Mi amiga Tzipi poseía un antiguo anillo de diamantes que había pertenecido a su abuela. El anillo era su única reliquia familiar. Cuando se lavaba las manos, algunas veces ponía el anillo al lado del platillo para el jabón en el baño.

Un día David, el marido de Tzipi, tiró la cadena del inodoro y tomó el jabón. Mientras hizo eso, vio un pequeño y brillante objeto volar en un arco directamente adentro del inodoro. Buscó rápidamente a Tzipi en la cocina y le preguntó si es que ella había dejado su anillo al lado del platillo del jabón. Tzipi miró su dedo y contestó, “Supongo que sí. ¿Por qué?”

“Porque lo acabo de tirar por el inodoro”, fue la alarmante respuesta de David.

Tzipi sintió ganas de gritar, “¿QUÉ TÚ QUÉ? ¡ESE ERA EL ANILLO DE MI ABUELA! ¡ES IRREMPLAZABLE! ¡¿CÓMO PUEDES SER TAN DESCUIDADO?!”

En vez de eso, ella se controló. Si ya había perdido su reliquia familiar, ella pensó, ¿Por qué perder también su shalom bait (armonía familiar)? En tonos suaves y medidos ella dijo, “Está bien, ¿entonces qué podemos hacer ahora?”.

David, que se sentía terriblemente culpable, estaba preparado para defenderse del ataque de su esposa con un auto-justificado contraataque: “¿CÓMO PUEDES SER TAN DESCUIDADA DE DEJAR TU VALIOSO ANILLO EN UN LUGAR COMO ESE?”. Dado que Tzipi no atacó, sin embargo, el respondió humildemente, “Realmente lo siento. Me imagino que podemos llamar al plomero y pedirle que revise las cañerías, pero esa es realmente una apuesta arriesgada”.

Tzipi sugirió que antes de llamar al plomero, buscaran en el baño. Quizás el anillo había caído al lado del inodoro y no adentro.

“Lo vi volar dentro del inodoro”, insistió David, pero fue con ella para satisfacer sus dudas.

Ellos miraron en el suelo alrededor del inodoro y no encontraron nada. Luego buscaron en el inodoro mismo y no podían creer lo que vieron. El anillo estaba ahí sobre un angosto pliegue de porcelana a 6 centímetros del fondo del inodoro.

“Si le hubiera gritado a mi marido o él me hubiera gritado a mí”, me dijo Tzipi en la conclusión de su historia, “Yo sé que el anillo no hubiera estado ahí”.

Pruebas Divinas

El concepto de Dios probando a los seres humanos es tan antiguo como el judaísmo mismo. De acuerdo al Midrash, Dios puso a prueba al Patriarca Abraham diez veces, cada prueba más difícil que la anterior. La prueba final fue la orden de Dios de sacrificar a su querido hijo Isaac. La Torá explícitamente afirma, “Dios puso a prueba a Abraham” (Génesis, 22:1).

Una prueba sirve para elevar y revelar el potencial innato de la persona puesta a prueba.

¿Cuál es el propósito de una prueba ordenada Divinamente? Un estudiante es evaluado en la escuela para que el profesor pueda averiguar cuanto sabe el estudiante. Dios, en contraste, ya está al tanto de la capacidad de una persona antes de la prueba. El propósito de una prueba Divina, por lo tanto, no puede ser revelar ninguna información nueva a Dios.

El Midrash señala que la palabra en Hebreo “probado”, nisá, deriva de la palabra nasé, que significa bandera. Como una bandera vuela alto e identifica a un ejército o a un barco, así una prueba es para elevar y revelar el potencial innato de la persona puesta a prueba.

Una prueba es siempre una decisión en el límite superior de la capacidad de una persona. Pasar la prueba realmente cambia a la persona. El potencial se actualiza. Un capullo de rosa contiene todos los pétalos de la rosa abierta, pero una rosa completamente florecida es mucho más hermosa que un capullo. Abraham parado con un cuchillo en su mano en el Monte Moriá era un Abraham más grandioso que el que era al pie de la montaña.

Reconociendo Pruebas

Las pruebas vienen disfrazadas de muchas maneras: la ineptitud de alguien más, un embotellamiento, un invitado inesperado (o indeseado), un desperfecto de computadora, una llamada telefónica justo cuando te estás quedando dormido, una perdida financiera, un niño haciendo un berrinche, un insulto gratuito, sugerencias de tu madre (o mejor aún, de tu suegra) sobre como criar a tus hijos, etc.

Dios no envía pruebas que no podemos pasar.

Dios no envía pruebas que no podemos pasar. Cuando fallamos nuestras pruebas, es usualmente porque no reconocimos que la situación era una prueba en primera instancia.

Si tan sólo pudiéramos ver una luz de neón al frente de nuestros ojos, “¡ESTO ES UNA PRUEBA!”, todos nosotros podríamos reunir suficiente paciencia, clemencia, amabilidad, auto-disciplina, calma, o cualquier otra cualidad que se requiera para pasar la prueba. A menudo, solamente después de haber actuado, reconocemos la prueba bajo su disfraz y nos lamentamos con frustración y arrepentimiento ante la desaprovechada oportunidad de superar nuestras limitaciones.

La clave para reconocer una prueba es recordar que todo, todo, TODO, proviene de Dios. Dios es la suprema fuente de toda ocurrencia, cada perdida financiera, cada embotellamiento, cada berrinche. Aunque los humanos tienen libre albedrío para elegir entre el bien y el mal, lo que le ocurre a cualquier individuo está determinado por Dios. Un ladrón puede elegir asaltar a un transeúnte en la esquina de una calle a las 2 AM, justo cuando tú estás en camino hacia allá, pero si no es la voluntad de Dios que seas asaltado, serás retrasado a una cuadra de distancia, un policía aparecerá justo en ese momento, o el ladrón se encontrará con un antiguo amigo que le debe dinero. Que tu hijo de dos años haga berrinche en medio de una exclusiva tienda llena de solteros bien vestidos moviendo sus cabezas en señal de desaprobación es una prueba Divina calendarizada deliberadamente para ti.

¿Entonces cómo podemos reconocer una prueba antes de echarlo a perder? Mucha de la práctica judía está orientada a reconocer a Dios como la fuente superior las 24 horas del día. Cultivar esta conciencia acerca de Dios nos pone en la postura mental óptima para enfrentar una prueba cuando viene, justo como los jugadores de tenis durante una buena temporada asumen la postura perfecta, preparados para pegarle a la pelota antes de que venga volando sobre la malla.

Decir bendiciones que reconocen a Dios como la fuente antes de comer alimentos o tomar, ver el océano, o escuchar un trueno es una práctica segura para mantener la conciencia de Dios cuando la prueba venga volando hacia nosotros. Recitar el Shemá dos veces al día, la afirmación de que Dios maneja el mundo en cada momento, es mejor preparación para las pruebas que un papelito con notas.

Mi método favorito para recordar la realidad cuando estoy a punto de perder el control es recitar la primera línea de un rezo laminado que tengo siempre a mano: “Creo fuertemente que este problema y esta aflicción por la que estoy pasando fue ordenada por la Divina Providencia, y la acepto para mí con amor”. Recordar que el accidente de computadora, la llamada tarde por la noche, o el insulto gratuito provienen de Dios, que me ama, no hace que la prueba amarga repentinamente sea dulce, pero me puede dar el estado mental adecuado para tragar la amarga medicina en vez de escupirla.

Las Recompensas

En la historia anterior, Tzipi percibió que el anillo aún estaba allí, en aparente desafío a las leyes de la física, como una recompensa Divina por haber pasado la prueba. Pero de seguro Dios no recompensa a los humanos de la misma forma en que un padre recompensa a un hijo que trae a casa una buena calificación.

Debido a que Tzipi fue más allá de su naturaleza y no gritó, la respuesta de Dios también fue “más allá de la naturaleza”.

Las recompensas por las pruebas son similares a los rezos cumplidos. Cuando Dios nos concede nuestros rezos, no es porque hemos tenido éxito en convencer al Todopoderoso de que nos de lo que nosotros queremos. Mejor dicho, el rezo sincero nos transforma y nos convierte en recipientes más grandes, capaces de contener las bendiciones que Dios siempre está dispuesto a conferirnos. Similarmente, las pruebas pasadas nos convierten en recipientes más grandes, capaces de contener incluso niveles “sobrenaturales” de beneficencia Divina. Debido a que Tzipi fue mas allá de su naturaleza y no gritó, la respuesta de Dios también fue “más allá de la naturaleza”.

Hace un par de años, mi familia estaba de vacaciones en las Alturas del Golán, cerca del Mar de Galilea. Un día encontramos una playa aislada, detuvimos nuestro auto, y nos fuimos a nadar. En el agua, mi marido comentó que el estaba nervioso de que podía perder la llave del auto, la cual había puesto en el bolsillo de su traje de baño.

“¿Estás bromeando?”, lo reprendí. “Tu bolsillo no es un buen lugar para las llaves del auto. Dámelas a mí”. Yo tenía bolsillos con cierre y guardé prudentemente las llaves.

Al día siguiente, hicimos una excursión por uno de los ríos que alimenta al Mar de Galilea. Esta excursión, popular en el calor del verano israelí, implica caminar por lugares con agua hasta la cintura, a través de exuberante y sobresaliente vegetación. A intervalos, el río forma deliciosas piscinas, donde el excursionista puede bañarse y refrescarse.

Yo estaba caminando adelante con uno de nuestros hijos. Repentinamente mi marido, pálido y angustiado, nos alcanzó y anunció, “perdí las llaves del auto. Debe haber ocurrido cuando me sumergí en el río hace un rato atrás”.

“¿Dónde las tenías?”, pregunté, horrorizada.

“En el bolsillo de mi traje de baño”, respondió él con simpleza, como si yo no le hubiera advertido tan sólo el día anterior, acerca de poner las llaves en su bolsillo.

“Bueno, regresemos y busquémoslas”, sugerí yo con creciente desesperación.

“No, nunca las encontraremos en el barro, y ni siquiera recuerdo exactamente donde me sumergí”.

Me quedé ahí parada mirándolo, mi mente rápidamente calculando las ramificaciones de su descuido. Mi juego de llaves del auto estaba en mi bolso, encerrado dentro del auto. Para abrir el auto, tendríamos que llamar a un cerrajero de Tiberias, pero el teléfono celular también estaba encerrado en el auto. E incluso si un compañero excursionista nos prestaba un teléfono, ¿Cómo encontraríamos a un cerrajero? ¿Cuánto nos cobraría por venir hasta donde estábamos en la jungla? ¿Cuántas horas tendríamos que esperar?

Sentí ganas de gritar, “¿CÓMO PUDISTE?” Y luego recordé a Tzipi y su anillo. Yo sabia, en un relámpago de claridad, que me estaban poniendo a prueba. Y esperaba que si pasaba la prueba, quizás Dios nos sacaría de este desastre. Así que le di a mi marido una sonrisa tranquilizadora y le dije, “Disfrutemos el resto de la excursión. Cuando regresemos al auto, quizás alguno de los otros excursionistas sabrá como abrir el auto”.

Una hora más tarde, emergimos del río hacia la orilla. Dos senderos guiaban hacia el estacionamiento. El sendero que elegimos nos llevó a través de un bosquecito de eucaliptos donde un grupo había estado haciendo una parrillada. Vi a personas despidiéndose y alejándose en sus autos. Un vehiculo, un Renault, captó mi atención. Las puertas traseras estaban abiertas revelando una especie de equipo técnico, pero no podía saber de que tipo. Quizás, pensé, él tiene una herramienta que podemos utilizar para forzar la puerta del auto.

Mientras me acercaba, vi que el capó del auto estaba levantado y un hombre estaba trabajando en el motor. Su esposa estaba parada al lado del vehículo. En mi mejor hebreo, intenté explicarle a ella lo que había ocurrido, y le pregunté si su marido no tenía alguna herramienta que pudiera ayudarnos.

Ella respondió que su auto no prendía, así que su marido había estado intentando arreglarlo durante la última media hora. Cuando terminara, ella le pediría que nos ayudara.

No pasaron más de tres minutos cuando escuché el sonido del motor encenderse y rugir. La esposa le comunicó a su marido nuestra petición. Él vino a donde yo estaba parada en la parte trasera del vehiculo. Repetí mi petición, si tenía algún tipo de herramienta para forzar la puerta del auto. Él me miró como si yo estuviera loca, exclamó algo en hebreo, y cerró de un golpe una de las puertas traseras, revelando un cartel que decía: “URI CERRAJERO”.

Dos minutos después, él estaba en nuestro auto. Miramos con fascinación como utilizó hábilmente sus modernas herramientas para abrir la puerta del auto. Mientras se alejaba, dijo a lo lejos: “Ustedes si que tienen suerte. Si mi auto no se hubiera averiado, me hubiera ido de aquí hace media hora”.

Recompensas Divinas, seguro.