Hace algunas semanas, salí de mi trabajo en la escuela con la sensación de que el mundo y en especial, mis alumnos, se habían puesto de acuerdo para hacer de ese día un día imposible. Nada parecía resultarme bien, todos gritaban, no seguían instrucciones, las actividades no resultaban y honestamente, yo no entendía nada. Me fui a casa con una sensación de frustración y un poco de tristeza. Creo que a nadie le gusta el sentimiento de que el mundo ha conspirado en tu contra. Y eso era más o menos lo que yo sentía.

Llegué a casa, a enfrentar a mis hijos y a una tarde llena de cosas pendientes. Normalmente, gracias a Dios, mis hijos son colaboradores, hacen caso y juegan solos por algún tiempo, lo que me permite ir avanzando en mis tareas mientras los observo jugar. Para mi sorpresa, esa tarde mis hijos también habían sido convocados al complot.

Nada parecía entretenerlos, todo era aburrido, todos tenían accidentes, todos lloraban... en definitiva la tarde fue un total y completo caos desde cualquier perspectiva. No había logrado hacer nada de lo que tenía que hacer, los niños no lo habían pasado bien, creo que no sería exagerado afirmar que nadie había tenido una tarde agradable.

Cuando llegó mi marido en la noche, preguntó lo que me imagino que todo marido pregunta al llegar a la casa: "¿Cómo estuvo tu día?". Él sabía por las cortas conversaciones por teléfono a lo largo de la tarde, que no había sido el mejor día de mi vida, pero de alguna manera, esperaba que yo hubiese logrado salir de la inercia negativa y hubiese modificado el ánimo de todos. Lamentablemente eso no había ocurrido.

Una vez que los niños estaban durmiendo y la casa estaba en silencio, tuve la oportunidad de dedicarme a analizar fríamente los acontecimientos del día. Todavía muy afectada por el estrés, debo admitir que resultaba realmente difícil ser objetiva. Además, lo más fácil era aceptar la opción de que el mundo se había puesto en mi contra y como solución a ello, rezar para que el día siguiente fuera diferente.

Sin embargo, algo en mi interior me decía que probablemente yo había tenido algo que ver en ese "horrible" día. Varios minutos después, tuve que admitir que en realidad, mi responsabilidad en el desarrollo de los eventos de esa jornada era importante.

Ese día, me había levantado cansada, no había dormido bien porque uno de los niños se había despertado en la mitad de la noche. No tuve tiempo de tomar desayuno y salí corriendo de la casa, minutos más tarde de lo que lo hago normalmente. Debido a mi atraso en la salida, tuve que enfrentar más tráfico camino al trabajo. Todo eso hizo que mi llegada a la escuela no fuera la mejor.

Había recibido al primero de seis grupos con los que debía trabajar ese día y ellos venían cargados de energía. Me costó tranquilizarlos, explicarles la actividad y comenzar. Mi disposición no era la mejor y seguramente ellos lo sentían.

Concluí que mi actitud no sólo impacta mi forma de ver el mundo, sino que podía incluso afectar la forma en cómo los demás se relacionan conmigo. Lo más probable es que ni los niños se portaron tan mal ese día, ni mis hijos estuvieron tan aburridos, lo más seguro es que mi actitud de esa mañana hizo que mi visión de las cosas fuera más negativa. Que todo fuera un poco más negro y peor de lo que realmente era. Como dice en un cuento de mis hijos, yo estaba observando el mundo a través de lentes oscuros. No sólo eso, en el transcurso de la mañana, al parecer yo había sido tan solidaria que había empezado a "prestar" mis lentes a las personas a mi alrededor y así había logrado en alguna pequeña medida contagiarles mi actitud.

Luego de esta reflexión, me quedé más tranquila, en cierta forma era más fácil aceptar mi responsabilidad que pensar que el mundo estaba en mi contra. Me propuse que la próxima vez que tuviera una mala noche, hambre o un problema que enfrentar, trataría de hacerlo de una mejor manera. A pesar de que no es fácil controlar nuestra forma de enfrentar las cosas, muchas veces es más conveniente hacer el esfuerzo que asumir las consecuencias de nuestra mala actitud.

Finalmente acepté que tengo una influencia en el mundo, no en TODO el mundo, pero sí en todos aquellos que me rodean, en los que interactúan conmigo cada día. Y entonces me pregunté: Si puedo influir sobre ellos, ¿por qué no hacerlo de una forma positiva?