En mi sótano hay una pila de cosa viejas que no pueden ser tiradas a la basura, pero que tampoco pueden permanecer ahí. Viejas latas de pintura, latas de Raid oxidadas, un monitor de computadora de 1998. Por muchos años, mi esposo y yo hemos estado planeando juntar todo y llevarlo a la feria de residuos tóxicos de la región.

Dado que la feria se lleva a cabo dos veces al año en algún lugar remoto de nuestra área, y que nosotros sólo podemos ir el domingo, estuvimos esperando bastante tiempo. Cuando el día finalmente llegó, cargamos la parte de atrás de la van con todas las cosas que habíamos estado acumulando por años.

Muchos vecinos quisieron sumarse a la acción y vinieron corriendo con contenedores plásticos repletos, líquido combustible, y baterías de auto viejas. Súper cargados, viajamos hasta el estacionamiento detrás de la granja de la cooperativa de la región en donde fuimos recibidos por hombres vestidos con holgados pantalones amarillos, grandes guantes de plástico y sí, también máscaras.

Con un tono de “hombre sinceramente preocupado por la naturaleza”, después de haber ayudado a sacar toda nuestra colorinche basura del auto, mi esposo preguntó: “¿Y qué hacen ustedes con todas estas cosas?”.

“Las tiramos al río”, dijo el que tenía los guantes puestos.

“¡¿Qué?!”, gritamos mi esposo y yo al unísono.

“Es broma”, dijo mientras se encogía de hombros. “La verdad es que no tengo idea”.

A medida que volvíamos a casa, alivianados, sintiéndonos bien por haber cumplido con nuestra responsabilidad medioambiental, comencé a pensar: ¿Pero acaso no es eso lo que hacemos los judíos cada año? Cuando se aproximan las altas fiestas, hacemos un recuento. Se supone que debemos analizar las cosas que hay en nuestro interior, hacer una selección y, de alguna manera, tirar las cosas malas al río.

Y ser más livianos.

A pesar de que hay algo purificador en dirigirnos hasta lo más profundo de nuestro ser, no podemos simplemente desechar los malos rasgos de personalidad y los malos sentimientos de la misma manera que lo hacemos con tachos de pintura. El subconsciente se aferra fuertemente a ellos, aún si ya no nos sirven.

Además, es septiembre, por lo que no tengo ganas de hacer nada, mucho menos de trabajar en mi carácter. Y no es lo mismo sacar la basura de mi sótano que encontrarme conmigo misma para echar una honesta mirada a lo que es tóxico y lo que no es parte de mi esencia.

La reflexión, el perdón y el amor están en el aire – tres cosas que necesitas para explorar tu psique.

Pero también es Elul, el mes judío de preparación para las Altas Fiestas. El Talmud escribe que la palabra hebrea Elul es un acrónimo del versículo: “Aní leDodí veDodí li”, “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí”. Es el momento del año en que la reflexión, el perdón y el amor están en el aire - tres cosas que necesitas para explorar tu psique.

Durante Elul, Dios se acerca. No es que no nos quiere escuchar durante el resto del año, sino que si vas a reunir todas las cosas de tu interior que lastiman –errores cometidos, resentimientos purulentos, dolor implacable, actitudes que no te convienen- para quitártelas de encima, el mejor momento para hacerlo es cuando Dios está esperando justo ahí para llevárselo.

Me gustaría que el camino hacia el bienestar espiritual fuese tan suave como lo es el camino hacia la feria de residuos tóxicos. Pero aunque no lo es, tampoco es tan difícil como parece. Puede que tan sólo necesitemos unas pocas herramientas, como un poco de tiempo a solas, un lápiz y un papel, un poco de fe y quizás algunos pañuelos desechables. En términos prácticos, Elul significa poner en un papel los miedos, los errores, las características personales y los viejos enojos que todavía perduran. Y hacer una lista con todas las personas a las que hemos herido o que nos han herido a nosotros. Significa pensar sobre pedir perdón, perdonar a otros y perdonarnos a nosotros mismos. Y pedirle ayuda a Dios cuando parece demasiado.

Es interesante que, por alguna razón que ninguno de los dos pudo identificar, dejamos algunas latas viejas de pintura en el sótano. Quizás para recordarnos que podemos vivir con imperfecciones, en nosotros mismos y en los demás. Que el progreso y el esfuerzo cuentan. Y que algunas cosas toman más tiempo en desaparecer o en ser recicladas en algo útil.

Mi esposo y yo disfrutamos el viaje a la feria de residuos tóxicos. Buen paisaje, un tiempo de calidad juntos, y el sentimiento de haber hecho lo correcto. No sabemos bien qué es lo que pasa con todas las cosas, pero se siente bien limpiar a fondo, dejarlo ir y hacer lugar para cosas nuevas.