¿Estarías dispuesto a renunciar a uno de tus hijos por veinticinco millones de dólares? ¿Y si tu hijo recibiera lo mejor de todo pero nunca más lo verías ni sabrías de él?

¿Una decisión difícil? Por supuesto que no.

Al final de la vida, nadie dice: “Cuánto desearía haber pasado más tiempo en la oficina”. Y nunca leerás un aviso fúnebre que diga: “El difunto ganaba más de 150.000 dólares al año, manejaba un Porsche y vestía trajes de Armani. Era un tipazo”.

Ahora bien, si “el dinero no puede comprarte amor”, ¿entonces por qué tantas personas descuidan sus relaciones más entrañables en el afán de lograr el éxito financiero?

El motivo es que buscan algo incluso más importante que el amor: el honor. Todo el mundo necesita poder despertarse por la mañana, contemplarse al espejo y decir: “¡Sí, soy importante!”. Como presidente de tu propia compañía, con una familia maravillosa, una mansión y un BMW, puedes decirte a ti mismo: “¡Por fin lo logré!” Para muchas personas, alcanzar el éxito económico y la fama es lo que les da la sensación de que su vida posee valor.

En hebreo, esto se llama “kavod”, honor, que proviene de la palabra kaved, que significa “pesado”. Damos mucho peso a quienes respetamos. Tener dignidad significa que nos consideramos personas de peso e importancia, sentir que somos cualquier cosa menos un “peso mosca”, en jerga pugilística

¿Por qué el éxito da a las personas esa sensación de peso y engreimiento? No todas las sensaciones de kavod son auténticas. Existe en el mundo una versión falsificada que no tiene nada que ver con quienes somos y todo que ver con quienes los demás creen que somos. El éxito bien puede ser el “oro de los tontos” en el ámbito de la autoestima.

Chasquea los dedos por unos instantes. ¿Verdad que no sientes nada en especial? Ahora imagínate que estás en el escenario principal del Madison Square Garden. ¡El lugar está a reventar! Decenas de miles de personas han pagado su entrada para verte a ti: ¡el mejor chasqueador de dedos del mundo! Cuando empiezas a chasquear los dedos, tus aficionados enloquecen, prorrumpen en aplausos ensordecedores y luego, ¡te ovacionan de pie!

¿Cómo te sentirías?

Cuando ochenta mil personas te vitorean y dicen que eres lo máximo, es fácil empezar a imaginarte que una actividad sin sentido, como chasquear los dedos, es algo importante. A fin de cuentas, todo el mundo dice que es importante.

No confundamos parecer bueno con ser bueno. Sólo porque el mundo admira a alguien por patear un balón dentro de una red no implica que esté realizando un acto verdaderamente significativo. Lo único que hace es chasquear los dedos.

Si nuestra autoestima proviene de una fuente externa, podemos estar seguros que no es auténtica. Intentar estar a la altura de los estándares de la sociedad es uno de los factores que más contribuyen a una falsa sensación de autoestima. Y el estándar que más venera la sociedad occidental moderna es el éxito financiero.

Por cierto que podríamos utilizar el dinero o el estrellato para realizar obras realmente admirables. Pero el éxito de por sí no nos hace buenos. La verdadera dignidad es algo completamente independiente de lo que los demás piensen sobre nosotros. Tan sólo si incorporamos valores auténticos y nos esforzamos por alcanzar la perfección moral podremos enaltecernos y hacernos dignos de respeto verdaderamente.

Nuestra pasión por el honor es tan intensa que puede conducir incluso al homicidio. A continuación tenemos las palabras de un pandillero inescrupuloso, que mató a su mejor amigo a sangre fría, explicando los motivos que tuvo para unirse a la Mafia:

Es lo más increíble que un ser humano puede vivir. El placer es exquisito. El éxtasis es de lo más sublime que hay. Cuando estornudas, quince pañuelos salen de la nada. Dondequiera que vayas, la gente trata de complacerte al máximo… Si entras a un restaurante, corretean a las personas de la mejor mesa para que te sientes ahí. Es impresionante la elegancia, el respeto y el dinero que hay en esos círculos… es increíble. Te codeas con la élite. Sientes que eres tan superior y que eres uno de los elegidos… Sé en mi fuero interno que volvería a hacerlo todo de nuevo... le estoy hablando con la mano en el corazón. ¿Así que, cómo podría decirle que me arrepiento? Si dijera eso, ¿a quién estaría engañando? Sé que lo hice… y gocé cada instante.

Entrevista en la revista Time, 24 de junio de 1991

¡He aquí un asesino impenitente que se despierta cada mañana sintiéndose maravilloso consigo mismo! Así de embriagante puede ser el “kavod”.

Resulta tentador conformarse con la sensación ilusoria de autoestima que nos ofrece la aprobación de los demás y caer en la trampa del honor, pues con ello nos ahorramos la ardua labor de mantenernos a la altura de los estándares morales y, al mismo tiempo, nos proporciona la falsa sensación de sentirnos bien con nosotros mismos independientemente de qué clase de persona seamos. Pero, a fin de cuentas, nos transformamos en impostores, huecos por dentro.

No hay nada malo en esforzarse por obtener la fama y el éxito financiero. Pero no confundamos eso con una genuina autoestima. La integridad, los valores y la valentía moral son los factores que nos dan autentico peso y kavod. No existen atajos para alcanzar la verdadera dignidad.

En Resumen

Para muchos, el éxito alimenta una de las necesidades más básicas de la humanidad: el honor. ¿Por qué?

La versión falsificada de la autoestima no tiene nada que ver con quien realmente somos y tiene mucho que ver con quien los demás piensan que somos.

No confundamos parecer buenos con ser buenos. Sólo porque el mundo admira a alguien por patear un balón dentro de una red no implica que esté realizando un acto verdaderamente significativo.

El éxito no nos hace buenos. Sólo si incorporamos valores auténticos y la valentía moral a nuestro ser podremos lograr la verdadera autoestima.

Fuentes de Referencia

1. El honor impulsa el corazón del hombre más que todos los deseos del mundo. De no ser por el [honor], el hombre estaría satisfecho cumpliendo con sus necesidades mínimas de alimento, ropa y abrigo. Ganarse la vida sería algo sencillo y el hombre no estaría obligado a esforzarse para volverse rico. Sin embargo, el hombre se afana en esto para no tener que verse inferior a su prójimo.

Rabí Moshé Jaím Luzzatto, La Senda de los Justos, cap. 11.

2. La persona debe decir: “El mundo fue creado para mí” (Talmud de Babilonia, Sanedrín 37a). Estamos obligados a permanecer conscientes de nuestra propia grandeza. Enorgullécete del hecho que fuiste creado a imagen de Dios. El orgullo motivado por la toma de conciencia de que tu alma es grande y elevada no sólo es correcto, sino que en realidad constituye una obligación. Es un deber reconocer tus virtudes y vivir con esta noción.

Rabí Abraham Grodzinski, Toras Avraham, pág. 49.

3. El honor huye de quien lo persigue. El honor persigue a quien huye de él.

Talmud de Babilonia, Eruvín 13b.

4. Al realizar una buena acción en presencia de otras personas, imagínate que estás en un bosque rodeado exclusivamente de árboles y flores. A la larga no hay diferencia alguna entre ambas situaciones. Así como los árboles no tienen conciencia de lo que haces, a fin de cuentas no tiene ninguna importancia lo que esas personas pensaron de ti durante los pocos instantes que te vieron.

Yesod Veshóresh Ha’avodá 1:10, citado por Rabí Zelig Pliskin en Gateway to Happiness.

5. Rabí Elazar Hakapar dice: los celos, la lujuria y el honor sacan a la persona del mundo.

Ética de los Padres 4:28.