Uno de los mitos que frecuentemente se debe romper cuando una persona comienza a acercarse al judaísmo, es que el judaísmo es un sistema de 'todo o nada'. La gente observa al religioso desde afuera y piensa que esta persona, cumple con la totalidad de las mitzvot. Peor aún, cree que no hay otra forma de acercarse al judaísmo que "convirtiéndose" en una más de estas personas. Lo ven como la única opción de vivir su judaísmo.

Pero el judaísmo no es un sistema donde lo haces todo o no haces nada, hay millones de pasos o peldaños, tantos como quieras ponerle a tu propia escalera. Muchas veces, nos cuesta entender esto, porque pensamos que, si de todas formas no vamos a hacer todo a la perfección, tal y como lo plantea la Torá, entonces, ¿de qué vale el esfuerzo en un ínfimo detalle?

Aunque sea difícil de entender, esos pequeños esfuerzos valen. Cada acción que logramos realizar de acuerdo a los lineamientos de la Torá, nos hace vivir una vida mejor, ser mejores personas y acercarnos a Dios.

Pero, el punto al que quiero llegar va un poco más allá. Con esfuerzo logramos entender este concepto y nos proponemos pequeños pasos, realizar algunas mitzvot, las que nos resultan más interesantes o, a veces, porque no decirlo, las que son más fáciles para nosotros. Y cuando empezamos a comprometernos con algunos pasos, nos volvemos a enfrentar a este mito pero esta vez en otro nivel. Sí. Ya entendimos que el judaísmo no es todo o nada. Ahora creemos que cada mitzvá es todo o nada. Y tal vez, para sorpresa de muchos, tampoco lo es.

Déjenme contarles lo que me pasó.

Luego del nacimiento de mi bebé, hace poco más de un año, se me hizo muy difícil retomar mis horarios y mi orden de tefilá. A pesar de que al estar al cuidado de niños pequeños, la obligación de rezar para una mujer es menor, de alguna manera yo necesitaba reprogramar mis reuniones diarias con Dios.

Cada vez que veía un momento libre en el ajustado horario de la mañana, tomaba mi sidur y justamente cuando llegaba a la sección donde ya no puedes interrumpir, los niños comenzaban a pelear o necesitaban ayuda o el bebé tenía hambre, o algo. Pero siempre pasaba algo que cortaba mi tefilá y me dejaba con una tremenda sensación de vacío y de frustración.

Así pasé meses, tratando de ordenarme en este aspecto tan importante de mi vida y de mi relación con Dios. Pero honestamente, mis intentos no daban muchos frutos.

Finalmente, hace algunos meses me di cuenta del error garrafal que estaba cometiendo. Analizando mis intentos frustrados, llegué a una conclusión muy simple que había estado pasando por alto. Estaba tratando de hacer "demasiada" tefilá. Lo que quiero decir, es que estaba intentado decir una tefilá muy extensa y que dadas mis condiciones en ese momento, era poco probable que lo lograra.

Empecé una lucha interna donde por un lado me decía que no era lo mismo hacer una tefilá más "abreviada" que la tefilá completa, por otro lado decía, que como dice el dicho "peor es nada". Me di cuenta que así como el judaísmo no es todo o nada, cada mitzvá en particular tampoco es todo o nada. Se puede hacer un poco de tefilá, un poco de tzedaká, estudiar un poquito de Torá, entre otras. Ya con esta idea clara en mi mente, tomé un libro para saber cuáles eran las secciones más importantes de la tefilá, las secciones por las que se debe priorizar en caso de tener poco tiempo, como era mi caso. Las marqué en mi Sidur y me propuse intentar retomar bajo este nuevo esquema.

Una vez que comencé, experimenté una sensación increíble, lejos de sentirme frustrada y pensar "peor es nada", me llené de esa sensación de seguridad, serenidad y paz que me suele dar la tefilá. Mi conclusión era cierta, las mitzvot no son todo o nada. Aunque se ven muy grandes y a veces difíciles de alcanzar, siempre debemos recordar que podemos fraccionarlas e ir avanzando al objetivo final de la forma que podamos. Cada detalle, cada esfuerzo vale, y sobretodo, cada pequeño avance nos llena de una sensación impresionante de estar avanzando por el camino correcto.