Una historia que llegó a mi email del sitio de internet “Partners in Kindness” ("Socios en bondad"), establecido hace años por Shmuel Greenbaum en memoria de su esposa asesinada en el ataque terrorista a la pizzería Sbarro, captó mi atención. En el relato, el escritor contaba que él siempre permitía que los conductores ansiosos lo pasaran, saludándolos con la mano o sonriendo. ¡Cómo quisiera haber escuchado esta historia antes de mudarnos a Israel, cuando todavía tenía auto! Me hubiese encantado realizar este pequeño gesto de bondad, en especial dada la violencia vehicular que prevalece en mi hogar anterior, Los Ángeles.

Pero la idea me quedó dando vueltas en la cabeza. Cuando estamos al volante, nosotros usualmente pensamos, nadie me va a adelantar, nadie se va a aprovechar de mí. Si yo esperé, que los demás también lo hagan. Pero podemos darles a nuestros pensamientos una perspectiva diferente: Tengo uno o dos minutos más. Dejaré que este conductor apurado y frenético me sobrepase. Para mí no significa nada, pero para él será un inmenso alivio. Cuesta tan poco crear tanto placer. Entonces, ¿cómo podría aplicarlo yo en mi vida diaria aún cuando no poseo un auto?

Un día, en el almacén del barrio, me di cuenta. Me estaba preparando para pagar, y vi detrás de mí a una clienta ansiosa midiendo las colas de las cajas. Sólo tenía una o dos cosas, y yo hice mi movida: “¿Te gustaría ponerte delante de mí? No tienes muchos artículos, y mi carrito está lleno”.

Su alivio fue evidente. “¿Estás segura que no te importa?”, preguntó mientras avanzaba.

“¡Para nada!”. ¡Me di cuenta de que este podía ser mi gesto de bondad!

Comencé a esperar ansiosamente el momento de ponerme en la fila en el supermercado de mi barrio o en otros negocios, preguntándome si tendría la oportunidad de mejorar la experiencia de compra de alguien ahorrándole algunos minutos al momento de pagar. Buscaba atentamente a los clientes con uno o dos artículos, la desesperada expresión en sus caras. Irónicamente, en ocasiones los clientes se me adelantaban sin permiso, y en esos casos mi sonrisa comenzaba a desaparecer. Entonces, tenía que contenerme para no recordarles que yo estaba esperando para pagar, y que había una cola. En cambio, yo me reprendía a mí misma. ¡Haz de cuenta que pidieron permiso! Haz de cuenta que miraban ansiosamente y que tú les ofreciste pasar. Qué importa si no pasó… no estás aquí para enseñarles modales; ¡sólo trabaja en ti misma!

Cuando ya estaba encaminada en el “sendero de la bondad” de los supermercados, encontraba cada vez más oportunidades para ayudar. Me dedicaba a saludar a los cajeros con una sonrisa, y a preguntarles cómo estaban. Me mantenía atenta a los compradores que parecían necesitar ayuda -a menudo las personas mayores o los niños pequeños- y les alcanzaba los artículos que son difíciles de alcanzar.

Un día estaba esperando en la cola con un carro de compras lleno y vi un cliente con un par de ítems. Le ofrecí pagar antes de mí. Aceptó mi oferta con gusto, al igual que la persona siguiente. Cuando dejé que se adelantara el tercer cliente, mi pequeña hija me preguntó, “¿Cuándo vamos a pagar?”.

“Cariño, ellos sólo tienen uno o dos artículos. Sólo tomará un par de minutos y nos tocará a nosotros. Me sentiría mal viéndolos detrás de mí, nosotros tenemos un pedido tan grande… Me sentiría mal haciéndolos esperar”.

En ese momento, el cajero llamó mi atención: “Guiveret (Señora), venga a la caja siguiente, estoy abriendo ahora”.

Mi hija y yo nos sonreímos. Nunca sabré si el empleado estaba prestando atención, pero una cosa es segura: Dios lo estaba haciendo, y mi hija también.

Tenemos tantas oportunidades para hacer una diferencia en la vida de otras personas, tantas oportunidades de realizar pequeños actos de bondad y cosechar recompensas desproporcionadamente grandes. Aquí hay otras sugerencias. Por favor escribe las tuyas en la sección de comentarios más abajo.

  1. Sonríele a la cajera de la tienda y dile gracias (todos los demás han estado gritándole todo el día).
  1. Cuelga tus prendas de vuelta después del probador (la cansada vendedora estará muy agradecida).
  1. Detente en la puerta de la cocina del restaurante para decirle al chef lo deliciosa que estaba la comida (si el dueño está por ahí, asegúrate de decírselo a él también).
  1. Envía un email halagador al jefe de alguien que ha sido particularmente atento contigo.
  1. Prepárale una cena a una persona enferma.
  1. Haz las compras para una amiga que está ocupada.
  1. Cuida el bebé de una madre cansada (ok, ¡tal vez esto no califique como un acto pequeño!).
  1. Envíale flores a alguien que se siente deprimido.
  1. Tómate un tiempo para hacer “brainstorming” con una amiga que necesita pensar en nuevas ideas.