomado los primeros pasos para crear una relación muy especial con nuestro cónyuge.

En resumen

Un compromiso es para siempre. A través del matrimonio, tú y tu cónyuge se convierten en “una sola carne”. No se te pasaría por la mente romper esa relación a menos que caiga presa de ciclos gangrenosos de maltrato.

Un compromiso permanente motiva a ambos integrantes de la pareja a invertir el esfuerzo que lleva a una verdadera relación de intimidad.

Nuestra renuencia al matrimonio a menudo indica que somos renuentes a asumir un compromiso verdadero. Queremos llevar una relación, pero con la salida de emergencia al alcance.

Fuentes de referencia

1. Así Dios creó al hombre a Su propia imagen; a imagen de Dios Él lo creo, varón y hembra los creó.

Génesis 1:27

2. Al principio, Él creó un solo ser con dos rostros y luego los dividió.

Rashi sobre Génesis 1:27

3. Rabí Elazar dijo que todo hombre que no tiene esposa no es un hombre completo, pues dice en la Torá: “Varón y hembra Él los creó y llamó sus nombres Adán [Hombre]”.

Talmud de Babilonia, Iebamot 63a

4. Por ello, el hombre dejará a su padre y a su madre y se aferrará a su esposa, y ellos se convertirán en una sola carne.

Génesis 2:24

5. A mi parecer, los animales carecen de este férreo apego a sus hembras; más bien, el macho se aparea con cualquier hembra que encuentra a su paso. La Torá dice que la mujer era “hueso de su hueso y carne de su carne” y que él se aferrará a ella, acomodándose ella en el hombre como si fuera su propia carne. Él deseará que ella siempre esté con él así como ocurrió con el primer hombre.

Su descendencia heredó esta naturaleza, que los varones se aferrarán a sus esposas, dejando a sus propios padres y considerando a sus esposas como una sola carne… más cercana que cualquier otro familiar consanguíneo.

Najmánides sobre Génesis 2:24