Hace algunos meses durante mi visita de control anual al dentista me ocurrió algo que me hizo pensar mucho en la naturaleza de los procesos de cambio.

Era la primera vez que iba al dentista en México, donde llevaba viviendo para ese entonces alrededor de 8 meses. Conseguí el nombre de un muy buen dentista. Un hombre de unos 50 años, judío no observante. Pedí mi cita y acudí de acuerdo a lo planeado.

Una vez en la consulta, me recosté en el sillón para que el doctor comenzara a examinarme. Justo en el momento en que apoyé mi cabeza en el sillón, sentí que el pañuelo que llevaba puesto para cubrir mi pelo se había deslizado hacia atrás, dejando al descubierto una parte de él. Inmediatamente me levanté para acomodarme y fue en ese momento que el dentista hizo el siguiente comentario: "Ya estás aquí adentro, puedes sacarte el disfraz".

Forcé una sonrisa y terminé de acomodarme mi pañuelo. El resto del control siguió sin prácticamente ninguna interacción verbal entre el doctor y yo. Una vez que terminó, me despedí cordialmente, le agradecí y me fui.

Camino al estacionamiento las ideas empezaron a atropellarse en mi mente, y tal como suele pasar, empecé a encontrar decenas de respuestas que debí haber dado a ese comentario. Como dice el dicho: "Todos somos generales después de la batalla".

Finalmente, más allá de lo que contesté o no, y de si estuvo bien mi actitud y mi reacción, una idea permaneció rondando mis pensamientos.

Muchas personas como yo, en determinada etapa de su vida y por circunstancias muy diferentes unas de otras, decidieron que iban a cambiar la forma de vida que estaban llevando hasta ese momento. Algunos comenzaron a alimentarse de una forma diferente, dejaron algunas cosas e incorporaron varias nuevas. Otros modificaron su forma de vestir. Y muchos otros, aunque tal vez no generaron cambios visibles, experimentaron un proceso interno de redefinición de valores, objetivos y prioridades. Mi pregunta principal es: ¿Cómo ven estas modificaciones las personas que nos conocían en la etapa previa al cambio? La pregunta no surge de la necesidad de ser aceptados por los demás, sino que se plantea, simplemente, para tratar de entender cómo reaccionamos como seres humanos frente a este tipo de cambios.

Me ha tocado conversar con gente que sin intención de ofender me ha expuesto, con sinceridad, que les cuesta entender cómo la misma persona que antes frecuentaba discotecas, hoy se presente al mundo como una mujer recatada. O que ese mismo que disfrutaba de los mariscos sin control, hoy viva con un estándar de cashrut estricto.

La pregunta en esencia es ¿qué tan en serio es el cambio? ¿Es un cambio real o un simple disfraz?

Para todos aquellos que se hayan cuestionado este tema alguna vez, les cuento mi visión del asunto.

Ningún proceso de cambio es fácil. De hecho suele afirmarse, que en general, tenemos mucho miedo al cambio. Y honestamente no me sorprende. Generar un cambio implica dejar de lado o desechar, ideas, costumbres, hábitos y valores, entre otras cosas. Y ese proceso es difícil, requiere mucha convicción, determinación y fortaleza. Además, me atrevería a decir, que en la mayoría de los casos existe una fuerte presión social que trata de influir sobre nosotros para que nos mantengamos tal cual somos.

Una persona que ha generado modificaciones mayores o menores en su vida, identifica perfectamente de qué estoy hablando. Ya sea ponerse a dieta, mudarse de país o "volverse más religioso", el tema de fondo es el mismo, un cambio.

Cuando un individuo logra vencer la inercia que lo lleva a mantenerse tal cual es y realiza un cambio profundo en su vida, no lo hace por complacer a nadie ni por quedar bien socialmente, sino porque tiene una motivación interna profunda y genuina que lo llevó a hacerlo.

Esa motivación es el motor que mueve a la persona hacia ese nuevo objetivo. Y cuando ese cambio se concreta, realmente la persona es otra. No se trata de fingir, ni pretender ser algo que uno no es, sencillamente en algunos aspectos ya no somos los mismos de antes. Hemos cambiado.

En conclusión, ¿Cambio real o simple disfraz? Es una pregunta que cada uno debe responderse. Pero, ciertamente, el cambio real existe.