Gracias a Dios, hoy como todos los días, me levanté temprano para alcanzar a hacer algunas de mis cosas antes de que fuera la hora de preparar a los niños para el Gan y de irme a trabajar.

Cada mañana es un panorama totalmente diferente. Hoy, honestamente, el ambiente estuvo tranquilo. Los niños se despertaron solos unos minutos antes de lo necesario, lo que les permitió jugar un rato antes de tener que vestirse, tomar desayuno y salir a esperar el bus escolar. Nadie lloró, nadie se enojó, fue un comienzo tranquilo.

Me subí al auto con mi hija menor rumbo a mi trabajo. El tráfico estaba un poco más pesado que lo habitual, no sé por qué, quizás ocurrió algo especial o simplemente porque me atrasé 4 minutos en salir de mi casa. En el auto, encendí la radio, uno de mis CD favoritos y pacientemente manejé hasta la escuela.

Al llegar y conversar con las otras morot (maestras) mientras tomábamos el clásico té de la mañana, me di cuenta que no había ninguna de las 5 o 6 que estábamos ahí reunidas que no estuviera cansada. Todas vivimos realidades similares. Algunas son mayores y tienen hijos grandes y como dicen por ahí, "problemas grandes".

Están casando hijas y cuidando nietos. Otras como yo, tenemos niños pequeños y estamos quitando pañales, tenemos horas al dentistas, terapias físicas, entre otras. Pero independiente de las ocupaciones cotidianas de cada una, todas al empezar un día de trabajo a las 8:45 AM, ya estábamos cansadas.

Esto me llevó a reflexionar sobre este tema del cansancio que resulta tan recurrente. En primer lugar, me parece justo asumir que la vida de las mujeres que trabajan, además de encargarse de las miles de tareas de una casa, es agotadora. Sin embargo, más allá de eso, pareciera ser que el estar cansado es como parte de la rutina. Es raro de hecho, escuchar que alguien esté alguna vez descansado. Que alguien por esas eventualidades del destino haya logrado dormir lo suficiente y que se sienta completamente recuperado.

En múltiples ocasiones, cuando alguien quiere disculparse para no asistir a algún compromiso, utiliza la excusa, muchas veces cierta, de estar cansado. Y la pregunta que tengo es: ¿De qué estamos cansados?

Una opción es ser concreto y enumerar las múltiples acciones diarias que justifican el cansancio físico que sentimos al llegar la noche o incluso antes de eso. Ese tipo de respuestas no me preocupan.

Pero existe otra posible respuesta, una que describe desmotivación, tristeza y desinterés. Un tipo de respuesta que no se refiere solamente a un cansancio físico, sino más bien a un cansancio "espiritual". Un agotamiento que refleja falta de sentido.

Muchas veces la rutina nos agobia y nos impide preguntarnos y reflexionar sobre el por qué hacemos las cosas, por qué nos involucramos en las diferentes tareas que realizamos.

Si bien cuando realizamos nuestras actividades con sentido, también nos cansamos. Ese cansancio resulta mucho más fácil de sobrellevar. De alguna forma somos capaces de ver la luz al final del túnel, la meta detrás del esfuerzo, y con eso todo parece ser más llevadero.

El rabino Akiva Tatz comenta que si una persona tiene claro los objetivos y las metas de su vida, no puede existir en él la depresión, porque simplemente no hay lugar para ella. Así también, comentan nuestros sabios que lo peor de la esclavitud en Egipto era que el trabajo físico no tenía fin ni sentido. Se estaba construyendo sobre pantanos, toda la construcción se hundía y por lo tanto, al día siguiente era como comenzar de cero. Los egipcios sabían que esta forma de trabajo lograba desmoralizar y agotar el espíritu de un pueblo.

Obviamente nuestras labores diarias son agotadoras y no se nos está permitido juzgar la dificultad de la vida de otros. Cada uno vive su día de manera diferente. Pero lo que pareciera ser claro es que cuando nos damos un tiempo, en algún momento del día, para reflexionar sobre nuestras metas, no el objetivo inmediato, sino el fin esencial, todo esfuerzo pareciera aminorarse o al menos cobrar sentido.