Vivimos con mi familia en México hace casi 10 meses. Llegamos aquí por motivos laborales, empezamos a conocer gente y todos preguntan: ¿Hasta cuándo se van a quedar? ¿Quieren vivir aquí para siempre? Y un montón de cosas por el estilo.

Una de las respuestas más recurrentes que solemos dar es una en la que de verdad creemos: "no se puede planear a largo plazo, uno no conoce el rumbo que pueden tomar las cosas, por ahora estamos aquí, en el futuro si Dios quiere veremos".

Lo implícito en nuestra respuesta es que asumimos que Dios es quien tiene verdadero control de nuestras vidas, y que si bien es cierto que nosotros debemos hacer lo nuestro, una gran parte del rumbo que sigue la vida no depende de nosotros. En resumen, es asumir que no tenemos control total de nuestro futuro.

Lo curioso es que para las cosas GRANDES, como el futuro, nos entregamos a este pensamiento en forma relativamente fácil, decimos GAM ZU LE TOVÁ (también es para bien) o TODO PASA POR ALGO, tratando de ver lo positivo en todo lo que nos ocurre. Sin embargo, en la rutina diaria me parece que es más difícil asumir esta idea.

Sobre lo macro, es de alguna forma claro o evidente que no tenemos control, sobre lo micro, o lo más cotidiano, tendemos a pensar que lo tenemos. ¿Ejemplos? Millones. Nos molesta inmensamente cuando tenemos que encontrarnos con alguien y la persona no llega, cuando un doctor se atrasa 45 minutos o simplemente cuando no logramos terminar de hacer todas las cosas de nuestra lista de pendientes. Aparentemente sobre esas cosas tenemos más control que sobre lo macro. Pero la verdad, es que es sólo apariencia.

Es verdad que si no hacemos planes es probable que no logremos hacer todas las cosas que queremos. Pero también es cierto, que incluso con la más minuciosa planificación, podemos no lograrlo. Es decir, en toda situación hay variables que no están bajo nuestro control.

Al escribirlo, y me imagino que al leerlo, esto suena muy lógico. Lo difícil es aplicarlo y recordarlo cuando estamos en medio de la frustración de un mal día donde nada resultó de acuerdo a NUESTRO plan.

Queremos creer que al menos tenemos algún grado de control, porque asumir nuestra impotencia en este sentido pareciera herir nuestra autoestima. Lo concreto, desde mi punto de vista, es que esto no tiene que ver con la autoestima o las capacidades personales, tiene que ver simplemente con entender que aunque a veces nos duela: NO TENEMOS EL CONTROL.