Era mi segunda vez en el turno de medianoche como voluntaria de la sala de emergencias cuando ocurrió. Yo tenía 18 años y pensaba que sabía todo lo que hay para saber sobre la vida. Las cosas habían estado relativamente tranquilas cuando, de repente, un “código azul” fue anunciado y los doctores y las enfermeras comenzaron a correr por los pasillos. Varias víctimas de una pelea de pandillas pasaron por mi lado, retorciéndose de dolor. Una enfermera en jefe me tomó del brazo. “Siéntate con la madre en este cuarto. Asegúrate que no se acerque a la sala de operaciones”.

Pero, yo soy sólo una voluntaria. ¿No tienen trabajadores sociales del hospital para esto? No tuve tiempo de protestar. La enfermera en jefe se había ido, y yo me había quedado con una mujer sollozante a cuyo hijo le acababan de disparar. Nos sentamos en la pequeña y blanca habitación y cerramos la puerta para escapar del caos exterior. Ella comenzó a murmurar incomprensibles palabras que yo no lograba descifrar, y al poco tiempo me quedó claro que la mujer no hablaba mi idioma. Me senté junto a ella en una silla de plástico duro y sostuve su mano.

“Todo saldrá bien. Se están haciendo cargo de tu hijo. Todo va a estar bien”. Ella asentía con la cabeza y continuaba llorando, aunque probablemente no tenía idea qué era lo que yo le estaba diciendo.

Mis ojos se dirigieron al cuadro colgado en la muralla; era tan difícil mirarla a la cara, mirar de frente aquel crudo e insoportable dolor. Pero me forcé a alejar mi mirada de aquel cuadro y a estar presente para aquella extraña que estaba frente a mí. Aprendí más en aquella horrorosa noche y en aquella pequeña habitación blanca de lo que aprendí en todo el año académico. La madre perdió a su hijo esa noche. Él tenía 12 años de edad y quedó atrapado accidentalmente en medio del fuego cruzado. Yo no fui quien le dio la noticia, pero yo estaba allí cuando la enfermera en jefe se acercó a ella. Y sin decir una palabra, cuando vimos la cara de la enfermera, ambas sabíamos que no había sobrevivido.

Ese momento generó un cambio en mi perspectiva. No podía pretender que la vida era una oportunidad ilimitada, que duraría por siempre. Por primera vez, deje ir la ilusión de que nosotros tenemos control sobre nuestros destinos.

Al comenzar los nueve días, encaminándonos hacia Tishá B’Av, el día más oscuro del calendario judío, los pensamientos sobre cómo lidiar con el sufrimiento ocupan nuestra mente. Hay tanto por lo que estamos de duelo. Pareciera que el conflicto en Medio Oriente no tiene fin. Y cada vida que se pierde, cada persona herida, cada víctima del terrorismo nos sumerge más y más en este profundo pozo de dolor. ¿Qué podemos aprender del dolor? ¿Qué podemos hacer con el sufrimiento? ¿Cómo podemos encontrar a Dios cuando Él oculta Su Presencia?

1. Aprende a aceptar. Somos una cultura que se enfoca en los logros y en la persistencia. La mayor parte del tiempo eso funciona bien. Pero después de un trauma, la gente a veces necesita ajustarse a una nueva realidad con distintas limitaciones. Pensar que la vida puede continuar como antes se transforma en un obstáculo que nos impide avanzar.

David B. Feldman y Lee Daniel Kravetz, autores del libro Supersurvivors: The Surprising Link between Suffering and Success, escriben: “Darse por vencido es a veces la única forma de seguir adelante. Aceptar las consecuencias de un trauma de manera realista en lugar de tener un pensamiento positivo ilusorio puede permitirle a la persona tener verdadera esperanza, lo cual a su vez le permitirá establecer y alcanzar metas que finalmente podrán mejorar su vida” (p.28). Hay una expresión que dice que Dios nunca cierra una puerta sin abrir otra. Esto suele ser cierto, pero a veces nos piden que nos sentemos en una sala de espera antes de poder ingresar por la siguiente puerta. ¿Qué haremos mientras esperamos? ¿Aceptaremos dónde estamos y crearemos nuevas metas? ¿O golpearemos con impaciencia la puerta cerrada, aún enfocados en lo que se suponía que ocurriría?

2. Deja de presionar el botón de reinicio. Muchos de nosotros tenemos ideas y suposiciones sobre cómo funciona el mundo. Nos aferramos a estas ideas porque nos hacen sentir seguros, y mantienen nuestras vidas dentro de una zona de confort que nos es familiar. Pero el trauma y el sufrimiento nos sacan de esta zona, y no importa cuánto queramos, no podemos presionar el botón de reinicio para regresar y ver la vida como solíamos verla.

“Imagina que posees una valiosa vasija de porcelana que amas, y un día te tropiezas y accidentalmente la botas al piso y la rompes en mil pedazos. ¿Cuál sería tu reacción inicial? Si eres como la mayoría de la gente, querrías repararla. Eso significa pegar la vasija con pegamento e intentar que se vea igual como solía verse. Pero no importa cuánto lo intentes, por lo general eso es imposible. Algunas piezas se pueden haber perdido, y otras probablemente son demasiado pequeñas para pegarlas. Así que, si no puedes poner todo de vuelta de la forma que estaba, lo mejor que puedes hacer es reordenar la piezas en una nueva forma que sea funcional y hermosa” (Supersurvivors, p.64).

Esto es lo que Dios nos pide que hagamos durante este tiempo de duelo. Mira las piezas. Fíjate en las brechas que hay entre tú y el mundo. Y luego toma las piezas y las brechas y utilízalas para concebir una nueva creación. Una nueva forma de ver la vida. Una nueva forma de enfrentar los desafíos. No podemos hacer que la vasija destrozada se vea exactamente como se veía antes, y al final, no es lo que querríamos hacer de todas formas.

3. Nos necesitamos unos a otros. De acuerdo a varios estudios, tener personas a nuestro alrededor, con quienes podamos conectarnos y quienes se preocupen de nosotros, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Incluso en casos en los que pacientes fueron visitados por voluntarios a quienes ni siquiera conocían, la taza de fallecimiento de quienes interactuaron con otros de forma diaria fue un tercio que la de quienes se rehusaron a recibir visitas de voluntarios (Journal of Health Psychology, Kathryn Herbst-Damm and James Kulik, 2005). Muchos estudios han descubierto una conexión directa entre una relación cercana con los miembros de la familia y amigos y tasas más altas de bienestar. El elemento más importante es la cantidad de apoyo emocional que siente una persona por parte del resto. En resumen: nos necesitamos unos a otros.

4. Presta atención a las llamadas de atención. Como escribió E. M. Forster: “La muerte destruye al hombre; la idea de la muerte lo salva”. La gente puede vivir terribles experiencias cercanas a la muerte y pasar de inmediato a un estado de negación. Esta es la razón de por qué tantos estudios muestran que cuando la gente se enfrenta a la muerte y a traumas, por lo general se vuelven más materialistas y enfocados en el consumismo, creyendo que la riqueza los protege de alguna manera de la muerte.

Pero envolvernos en esa ilusión es algo sumamente peligroso. Si dejamos pasar una llamada de atención, entonces, puede transformarse en una sirena. Y si nos rehusarnos a entender que todos nosotros tenemos un tiempo limitado en este mundo, no podremos vivir una vida auténtica y alcanzar nuestras metas, tal como desearíamos hacer.

Reconstruyendo la vasija

Con el comienzo de los nueve días, recuerdo cuán incómoda estaba en aquella pequeña y blanca habitación, sin tener dónde mirar fuera de a la misma cara del sufrimiento. Pienso en lo poco que quería estar allí. No quería ver el dolor de alguien que nunca regresaría a tener la vida que siempre conoció. Pero irónicamente, el haber sido testigo de ese tipo de dolor me enseñó una indeleble lección sobre el poder de la esperanza. Sobre cómo la vida no sólo continúa después del sufrimiento, sino que el dolor mismo nos transporta a una realidad distinta en la que podemos enfocarnos en las cosas que realmente nos importan.

Mientras comenzamos a vivir nuestro duelo por todo lo que ha sido destruido, estamos simultáneamente reconstruyendo las vasijas en nuestro interior. En el medio del dolor siempre hay destellos de redención, esperando a que nosotros los veamos.

Los sobrevivientes siguen adelante después de las tragedias. Pero los súper sobrevivientes nos enseñan a sumergirnos en el profundo pozo de resistencia y esperanza que hay en nuestro interior. Nos muestran cómo podemos transformar el aparentemente interminable dolor en un apoyo que nos permite experimentar un increíble crecimiento. Cómo podemos acercarnos a la verdadera Fuente de confort y Encontrarlo escondido entremedio del dolor. Cómo podemos encontrar vida en medio de la muerte, luz en medio de la oscuridad, y esperanza en medio de la destrucción. “Quienes viven el duelo por Jerusalem hoy, ameritarán ver su reconstrucción y su gran gloria el día de mañana” (Talmud, Taanit 30b).