Hoy en la mañana mientras hacía unos trámites con dos de mis hijos, subí a mi hija de casi dos años a uno de esos típicos juegos mecánicos de los centros comerciales. Era un auto de color rosado con flores que logró conquistar inmediatamente toda la atención de mi hija.

Mientras ella manejaba feliz su convertible rosado, que además tenía música, yo me paré frente a ella y jugué a seguir la melodía de la canción haciendo muecas que la hicieron reír.

Justo en ese momento pasó al lado nuestro, una señora con su hija adolescente, las dos, que primero me vieron a mí haciendo muecas y después a mi hija en el juego, pusieron expresión de ternura y comentaron algo que no logré escuchar. Sin embargo, por la actitud con la que observaron, pensé que habían dicho algo tierno de mi hija y tal vez algo divertido sobre mí, que estaba parada en el medio de un centro comercial, tarareando la melodía del auto rosado que tenía fascinada a mi pequeña.

Terminó el tiempo del juego, bajé a mi hija y seguimos con las cosas que teníamos que hacer. Pero algo quedó rondando en mi mente.

Sin duda, la actitud con la que me miraron esas mujeres me había hecho sentir bien. Me hicieron sentir orgullosa de cómo estaba actuando con mi hija. Mientras caminábamos, observé que mientras nosotros vivimos nuestra rutina, hay muchas personas observándonos. Y que nosotros mismos somos espectadores de la vida de las personas con las que nos cruzamos.

Imaginemos la siguiente escena: salimos a hacer nuestras compras al supermercado con los niños, y al llegar a la caja, uno de ellos quiere que le compremos algo. Por algún motivo consideramos que no debemos comprárselo y entonces nuestro querido hijo, empieza a gritar y llorar de una forma descontrolada. ¿Qué hacemos?

Probablemente para muchas mamás esto no tiene nada de inusual y les ha ocurrido en varias ocasiones. La primera reacción suele ser calmada, “deja de gritar y compórtate”. La segunda quizás un poco más alterada producto del escándalo que está haciendo el niño, “¡Deja ya de gritar o te voy a castigar!”. Sobre la tercera reacción, mejor no entrar en detalles, perdemos el control ya que el niño no nos hace caso y terminamos peleando con él de una forma casi infantil.

Después de estas situaciones, por lo menos a mí, me embarga una sensación de frustración. Por un lado, por no haber sido capaz de manejar la situación de una forma más efectiva y más madura. Y por otro lado, por el espectáculo que di yo como mamá a todos aquellos “espectadores” que se cruzaron conmigo ese día.

Aunque a muchos les cueste aceptarlo, nos importa mucho la opinión que los demás tienen de nosotros. Queremos que los demás, aunque no los conozcamos, nos vean como una "buena mamá" o al menos como "una persona madura y respetable". Probablemente esto no se debe a que nos interesa verdaderamente la opinión de un desconocido, sino que el hecho de sentir aprobación de los demás refuerza nuestra autoestima. Si esto nos sucede con extraños, cuanto más con nuestros conocidos o seres queridos.

Esta preocupación por vernos bien a los ojos de los demás es la causante de que muchas veces nuestro comportamiento en público no sea el mismo que nuestro comportamiento en la privacidad de nuestra casa. Tal vez si el escándalo del supermercado ocurriera en la casa, la primera reacción habría sido más alterada y la segunda totalmente descontrolada. Quizás no trataríamos de controlarnos tanto como lo hacemos en público.

Lo que me quedé pensando después de bajar a mi hija del jueguito con esa agradable sensación de aprobación de dos mujeres que ni siquiera conocía, fue que debiéramos vivir con la conciencia de que alguien nos está observando SIEMPRE. De que en realidad no existe ese lugar privado en el cual no estamos proyectando nuestra imagen. Nuestro carácter se pone a prueba en todos lados y debemos comportarnos a la altura, no para causar una buena impresión en los demás, sino para sentir que actuamos bien, que hicimos lo correcto y así tener la gratificación de sentirnos bien con nosotros mismos.

Tal vez un buen ejercicio sería "jugar" a comportarnos siempre como si estuviéramos en público, como si alguien estuviera evaluando nuestro comportamiento y quisiéramos que se quede con una buena impresión de nosotros.

Realmente, si lo pensamos profundamente, no es sólo un juego.