Alice Gilbert, jueza del Tribunal Superior, tuvo una idea innovadora. Le exigió a cada persona condenada en su sala de justicia -por crímenes que van desde asesinato hasta pasar cheques sin fondos- a escribir un ensayo de 2,000 palabras respondiendo cuatro preguntas:

1. ¿Cómo me afectó mi crimen?

2. ¿Cómo afectó mi crimen a mi familia?

3. ¿Cómo afectó mi crimen a la comunidad?

4. ¿Qué se puede hacer para prevenir este tipo de crímenes en el futuro?

En una reciente visita a Míchigan, me alojé con la jueza Gilbert (que es mi prima). Estaba intrigada por su brillante idea de exigir a los convictos a enfrentarse a las consecuencias de sus acciones, lo que seguramente redujo la reincidencia en su distrito. La jueza Gilbert, después de 28 años en el estrado, ahora está retirada, pero sigue teniendo dos cajas de llenas de ensayos obligatorios (con los nombres borrados) en su sótano. Como siempre me han interesado los procesos de cambio en el comportamiento humano, le pedí que me leyera algunos de los ensayos.

Elegí los crímenes más severos: un conductor ebrio que mató a una niña adolescente; una estudiante secundaria que dio a luz un bebé, lo encerró en su armario y se fue a la escuela; un muchacho que robó una gasolinera y asesinó a un cliente desventurado. Con gran expectativa, me senté a leer estas dramáticas confrontaciones de seres humanos con sus partes obscuras, estas epifanías del daño que habían causado a sí mismos y a sus seres queridos, y en el aluvión de arrepentimiento seguramente desatado por una búsqueda espiritual tan honesta.

¡Para nada! Lo que leí en cambio fue un ensayo tras otro explicando por qué el escritor no era el culpable del crimen. Ignorando completamente las cuatro preguntas, cada convicto escribió extensamente -algunos excediendo por mucho las 2,000 palabras- de cómo los eventos habían conspirado para producir el terrible resultado y que con absoluta certeza, no era la culpa del escritor.

¿Por qué le es tan difícil a la gente admitir que se equivocaron?

El conductor ebrio, a quien llamaré Francisco, comenzó quejándose de que a pesar de que era muy triste que “esta muchacha, que debería estar viva, no lo esté” (ni siquiera pudo admitir la palabra “muerte”), eso no era razón para que sus amigos y parientes lo estén acosando con llamadas telefónicas y notas, tanto en la casa como en el trabajo. Francisco continuó describiendo lo que había pasado en realidad esa oscura noche en la que estaba manejando su camioneta. Había sido culpa del clima; la lluvia hizo que la visibilidad fuera baja (nula en realidad). Había sido culpa de la muchacha misma y del hombre que estaba con ella; de hecho ellos habían atropellado a un perro (¡demostrando que no había visibilidad!) y ella estaba sentada en el medio de la calle tratando de ayudar al perro, mientras el hombre que estaba con ella estaba haciendo un pésimo trabajo desviando el tráfico en torno a ella. Y finalmente había sido culpa de la policía que no examinó el aliento de Francisco, ya que sin duda, las dos copas de vino que había bebido no podrían haber embriagado a un hombre de su peso.

(¿Y por qué, por el amor del cielo, el policía no examinó el aliento de Francisco? Porque tanto Francisco como Doris, su acompañante, afirmaron que ella estaba manejando la camioneta. Por lo tanto el policía examinó solamente el aliento de Doris. Investigaciones posteriores revelaron que Francisco era el conductor en realidad).

Con respecto a la chica de secundaria y el bebé muerto, ella no se dio cuenta de que estaba embarazada hasta que el bebé comenzó a salir, y ella hizo todo lo que pudo para salvar la vida del bebé, y…

¿Por qué es tan difícil para la gente admitir que se equivocaron? El primer paso en el proceso de teshuvá, de cambiar el comportamiento propio, es admitir: “¡Yo lo hice!”. Un judío confiesa sus transgresiones, no a un cura ni a ningún otro ser humano, sino a Dios. Tratar de cambiar sin admitir los errores es como tratar de esquiar sin nieve.

La Mentira de Shrek

Hay tres obstáculos principales que alejan a los seres humanos del simple acto de admitir los errores. El primero es un sentimiento de “soy tan corrupto como mis pecados”. El ego humano es una mesa demasiado inestable como para cargarla con cien kilos de errores. Si admito que hice trampa en mis exámenes, entonces soy un tramposo deshonesto y despreciable. Si admito que mis ataques de ira traumatizan a mis hijos/empleados/amigos, entonces soy una persona fuera de control, un ogro salvaje. Mis acciones equivocadas no son simplemente las ropas con las que visto a mi ser esencial; sino que se convierten en la imagen de quien yo soy en realidad.

Esta idea falsa deriva de la “mentira de Shrek”. Como declaró genialmente Shrek: “Los ogros son como cebollas. Tienen capas”, queriendo decir que son seres complicados con muchas capas de componentes de personalidad. Dado que los seres humanos también tenemos capas, el silogismo erróneo es que los seres humanos son como cebollas. Ésta es una analogía letal, porque si desarmas una cebolla capa por capa, al final te quedarás sin nada.

Este miedo, de que no somos nada más que la suma total de nuestros rasgos de personalidad y nuestras acciones, sin nada dentro, lleva a la angustia existencial que alimenta la justificación y la racionalización a expensas de admitir verdaderamente nuestras fallas. La justificación y la racionalización son tablas astilladas para reforzar la mesa inestable.

El alma es como la luz de una vela. No puede ser ni manchada, ni ensuciada, ni teñida de ninguna forma.

El judaísmo se opone a la mentira de Shrek con la afirmación de que un ser humano es esencialmente un alma divina. Si quitas las capas de la personalidad y las acciones, encontrarás dentro una brillante, pura e inmutable alma Divina.

El alma es como la luz de una vela. No puede ser ni manchada, ni ensuciada ni teñida de ninguna forma. Las transgresiones son como cortinas, pueden cubrir la flama hasta que la luz sea completamente invisible, pero la flama está intacta.

Cuanto más una persona, a través de prácticas espirituales impuestas por la Torá, se identifica con este centro interno de espiritualidad, con esta perfecta e inmutable alma Divina, más coraje tendrá esta persona para admitir una equivocación. La persona se da cuenta de que el pecado se adhiere a la esencia de la persona tan sólo como la suciedad se adhiere al fuego (no se adhiere en absoluto). Así, la teshuvá se basa en establecer una percepción de uno mismo como un alma, en conectarnos con nuestro propio centro interno. Desde esta fortaleza, la confesión de la equivocación procede no como un ejercicio paralizante de inducción de culpa, sino como el primer paso para quitar las cortinas que cubren el alma.

La Mentira de “No Puedo Cambiar”

Mi hija y yo estamos planeando un viaje a Hawai, ayer pasé más de tres horas en internet, comparando precios de vuelos, buscando paquetes vacacionales, leyendo descripciones sobre varios hoteles, explorando las posibilidades de conseguir comida casher, e investigando sobre tours a Maui. Nunca hubiese invertido tanto tiempo y energía si no hubiese creído que mi hija y yo iríamos eventualmente a Hawai. Si hubiese estado coqueteando con la idea de viajar a un destino imposible -imposible porque el lugar, como Shangri-la, es una fantasía que no existe, o porque el lugar, como Corea del Norte, está prohibido para los ciudadanos norteamericanos- no hubiese invertido mi tiempo para planear el viaje.

Admitir tus equivocaciones para zambullirte en la travesía llamada teshuvá requiere creer que realmente puedes llegar al destino: "El cambio real". Esta convicción es socavada por la mentira de que tus acciones están determinadas por herencia y por el entorno y por lo tanto no puedes cambiar. Si la teshuvá es tu Shangri-la o Corea del Norte, nunca te embarcarás en el viaje.

El judaísmo insiste en que los seres humanos tenemos libre albedrío en el ámbito moral. Sí, todo está determinado por Dios, excepto tus elecciones entre el bien y el mal. Puedes elegir no hacer trampa en tus exámenes, no gritarle a tus hijos, no chismear, no tener rencor, etc. La libre elección es, en realidad, lo que distingue a los seres humanos del reino animal.

La gente puede cambiar. ¿No conocemos todos a alguien que fumó por décadas y luego, después de un infarto, nunca volvió a encender un cigarrillo?

La mentira de “Yo no puedo cambiar” es alimentada por tus fracasos del pasado cuando querías alcanzar tu destino deseado. Mark Twain bromeó: “¿Dejar de fumar? ¡Es fácil! Lo he hecho docenas de veces”. Si alguna vez has tratado de dejar de fumar (o gritar o engañar o chismear) muchas veces, y cada vez has sucumbido ante el hábito, entonces eres una presa fácil para la mentira de “Yo no puedo cambiar”.

¿Pero no conocemos todos a alguien que fumó por décadas y luego, después de un infarto, dejó de fumar repentinamente y nunca volvió a encender un cigarrillo? Yo conozco personalmente gente que, mediante el método judío del Musar, cambió de ser almas en pena que les gritaban a sus hijos varias veces por día a padres que casi nunca les gritan a sus hijos.

La guía de viaje para el destino llamado “teshuvá” promete ser una travesía larga y difícil, pero puedes llegar allí. Y cuando lo haces, te das cuenta de que el viaje valió la pena.

La Mentira de “Dios es Demasiado Pequeño”

El tercer obstáculo para admitir honestamente nuestras transgresiones es nuestra desesperanza porque el lío que hicimos nunca podrá ser arreglado. El proceso de teshuvá, que cambia la vida, cambia quienes somos tan fundamentalmente que Dios borra nuestro pasado. El resultado de nuestra teshuvá es que Dios hace el milagro de eliminar nuestros pecados. Es como si nunca hubieran ocurrido. Si damos los pasos necesarios de confesión, arrepentimiento y elaboración de un plan concreto para cambiar (y cuando alguna otra persona estuvo involucrada le pedimos perdón y lo resarcimos), entonces Dios limpia el lío.

Desafortunadamente, muchos de nosotros creemos que Dios puede limpiar sólo un poco de salsa de tomate derramada en el piso de la cocina, pero no seis toneladas de petróleo derramadas en el océano. Tenemos que recordarnos a nosotros mismos que Dios es Dios, lo que por definición significa que Dios puede hacer lo que sea.

Hace muchos años una mujer a quien llamaré Beti vino a Jerusalem cargando un gran secreto oscuro. Beti se inscribió en uno de los programas que enseñan judaísmo a adultos que no tuvieron educación judía. Cuando llegó el mes de Elul (el mes que precede a Rosh Hashaná) y Beti comenzó a aprender sobre teshuvá, ella se echó para atrás. Había cometido un pecado tan grave que estaba segura que era imposible hacer teshuvá. Cuando Beti tenía 19 años había tenido una aventura con uno de sus profesores universitarios.

Tú crees que Dios es demasiado pequeño para perdonar grandes pecados.

Este profesor estaba casado, con hijos. Para la joven Beti, la aventura fue algo informal, pero resultó ser que el profesor se tomaba la relación en serio. Divorció a su esposa, quien a continuación sufrió un colapso nervioso. Sin embargo, Beti no tenía ninguna intención de casarse a esa edad. Se deshizo del profesor, pero él no volvió con su familia. A medida que transcurrían los años, Beti era atormentada por lo que había hecho. Cuando eventualmente aprendió sobre teshuvá, estaba segura de que no había forma de limpiar su alma de la mancha de haber destruido una familia entera.

Uno de los maestros de Beti era un rabino prominente. Él le dijo: “Tu problema es que crees que Dios es demasiado pequeño para perdonar grandes pecados”. Le explicó que su pecado era realmente grande, pero que tenía que darse cuenta de que Dios era más grande aún. Beti aseveró que no había manera de reparar el daño que había hecho. El rabino le aconsejó que aprendiera las leyes de lashón hará (cuidar el habla). Cuando otras mujeres vieran que Beti nunca chismeaba ni divulgaba secretos, entonces, acudirían a ella para confiarle sus secretos. Eventualmente, una mujer que estuviera forcejeando con la misma tentación confiaría en ella, y Beti podría alejarla de cometer ese pecado. Ésta podría ser su expiación.

Con un Dios infinito, la teshuvá siempre es posible. Una vez que nos damos cuenta de que nuestros pecados no nos definen, de que realmente podemos cambiar, y de que Dios puede absolvernos hasta de nuestras peores acciones, podremos ser lo suficientemente valientes para admitir que nos equivocamos. Ese es el comienzo de la teshuvá.