Fue un viernes normal hasta las 2:30 de la tarde. ¿Por qué?... A las 2:30 de la tarde agarré mi maleta y a mi bebé de 10 meses y junto con dos amigas nos subimos al auto para irnos de Shabatón. Sí, aunque suene loco... dejamos por un Shabat a nuestros maridos e hijos más grandes para vivir una experiencia de mujeres. Una importante Rebetzin de Israel nos visitó para inspirarnos y enseñarnos cosas profundas sobre el judaísmo y sobre nosotras mismas. El resto se armó solo, 30 mujeres se las arreglan para encontrar de qué hablar y qué hacer en pocos segundos.

Una de las cosas que descubrí en este Shabatón, es que hay MILES COMO YO. ¿Qué quiero decir? Hay miles de mujeres, madres, esposas, que desesperan, que están cansadas, que gritan, que no tienen tiempo para rezar, que les cuesta asumir que a veces ni siquiera saben el nombre de la parashá de la semana y otras tantas cosas. No sólo descubrí que las 30 mujeres del Shabatón se enfrentan a situaciones similares a las que yo vivo, sino que cada una de ellas, al menos conoce unas 10 que pasan por lo mismo.

Lejos de ser ideal lo que describí, parece ser parte de la realidad. Nos encantaría ser esa madre que nunca grita, que siempre quiere jugar con sus hijos, que está de ánimo para aguantar bromas, que alcanza a hacer las 100 cosas que planifica para cada día. Nos fascinaría tener un espacio para rezar tranquilas, para leer la Torá, para escuchar clases de Jinuj Banim (Educación de los Hijos) o Shalom Bayit (Armonía del Hogar).

Luego del Shabatón me quedé pensando en todo esto, en la distancia que hay entre lo que quiero hacer y lo que hago realmente. Y es claro que si no hacemos algo al respecto, tendremos una vida llena de frustración. Se me ocurrieron dos cosas para hacer. La primera, es aprender a asumir nuestra realidad. El tiempo es limitado y queremos hacer millones de cosas y es evidente que no da para todo. Si asumimos de antemano nuestra situación, es más probable que evitemos parte del sufrimiento.

Lo segundo, es dar un paso adelante, es decir, tratar de caminar hacia ese ideal, hacia ese YO en el que queremos convertirnos para acortar la distancia entre nuestra realidad y nuestras aspiraciones. Un primer paso es ponernos metas más realistas, empezar por rezar algo corto, escribir 20 cosas para hacer cada día en vez de 100, gritar un poco menos, tener un poco más de paciencia y sobre todo, al final del día, enfocarnos en todo lo que SÍ hicimos en vez de deprimirnos por lo que NO logramos.

De esta manera empezamos a vivir un poco más tranquilas, sabemos que no somos perfectas y que probablemente nunca lo seremos, pero sabemos también que hemos trazado un camino que nos lleva a lo que queremos ser.

Hay Miles como Yo, eso quiere decir que hay miles con las que puedo compartir y miles de las que puedo aprender. Muchas veces reconocer nuestros errores ante otras mujeres nos duele, porque nos enfrenta directamente con nuestra realidad. En el Shabatón aprendí que es cierto que es un poco doloroso, pero también aprendí que es sumamente enriquecedor, que cada mujer se las arregla de otra manera para avanzar y que de cada una podemos aprender algo. ¡Hagámoslo!