Hace algunas noches mi pequeña bebé se despertó a la una de la madrugada. Luego de que tomó leche y de que la mecí por casi media hora, se volvió a dormir. Regresé a mi cama con la firme intención de quedarme dormida en segundos.

Me acomodé y por alguna razón, no podía quedarme dormida. De repente algo vino a mi memoria. Lamentablemente, una escena no muy agradable.

Volví de vacaciones hace más o menos 4 días. En el avión de regreso a México, cuando ya no sabía qué hacer para mantenerme despierta y poder cuidar a mis niños que no tenían ninguna intención de dormir, tomé la errada decisión de ver un capítulo de una serie policial que estaban dando. Dentro de la serie había algunas imágenes muy crudas y fueron esas mismas escenas las que recordé esa noche cuando trataba de dormir.

Sin importar lo que hiciera, no podía sacar esas imágenes de mi mente. Trataba de desviar mi atención, pero inevitablemente volvía a caer en el desagradable recuerdo. Tenía muchísimo sueño y decidí firmemente que me iba a deshacer de esa casi pesadilla.

Pensé en varias alternativas, contar ovejas, tomar un vaso de leche tibia y leer Tehilim, pero finalmente me decidí por una estrategia bastante más simple, pensar en cosas lindas. Honestamente, gracias a Dios, no me resultó difícil. Recién había pasado tres semanas de vacaciones con la familia, había conversado mucho con amigos y disfrutado Shabatot con tíos y primos. Rápidamente empecé a recordar todas esas experiencias vividas y la enorme alegría que me habían producido. De una forma casi mágica, logré llenar mi mente de pensamientos positivos y casi en forma inmediata, las imágenes que me atormentaban pasaron al olvido y sin darme cuenta me quedé dormida.

Al día siguiente, me desperté con clara conciencia de lo ocurrido la noche anterior. Mi primera conclusión fue que debemos cuidar lo que vemos y oímos. Aunque creemos que lo que observamos puede no tener ningún efecto en nuestras vidas, claramente las imágenes o las ideas que escuchamos pueden afectarnos de una forma que quizás ni siquiera imaginamos.

Más allá de eso, había algo de mi experiencia nocturna que me impactaba aún más. La forma como había logrado deshacerme de los malos pensamientos si bien era simple, me había dejado una gran enseñanza.

Muchas veces en la vida cotidiana, nos vemos invadidos por sentimientos o sensaciones negativas. A veces caemos en actitudes negativas y sentimos que no podemos salir. Nos frustramos o nos enojamos y casi logramos convencernos de que lo que nos sucede es algo terrible y que no podemos superarlo. Algunas veces, lamentablemente, sí vivimos situaciones difíciles, sin embargo, me parece que la mayoría de las veces que caemos en ese estado de "desánimo" es por causas, por decirlo de alguna manera, no graves. Tal vez complicadas o incómodas pero pocas veces trágicas. Citando el famoso dicho, se podría decir que muchas veces "nos ahogamos en un vaso de agua".

Si es posible deshacerse de una "pesadilla" sólo pensando en cosas bonitas, es probable que podamos deshacernos de una actitud negativa de la misma forma. Al parecer, el sólo hecho de enfocarnos en lo positivo es capaz de alejar malos pensamientos, sensaciones, actitudes y hasta pequeños estados de "desánimo" o de "bajón".

No es casualidad que nuestros sabios, en una de las obras sobre ética clásicas del judaísmo, Pirké Avot (Ética de Nuestro Padres), citen en numerosas ocasiones conceptos como: estar contento con lo que se tiene, (Capítulo 4 Mishná 1) o recibir siempre a las personas con una sonrisa (Capítulo 1 Mishná 15) refiriéndose a una actitud positiva.

Si bien el concepto es simple, en la práctica muchas veces es difícil aplicarlo. Sin embargo, si tenemos conciencia de lo poderosa de esta herramienta, ¿por qué no intentarlo?