Recuerdo ese día como si fuera hoy. Durante mi viaje a Chile para visitar a la familia, salí con mis tres hijos a la casa de mi mamá. Cuando pretendía regresar a la casa de mi suegra (donde nos estábamos quedando), a eso de las 7:00 p.m. la situación se había complicado. En resumen: los tres niños lloraban. ¿El motivo? Me imagino que una mezcla de hambre y sueño. En fin, como pude y con ayuda de mi mamá, los subí al auto, me despedí y partí rumbo a mi destino.

A una cuadra de haber salido me di cuenta de algo bastante obvio, los tres niños se iban a quedar dormidos en el auto. Casi inmediatamente me di vuelta y observé en el asiento trasero una imagen hermosa, casi como para una tarjeta de Kim Anderson, los tres durmiendo plácidamente.

Si bien el silencio me dio respiro, inmediatamente pensé en lo que me esperaba a mi llegada. ¿Cómo iba a hacer para bajarlos? Sabía que en la casa no había nadie, así que tenía que hacerlo sola.

Durante el trayecto idee un PLAN, a la más chica la bajaba en su silla del auto donde podía seguir durmiendo, al del medio lo bajaba y lo ponía en el coche y a la mayor, la tomaba en brazos. Ahora, para poder llegar con ellos arriba, de acuerdo a mi plan, se requerían cuatro viajes hasta el ascensor: el primero para bajar el coche y subirlo por las escaleras que dan al ascensor. Después, sacar a mi hijo y llevarlo al coche. Luego subir a la pequeña en su silla y finalmente, mientras ellos esperaban frente a la puerta del ascensor, yo tenía que estacionar el auto en su lugar y sacar a la mayor en brazos.

Gracias a Dios lo tenía todo resuelto, tenía un plan y estaba orgullosa de él. Me sentía como cuando uno logra resolver uno de esos juegos de ingenio donde se debe cruzar un río con tres animales sin que se coman unos a otros.

Llegue a la casa, estacioné el auto al lado de la escalera, y empecé a ejecutar el plan. Cuando iba en la primera etapa: sacar el coche y llevarlo hasta el ascensor, otro auto entró al estacionamiento. Dos personas mayores se bajaron y al observar mi situación se ofrecieron a ayudarme. Mi primera reacción fue decir: "No, gracias", después de todo yo ya tenía un plan. Sin embargo, ante la insistencia de la señora; acepté su colaboración. Ella y su marido se hicieron cargo de dos de los viajes al ascensor y eso me liberó bastante.

Minutos después, cuando me encontraba en la casa, reflexioné sobre dos aspectos de la situación que había vivido.

Lo primero que pensé es en lo terco que somos a veces cuando se trata de recibir ayuda. Era más que evidente que yo la necesitaba, pero al parecer, el orgullo que me producía el hecho de poder resolver la situación sola, era mayor que la humildad que requería el asumir que era increíblemente más fácil con ayuda.

De cierta manera, el aceptar ayuda es una prueba fehaciente y concreta de que somos finitos e imperfectos, algo que por alguna razón no nos gusta recordar. Raro ¿no? Porque si alguien nos pregunta si creemos que somos perfectos, lo miramos con extrañeza y respondemos: "Obvio que no". La ironía es que a pesar de sabernos imperfectos, nos gusta jugar a ser todopoderosos.

Eso no es todo, queda aún un segundo aspecto que analizar. ¿Somos igual de necios cuando tenemos que pedir ayuda de Dios?

Últimamente me he dedicado a leer varios libros de Jinuj Banim (Educación de los Hijos) y todavía no encuentro ninguno que no mencione que para tener éxito en la difícil misión de formar hijos sanos, íntegros y en el camino de la Torá, hay que rezar y pedir ayuda.

La conclusión parece ser que aquí hay algo que debemos trabajar: la HUMILDAD, para aceptar nuestras limitaciones no sólo en la teoría sino también en la práctica.