Si miras alrededor, no puedes evitar notar que para muchos la "búsqueda de la felicidad" se volvió algo agotador y, de hecho, muchos se dieron por vencidos. En los últimos 20 años hubo en el mundo un increíble incremento en el uso de antidepresivos.

En el 2006, el psicólogo de Harvard Daniel Gilbert escribió un libro llamado Tropezar con la felicidad. Allí argumenta que las cosas y las experiencias que típicamente predecimos e imaginamos que nos traerán felicidad, raramente lo logran. Él afirma que por el contrario, la felicidad es esquiva y debemos aprender de la forma en que otros tropezaron con ella. La primera parte de su tesis es innegable. Un estudio tras otro ha concluido que el dinero, la fama y el poder no sólo no contribuyen a la felicidad, sino que a menudo son obstáculos y detractores de la posibilidad de llegar a experimentarla.

Como nos encontramos en el mes de adar que se caracteriza por la felicidad y en el que se nos alienta a leharbot besimjá, 'incrementar y expandir nuestra alegría', vale la pena preguntarnos: ¿cuáles son las verdaderas claves de la felicidad?

Aquí hay tres sugerencias basadas en las fuentes de la Torá para encontrar la felicidad:

1. La felicidad no es una emoción, es una decisión. Deja de esperar pasivamente a sentirla y comienza a elegirla de forma activa.

La Torá dice: “Y vendrán sobre ti estas bendiciones y te alcanzarán” (Deuteronomio 28:2). ¿Qué significa que las bendiciones nos alcanzarán? Rav Shlomo Iosef Zevin explica que Dios nos da a cada uno bendiciones. Esas bendiciones pueden manifestarse en toda clase de formas: posesiones materiales, relaciones significativas, habilidades especiales, maravillosas oportunidades, familia y la lista sigue. La primera bendición es el don mismo. Pero todavía es una bendición mayor reconocer y valorar la bendición, que la bendición nos alcance.

La felicidad ocurre cuando tomamos la decisión de focalizarnos en las bendiciones de nuestra vida, sin importar cuántos desafíos tengamos que enfrentar de forma simultánea. Si nuestra felicidad resulta de las bendiciones que ya tenemos, siempre podemos encontrar la felicidad porque siempre tendremos por lo menos algo. Pero si nuestra felicidad está determinada por lo que no tenemos, “si tan sólo tuviera más dinero, una casa más linda, un trabajo mejor, un esposo más afectuoso, hijos más leales, etc.”, entonces nunca seremos felices porque siempre podemos tener más. Por definición, siempre habrá algo que no tengamos.

Se ha sugerido  que la etimología de la palabra simjá (alegría) viene de la expresión hebrea sam moaj,  focaliza tus pensamientos. Toma la decisión de ser feliz y el sentimiento lo seguirá.

2. La felicidad viene de dar, no de recibir. Viene de ser un dador y no un receptor.

Los científicos sociales estudian qué hace felices a las personas y su respuesta es contraria a la intuición. Paradójicamente, el mayor obstáculo para lograr la felicidad es su misma búsqueda. Cuando la felicidad se define por nuestras necesidades y por nuestros deseos, seguirá siendo algo esquivo e inalcanzable porque nunca tendremos todo. En cambio, los estudios muestran que la gente reporta mejor salud y mayor alegría cuando se ofrecen como voluntarios para una causa valiosa o cuando dedican tiempo a ayudar a otros. Todavía más, los estudios demostraron la eficacia de ser voluntario para ayudar a combatir la depresión.

Una vez alguien le escribió al Rebe de Lubavitch ztz”l en un profundo estado de depresión y desesperanza. En esencia la carta decía: “Me gustaría recibir la ayuda del Rebe. Me levanto cada día triste y temeroso. No me puedo concentrar. Me cuesta rezar. Cumplo los mandamientos, pero no encuentro ninguna satisfacción espiritual. Voy a la sinagoga, pero me siento solo. Comienzo a preguntarme qué es la vida. Necesito ayuda”.

El Rebe le mandó una respuesta brillante sin escribir ni una palabra. Simplemente encerró en un círculo la primera palabra de cada frase de la carta y se la envió de regreso. El autor de la carta entendió, y comenzó su camino hacia una mayor felicidad y esperanza. La palabra marcada al comienzo de cada frase aludía a “yo”.

Una persona centrada en sí misma, un receptor, nunca puede ser feliz porque nunca puede recibir lo suficiente. Los dadores tienen alegría al hacer por otros y en consecuencia tienen más acceso a la felicidad porque siempre tienen amplias oportunidades para ayudar.

3. Cede el control. Dale lugar a Dios.

Hace algunos veranos, en una visita a Israel, decidí hacer paracaidismo y apreciar nuestra patria desde una nueva perspectiva. Después de una intensiva instrucción de cinco minutos, me llevaron a un pequeño avión que si no estaba suficientemente loco como para saltar de él, estuve suficientemente loco para subir a él. Con un casco y antiparras, me colocaron con mis pies colgando hacia el lado del avión. Estábamos a 3.600 metros en el aire y la bella tierra de Israel era una imagen borrosa. Recuerdo claramente inclinarme, mirar hacia abajo y sentir que no podía respirar.

Antes de que pudiera arrepentirme, sentí un empujón y ya estaba afuera del avión. Viajaba hacia la madre Tierra a unos 200 kilómetros por hora. El viento me envolvía, mis brazos y mis piernas estaban extendidos y creo que sentí el sabor de mi bazo. Durante un breve instante sentí pánico. Esto es absolutamente una locura. ¿Qué clase de persona insana haría algo así?, pensé.

Comencé a asustarme, a preocuparme y a ponerme ansioso y entonces lo recordé. Justo detrás de mí, unido con numerosos cierres y clips de metal, había un enorme hombre israelí que entrenaba a los paracaidistas en el ejército israelí y que hacía esos saltos 8 o 10 veces al día. Saltamos en tándem, en pareja. En el momento en que recordé que literalmente me cuidaba la espalda, sentí el mayor alivio y pude disfrutar el resto de esa increíble experiencia.

La diferencia entre una experiencia ansiosa y miserable y una emocionante fue recordar que había alguien detrás de mí que sabía lo que estaba haciendo. A dos mil metros y cuarenta y cinco segundos después del salto, él jaló la cuerda, liberó el paracaídas, nos sentamos en el arnés y durante los siguientes 10 minutos tuvimos el viaje más extraordinario sobre Israel.

Tenemos que tomar la iniciativa, hacer nuestro mejor esfuerzo y hacer todo lo que podamos para lograr los mejores resultados en nuestras vidas. Sin embargo, creer que podemos controlar y manipular cada resultado nos produce un estrés y una presión imposibles que anulan nuestra capacidad de experimentar la felicidad. No hay anda más liberador, más catártico y dichoso que hacer lo mejor que podemos y ceder el control, permitiendo que Dios haga el resto. Recuerda: Él te cuida la espalda.

No importa cuánto lo intentemos ni cuánto nos esforcemos, inevitable e invariablemente nuestras vidas enfrentarán curvas difíciles. La diferencia entre caer en el pánico ansioso o disfrutar del viaje es nuestra capacidad de ceder al control.