Vivimos en una época difícil y la forma en que escribimos este capítulo, la historia que contamos, está en nuestras manos. Un día relataremos la historia de estos días, cómo reaccionamos, si nos volvimos mejores personas o más amargados, preocupados por los demás o egoístas… Y todo esto depende de nuestra propia elección.

Afortunadamente, contamos con un tesoro de sabiduría que nos ayuda a superar estos días difíciles. Durante los meses de verano se acostumbra a estudiar Pirkei Avot, la Ética de Nuestros Padres, una colección de profundas enseñanzas de nuestros Sabios. Una de estas enseñanzas dice: “El mundo se sostiene sobre tres cosas: sobre el estudio de la Torá, sobre el servicio a Dios y sobre los buenos actos” (Pirkei Avot 1:2). Nuestro mundo es como una mesa con tres patas. Si se rompe o falta una pata, la mesa no puede mantenerse parada.

Cada persona es un mundo en sí mismo. Cada uno tiene la capacidad de construir o destruir el mundo en el cual vivimos. Si queremos encontrar la fuerza necesaria para superar el desafío, si buscamos la capacidad de soportar la carga que nos provocan las dificultades, debemos trabajar sobre estas tres conexiones espirituales, estas tres "patas", para que ellas nos mantengan de pie.

1. La relación conmigo mismo

La primera conexión espiritual en que debemos pensar es la conexión con nosotros mismos. ¿Quién soy realmente? ¿Cuál es mi misión en este mundo? ¿Cómo puedo vivir mejor mi vida?

El camino para llegar a descubrirse a uno mismo es el estudio de la Torá. Esta es la primera pata sobre la que se sostiene mi mundo, tanto mi mundo personal como el universo mismo.

Cuando descubro la profunda sabiduría de la Torá, cuando vivo de acuerdo con sus valores y ética eterna, mi desafío es brindar significado a mis días. Todo mi mundo se transforma. Incluso beber un vaso de agua se eleva y pasa a ser un momento espiritual cuando pronuncio una bendición. Tomo el mundo físico y lo convierto en algo sagrado. Vivo la verdad. Trabajo sobre mí mismo para vivir a un nivel más elevado. Al llevar a la vida las lecciones de Torá que estudio, elevo al mundo y permito que siga funcionando.

Cuando mi abuelo estaba a punto de partir de este mundo, señaló con sus brazos que quería que lo acercaran a sus libros sagrados para despedirse de ellos. Con sus últimas fuerzas lloró y besó cada libro. Esos libros repletos de sagradas enseñanzas de Torá le habían dado vida a mi Zeide. La despedida era muy dolorosa.

2. La relación con Dios

Nos regalaron un alma, pero… ¿cómo nutrimos nuestra alma?

Construir una relación con Dios nos permite nutrir la santidad que Él colocó dentro de cada uno. Nos conectamos con Dios a través de la “segunda pata” que sostiene al mundo: el servicio del corazón, la plegaria.

Cuando rezamos abrimos las puertas de los cielos. Clamamos a Dios a través de las diferentes estaciones de nuestra vida. Expresamos gratitud, pedimos curación y hablamos con Dios sobre cualquier preocupación que tenemos.

Podemos rezar en cualquier idioma. Los profetas nos presentan a Janá, quien rezó desde lo más profundo de su corazón pidiendo tener un hijo. Ella susurró sus palabras y nos enseñó cómo rezar.

Tal como una pareja recién casada se habla suavemente y mantiene conversaciones privadas, así también deben ser nuestras charlas con Dios. La plegaria es algo íntimo, entre yo y mi Creador. Gracias a la plegaria mantenemos la existencia del mundo.

Cuando era una adolescente viajé a Israel y al regresar traje un libro de Salmos como regalo para mi madre. A lo largo de su vida, rara vez la vi sin ese libro en sus manos. Las páginas estaban manchadas por sus lágrimas, gastadas y quebradas. No puedo contar la cantidad de veces que llamé a mi madre pidiéndole que rezara. Ahora ese libro está en mis manos. Es mi puente hacia los cielos.

Cada persona recibió el poder de la plegaria. De nosotros depende conectarnos con Dios a través de nuestro corazón y de nuestras palabras.

3. La relación con los demás

La “tercera pata” que nos sostiene es la relación con los demás. El jésed, la bondad, y los buenos actos son los medios a través de los cuales construimos esa conexión. Como escribió el rey David: “Olam jésed ibané – el mundo se construye sobre el jésed”.

Todos necesitamos buenos amigos y una familia afectuosa. La soledad es tóxica. El mundo no puede sobrevivir si el odio carcome a la humanidad. Los hogares se derrumban cuando nos herimos mutuamente y alejamos a los seres queridos. Nuestros Sabios enseñan que el jésed, la bondad, es el secreto para mantener vivas las relaciones y la humanidad.

Sólo descubrimos el amor cuando damos, cuando cavamos en lo más profundo de nuestro ser y nos sacrificamos por otro.

Es un error creer que mientras más recibamos de otro más lo amaremos. Preguntamos: “¿Qué me compraste?” “¿Qué hiciste por mí últimamente?”. Pero no se trata de recibir, sino de dar. Sólo descubrimos el amor cuando damos, cuando cavamos en lo más profundo de nuestro ser y nos sacrificamos por otro.

En estos días que pasamos más tiempo en el hogar tenemos una grandiosa oportunidad. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué jésed puedo hacer hoy? ¿Cómo puedo ser un “dador” y no un “receptor”? ¿Cómo puedo pensar más allá de mí mismo? ¿Quién necesita una sonrisa, una buena palabra, un abrazo? ¿A quién puedo llamar para dejarlo saber que pienso en él? ¿Cómo puedo alegrar a otra persona?

Si piensas: Yo no puedo hacerlo. En este momento estoy demasiado molesto como para pensar en otra persona, entonces recuerda que las personas más felices son aquellas que dan algo a los demás. Podrás elevar tu espíritu cuando eleves el espíritu de otro. El mundo necesita más bondad.

Es cierto, no somos capaces de controlar muchas cosas. Pero tenemos el poder de mantener nuestro mundo de pie. Podemos sólo sobrevivir o podemos prosperar. Construir conexiones espirituales. Descubrir la sabiduría de la Torá, construir una relación en nuestro interior. Utilizar la plegaria como un puente hacia Dios. Marcar una diferencia en la vida de otra persona, reforzar nuestra relación y hacer hoy un acto de jésed. Mantengamos nuestro mundo de pie.