Sábado a las 6:00 p.m., voy saliendo de mi casa con mis 3 hijos, y una amiga con 3 de sus 4 hijas en dirección a la comunidad para Seudá Shlishit (la tercera comida de Shabat). Estamos un poco atrasadas porque cuando se tienen niños pequeños siempre surgen cosas de último minuto. Esta vez no fue la excepción, justo medio segundo antes de cerrar la puerta para por fin empezar a caminar, una de las hijas de mi amiga se da cuenta que se le quedaron en mi casa los dos juguetes que había traído. Ella sube a buscarlos, pero no los encuentra, y para hacerlo más rápido me ofrezco a ir yo.

Uno de los juguetes, un micrófono rosado de juguete, yo lo conocía perfectamente. El segundo objeto, sin embargo, era totalmente desconocido para mí y la descripción que recibí fue: "es un auto con un Mickey Mouse sentado encima".

Subí corriendo para no atrasarnos aún más. Busqué en la cuna de mi hijo donde habían estado jugando las niñas, e inmediatamente encontré el micrófono rosado. Satisfecha con el éxito de la búsqueda pensé en llevarle ese juguete a la niña y decirle que el otro lo buscábamos después de Shabat. Con uno de los dos, al menos no iba a estar tan triste. Un segundo después, cambié de opinión y decidí buscar por un minuto más el segundo juguete.

Como no tenía ni la menor idea de lo que estaba buscando, es decir, ni color, ni tamaño del juguete, esta misión resultaba bastante más compleja. En ese momento, sin analizarlo mucho, pensé: "Dios ayúdame a encontrar este juguete para que esta niña tenga un Shabat feliz y vaya contenta a la sinagoga". Luego de eso, me di vuelta y frente a mis ojos, encima de la cama, vi un auto rojo de unos 5 cm. de largo con un pequeño Mickey Mouse encima. Asombrada y agradecida de la rápida respuesta de Dios a mi pequeño pedido, corrí por las escaleras hacia la puerta. Entregué los dos juguetes a la niña que se puso feliz, y finalmente, emprendimos la marcha.

En el camino no pude dejar de pensar en lo que me había pasado, algo que consideré una clase de tefilá (rezo) vivencial.

Muchas veces escuchamos o leemos que podemos pedirle a Dios todo tipo de cosas, ayuda en temas complejos y en cuestiones simples, porque en definitiva Él es TODOPODEROSO, y nada es complicado o trivial para Él. Sin embargo, en innumerables ocasiones, no le pedimos TODO lo que necesitamos porque no queremos "molestarlo" con cosas tontas, después de todo, ¿es realmente tan importante encontrar los juguetitos como para pedírselo a Dios?

No creo que la respuesta a ésta pregunta deba tener en cuenta si es importante o no el hecho concreto, sino más bien, creo que la respuesta requiere que reflexionemos sobre uno de los aspectos por lo que rezamos.

Alguien alguna vez me dijo que muchas personas creen que nosotros tenemos carencias o problemas y por eso rezamos. Pero que en realidad, lo que sucede es que Dios mismo nos manda esas carencias porque es la forma que tiene de motivarnos a conectarnos con él. En otras palabras, Dios nos crea necesidades con el fin de que le pidamos las soluciones.

No sólo eso, cada rezo que hacemos, lleva implícito una declaración de que creemos firmemente que Dios tiene el poder de darnos la respuesta o la solución. En lo cotidiano, ¿quién pide ayuda a alguien que cree que no puede darla? Por lo tanto, cada rezo es una afirmación de la fuerza y dominio de Dios.

Ya que conocemos estos conceptos, ¿Por qué no animarnos a pedir ayuda a quién, sin ninguna duda, puede brindarla?