Al llegar a Chile la semana pasada me encontré con mucha gente a la que no veía hacía varios meses. A algunos había que decirles Mazal Tov por un nacimiento o por un Bar Mitzvá, y a otros felicitarlos por su matrimonio. También, estaban aquellas personas a las que había que darles apoyo porque habían sufrido la pérdida de un ser querido o porque se habían visto enfrentados a una situación difícil.

En Shabat me encontré con una mujer que recientemente fue diagnosticada con una enfermedad complicada y está en tratamiento. En unos segundos, tenía que decidir qué era lo que debía decirle. Felicitar siempre resulta fácil, todos están alegres y casi cualquier saludo es bienvenido. Sin embargo, ¿qué pasa cuando debemos apoyar a los que están en momentos difíciles y sumamente sensibles? En esas circunstancias, cada palabra es importante. No queremos decir nada que pueda herir a la persona, queremos animarla y no deprimirla, y no es simple encontrar las palabras adecuadas en cuestión de segundos.

En esos momentos varias cosas pasaron por mi mente, una de ellas (la que me llevó a escribir este artículo), fue decirle algo así como que deseaba que lo que estaba viviendo se superara con facilidad y que en un tiempo sólo fuera como un mal sueño que ya pasó. Es difícil organizar las ideas en esos momentos, pero el mensaje era algo así: que todo pase sin dejar huella, como una pesadilla que no tiene un impacto real en la vida de la persona.

Finalmente, salude a esta mujer, que venía conversando con otra persona y gracias a Dios, no tuve que decir nada más que "Hola, qué rico verte". Ella me saludó muy amorosa y siguió por su camino. ¡Prueba Superada!

A pesar de que había salvado el momento difícil, lo que le pensaba decir quedó dando vueltas en mi cabeza. Me di cuenta que ese mensaje no correspondía exactamente a la idea que quería transmitir. Pensé en que creo que hay un Dios y que ese Dios es la fuente de TODO; lo bueno y malo. Además, reflexioné sobre el concepto de Hashgajá Pratit; la supervisión personal que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. Juntando estas dos ideas, me di cuenta que las cosas que nos suceden, buenas o malas (desde nuestra perspectiva) están ideadas y planeadas especialmente para nosotros. Que lo que nos ocurre no es por azar y no son cosas que responden a la ley de probabilidades. Cada cosa que nos toca vivir fue decidida por Dios para nuestro bien, aun cuando a nosotros nos cueste entenderlo.

Finalmente llegué a la conclusión, que cada uno de nosotros debe enfrentar las cosas que le pasan con una actitud constructiva. Me refiero a que considerando que Dios "se tomó el tiempo" para mandarme algo especialmente diseñado para mí, lo que debo hacer es tratar de hacer algo positivo con eso. Cada cosa que nos pasa es una oportunidad de crecimiento, algo tenemos que sacar en limpio, algo tenemos que cambiar, definitivamente tenemos que crecer a partir de eso.

Quizás el mensaje más adecuado no es desearle a la otra persona (o a uno mismo) que todo pase y se olvide como un mal sueño, sino que podamos superar la prueba y crecer a partir de ella. Crecer en nuestras relaciones con los demás, en el trabajo de nuestro carácter, o en nuestra vida espiritual.