Realmente nunca pensé que me iba a pasar algo así.... Era viernes en la tarde justo después de Hadlakat Nerot (encendido de velas de Shabat) cuando la señora que me ayuda en la casa me llamó para mostrarme algo realmente desagradable. Abrió los cajones donde guardo mis cubiertos y me mostró unas cositas negras que la verdad, nunca había visto en mi vida. Sí, era excremento de ratón. Casi me dio un ataque. No lo podía creer.

Huí de la cocina, quería mantenerme lo más lejos posible del roedor. Cuando llegó mi marido de la sinagoga, le conté. Tampoco él lo podía creer. Lavamos todos los cubiertos para poder ponerlos en la mesa y tratamos por un rato de olvidarnos del tema, después de todo era Shabat y teníamos que conectarnos con la espiritualidad del día y dejar de lado al... ¡¡¡RATÓN!!!

Yo estaba literalmente espantada, no quería abrir ningún cajón, de sólo pensar que el roedor me podía saludar desde el interior de uno de ellos. Esa noche casi no pude dormir, teníamos un visitante a quien definitivamente no habíamos invitado.

Ya el domingo, me armé de valor para llamar a una amiga y con un poco de vergüenza, le conté la situación. Me tranquilizó bastante, me dijo que era muy frecuente en el barrio donde vivimos, y me dio el número de teléfono de alguien que podía ayudarme. Esa noche tampoco fue fácil dormir, pero lo logré.

El lunes a las 9 am en punto, llamé al experto y me aseguró que lo iba a solucionar rápidamente. Vino a la casa, le mostré todo y me dijo que no me preocupara, que al día siguiente iba a venir a instalar las trampas. Sólo escuchar esa palabra me daba nervios, pero al parecer, no había otra forma de deshacerse del visitante.

En fin, ese martes preparó todo y en la tarde el tema estaba solucionado. Gracias a Dios, nos habíamos librado del ratón.

No pude evitar seguir pensando en lo que había pasado, un poco por asco y otro poco porque me asombraba cómo los primeros días el tema me quitaba el sueño, y luego, mientras pasaba el tiempo, a pesar de que lo seguía encontrando molesto, ya me dormía con tranquilidad. Me di cuenta que como dicen muchos, los seres humanos somos capaces de acostumbrarnos a todo, incluso a cosas muy incómodas.

Reflexioné un poco más y me di cuenta que no sólo sucede con cosas externas a nosotros, sino que también nos pasa con los malos hábitos o las midot (características personales) que tenemos que trabajar.

De repente, algo de nuestra personalidad nos molesta profundamente, tanto que decidimos que tenemos que hacer algo al respecto y pronto. Ideamos un plan nosotros mismos o buscamos ayuda para hacerlo, con la vergüenza que significa muchas veces asumir nuestras debilidades o defectos frente a un tercero.

A los pocos días, todo el asunto ha perdido importancia, tal vez comenzamos a trabajar en nuestro plan, tal vez ni siquiera llegamos a eso y con respecto a esa característica que nos molestaba tanto de nosotros mismos, simplemente ya nos hemos acostumbrado. Ya sea que somos enojones, impacientes, demasiado críticos o muy tímidos, al parecer somos capaces de vivir con eso, sin que nos quite el sueño.

Lo que era tan desagradable ya no los es, lo que nos causaba problemas ha pasado al olvido. Y la típica frase "Así soy", pareciera volverse frecuente parte de nuestro discurso.

Un ratón en la cocina siempre va a ser algo incómodo, no importa cuánto tiempo pase. No importa que sea frecuente, ni que muchas personas tengan uno en su casa. Yo definitivamente no quiero uno en la mía.

Claramente, acostumbrarse es más fácil, más aún cuando no sólo se trata de poner trampas, sino de trabajar nuestro carácter. Tal vez lo que estamos haciendo es poniéndonos una gran trampa a nosotros mismos.