No fue una manifestación. Los carteles lo publicitaron como un Melave Malka – una fiesta el sábado por la noche para escoltar a la "Reina del Shabat", acompañado por la banda Klezmer de mi esposo y algunos bailes en círculos. Es verdad, el lugar escogido era en un pasaje abandonado, a una cuadra de la Casa Oriente, la infame oficina central de la OLP en el este de Jerusalem. Es verdad, el punto era afirmar soberanía judía en todo Jerusalem. También es verdad, la inauguración de los secretos Acuerdos de Oslo ocho meses antes había sido seguida por una serie de manifestaciones masivas, que a menudo se deterioraron en espeluznantes escenas de brutalidad policial, llenas de mangueras de agua apuntadas a los ojos de los manifestantes. Pero esto no era una manifestación. No había pancartas ni discursos. Sino que un aire de festividad familiar, con niños y ancianos en abundancia. Yo estaba feliz de ir a escuchar a mi esposo tocar.

Mientras la banda esperaba en el escenario improvisado que les entreguen el generador, los organizadores instalaron altoparlantes en postes alrededor del perímetro de la gente. Las personas conversaban de buena forma con un escuadrón de policías fronterizos, la fuerza paramilitar conocida como la más dura de la estructura militar, quienes, según nosotros asumíamos, estaban ahí para mantener a los judíos y a los árabes que estaban cerca, pacíficamente separados.

Finalmente la música comenzó, una melódica tonada Klezmer. En el medio de la multitud, un gran círculo de hombres unió sus manos y comenzaron a bailar.

De repente, de la nada, la policía fronteriza se abalanzó hacia la multitud, balanceando sus garrotes y pegándole a todo aquel que estaba a su paso. En medio de gritos horrorizados y llantos, llegaron al generador y lo desconectaron. La música paró inmediatamente.

Varios policías saltaron hacia el escenario, sacándoles a los músicos los clarinetes y las guitarras de las manos. Otros soldados comenzaron a derribar los altoparlantes. Parado cerca del escenario, en shock y horrorizado, vi a un anciano ubicado directamente debajo de un altoparlante. Le grité para advertirle, pero no fui escuchada debido al ruido de los gritos y gemidos. Corrí hacia él, pero fui bloqueada por la embestida de un caballo gigante, el doble del tamaño de cualquier caballo que haya visto. Aterrorizada, retrocedí hacia el escenario, que para ese entonces estaba rodeado por policías fronterizos para prevenir que los músicos escapen.

Yo soy una veterana de las manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam en Estados Unidos en los años sesenta, pero nunca en mi vida había experimentado tácticas policiales tan despiadadas – ¡Y sin ninguna justificación! Desconcertada, comencé a gritarle a la policía: "¿Qué están haciendo? ¿Cómo pueden judíos actuar de esta forma? Ustedes son judíos, ¡pero son peores que la policía estadounidense!".

Un alto y forzudo policía con pelo corto al ras me gritó: "¡Tú no perteneces acá! ¡Tú eres estadounidense! ¡Regresa a Estados Unidos!".

"Tú no perteneces acá. Regresa a Estados Unidos". Él se había metido con mi lado sionista.

Él se había metido con mi lado sionista. Airada, le di una bofetada en la cara.

Él le hizo un gesto al policía que estaba a su lado. Cada uno agarró uno de mis antebrazos y me sacaron de ahí. Al que yo le había dado una bofetada, apretó sus dedos tan fuertemente en mi brazo, que incluso un mes más tarde, cinco moretones en mi antebrazo derecho podían atestiguar su brutalidad. Me arrastraron unos veinte metros hacia un coche de policía, luego me arrojaron adentro tan rudamente que rasgaron mi falda y me hicieron una herida de casi 5 cm. en mi rodilla.

En la estación de policía, un oficial me preguntó sobre lo que había pasado. Le conté toda la historia: cómo sin aviso la policía había atacado a la multitud, cómo habían puesto en peligro a un anciano, que unos caballos gigantes habían impedido que yo lo salvara, de qué forma un policía fronterizo me había insultado, de cómo reaccioné yo, y cómo, en vez de un civilizado "usted está bajo arresto" ellos me habían maltratado brutalmente. Luego de firmar mi deposición, me pude ir a mi hogar.

Eso fue lo último que escuche del asunto por más de dos años. Un día, recibí una carta registrada. Había sido acusada de golpear a un policía, y había sido convocada a comparecer en la corte.

Contraté un abogado, un hombre religioso, un poco calvo. "En Israel", me informó tranquilamente, "existe una sentencia obligatoria de prisión por golpear a un policía".

"¿Qué?", le respondí, horrorizada. "Yo soy la que salió herida. Todavía tengo la cicatriz en mi rodilla. Además, él me provocó. Me insultó, me dijo que me regresara a Estado Unidos".

"No obstante", el abogado me respondió calmadamente, "tú confesaste haber golpeado a un policía. ¿Por qué te incriminaste a ti misma?".

"¿Qué esperabas que hiciera?", me opuse con justificada indignación. "¿Mentir?".

"Podrías haber guardado silencio".

¿Silencio?, nunca se me hubiera ocurrido (¡y rara vez ha sido así!).

"La única forma de mantenerte fuera de prisión, es que apeles a la piedad de la corte. Es tu primera infracción. Tienes una muy buena posibilidad de salir de esta si humildemente admites tu error y le prometes a la corte que no lo repetirás".

Faltaban un par de semanas para Rosh Hashaná, y yo había estado estudiando los pasos de Teshuvá (arrepentimiento):

  1. Admitir el pecado ante Dios.
  2. Arrepentirse.
  3. Decidir no repetirlo.

La prescripción del abogado sonaba inquietantemente similar.

Pero, ¿por qué yo debía hacer teshuvá? ¡No había hecho nada malo! ¡Yo era la parte afectada! Reflexioné sobre el tema unos minutos. Luego, declarando mi inocencia (después de todo, yo había sido profundamente provocada), le dije al abogado que haría cualquier cosa que me dijera. No quería ir a la cárcel.

Cuando nuestra reunión había terminado, recogí mis cosas para irme. "Tú sabes", el abogado dijo entre paréntesis, más como un hermano que como un abogado, "que estuviste mal".

"¡Pero él me insultó!", me defendí.

"Si vas caminando por la calle y llega alguien y te insulta," dijo tranquilamente el abogado, "¿acaso tienes el derecho de abofetearlo?".

Miré a través del escritorio la expresión penetrante del abogado. Era la primera vez que se me ocurrió que quizás yo había hecho algo errado.

Si es que había hecho algo errado, entonces tenía que hacer teshuvá.

Durante todo el camino a casa fui evaluando el tema. En tres semanas va a ser Rosh Hashaná, cuando cada alma se para frente a Dios en un juicio. Yo era responsable por mis acciones. Si había hecho algo errado, entonces tendría que hacer teshuvá. Pero los tres pasos de confesión, arrepentimiento y resolución para el futuro son suficientes sólo para los pecados contra Dios. Las transgresiones contra otra persona requieren dos pasos adicionales: pedir perdón y (cuando sea aplicable) hacer una indemnización. Con horror, de repente, caí en la cuenta: Si realmente estaba mal darle una bofetada a un policía, entonces tendría que pedirle perdón.

Tan pronto como llegue a casa, llamé por teléfono a mi rebetzin. "Por supuesto", me confirmó en un tono de bastante obviedad, "pegarle a alguien, excepto por defensa propia, está prohibido por la Torá. Incluso si él hizo algo malo, eso no te da el permiso para hacer algo mal tú. Por supuesto, tienes que hacer teshuvá por haberle pegado".

"¿Incluyendo pedirle perdón?", le pregunté aterrada.

"Por supuesto", me respondió. "Tú sabes que Dios no concede el perdón hasta que la persona a quien le hiciste mal te perdone".

Un rato después de colgar, me quede sentada sosteniendo el teléfono. ¿Cómo iba a encontrar siquiera a ese policía fronterizo? No sabía su nombre. Y si llegase a arreglármelas para encontrarlo y pedirle disculpas, ahora, con el juicio pendiente, el obviamente podría sospechar que estoy intentado algún truco extra-judicial para lograr que reduzca los cargos en contra de mí. Claramente me iba a colgar el teléfono.

El día siguiente llamé al abogado. "¿Existe alguna forma de averiguar el nombre del policía que abofeteé?".

"Claro", fue la respuesta inmediata. "Está justo aquí en la hoja con los cargos....Ronny Tuito".

Trague saliva. Eso fue bastante fácil. "Bueno, ¿Cómo puedo hablar con él?".

"Sólo busca su número en la guía telefónica", fue su respuesta optimista.

Me tomó una semana, pero con Rosh Hashaná rápidamente aproximándose, un día me arme de valor y busqué "Tuito, Ronny" en la guía telefónica de Jerusalem. Figuraban dos personas con ese nombre. Con aprensión, marque el primer número. Un hombre contestó el teléfono.

"Eh...Estoy buscando a Ronny Tuito, el policía fronterizo", tartamudeé.

"Ese es mi primo. 581-3796".

Genial, pensé. Ahora no tengo excusa para no llamar. Marqué el número. Para mi gran alivio, atendió una máquina contestadora. Yo corté. En todo caso ¿a qué hora del día podría estar un policía fronterizo en su casa?

La tarde siguiente intenté nuevamente. Atendió la voz de un hombre. "¿Habla Ronny Tuito?", pregunté nerviosa.

"Sí" fue la tajante respuesta en hebreo.

Respire profundamente y solté el discurso que había ensayado treinta veces. "Hace dos años, en un Melave Malka cercano a la Casa Oriente, yo te di una bofetada. Lo que hice estuvo mal, y lo siento. Ya que se aproxima Rosh Hashaná, y tengo más miedo de la Corte Celestial que de la terrestre, te estoy llamando para pedirte perdón".

Sólo un momento transcurrió antes de escuchar su rápida respuesta: "te perdono".

El alivio me pegó como una avalancha. ¡Por supuesto! Este es un país judío. Incluso un policía fronterizo no religioso entiende la dinámica de pedir perdón y perdonar antes de Rosh Hashaná y Iom Kipur. Me sentí más limpia, como si un pedazo de chicle que había estado pegado a mi blusa de repente se hubiera ido.

"Gracias", respire, "y que tú y tu familia sean inscritos para un año de vida, buena salud y bendiciones".

"Gracias, igualmente para ti y tu familia", respondió cortésmente y cortó.

Posdata: Un mes más tarde fui sentenciada a dos meses, sentencia suspendida con la condición de que no golpeara a ningún policía más por un período de libertad condicional de tres años. Y no lo hice.

Pedir Perdón

Es difícil pedir perdón. A veces el mecanismo es complicado: encontrar a una persona de nuestro pasado, iniciar la conversación en privado, lograr que la persona ofendida nos escuche.

Más difícil incluso son las dinámicas internas: Examinar acciones que preferiríamos olvidar; cortar con las racionalizaciones para admitir que lo que hicimos estuvo mal, a pesar de las provocaciones y de las extenuantes circunstancias; y hacernos humildes para pedir por un regalo (el perdón es siempre un regalo) de quien podríamos habernos sentidos moralmente superiores.

Dios nos promete expiación en Iom Kipur. La expiación es una realidad maravillosa, milagrosa, que blanquea incluso las manchas más testarudas en nuestra alma. La expiación nos reconcilia con HaShem y con nosotros mismos. Para procurarla, todo lo que tenemos que hacer es teshuvá, el sincero cambio de dirección de nuestro corazón y acciones. Pedir perdón, uno de los cinco pasos de la teshuvá para una transgresión en contra de otro ser humano, es un pequeño precio a pagar por el lavado de nuestra alma y está disponible para nosotros en Iom Kipur.

Perdonar es equivalente a ejecutar una función divina.

¿Y si una persona que hemos dañado se rehúsa a perdonarnos? La Torá nos pide que humilde y sinceramente le pidamos perdón tres veces por separado. Luego de eso, la responsabilidad recae en aquel que rehúsa perdonar.

Conceder el Perdón

Cuando se le pide perdón, un judío está obligado a perdonar. Este puede ser el acto más difícil de todos. Después de todo, podemos haber sido gravemente heridos, en cuerpo, mente o alma. Perdonar es equivalente a ejecutar una función divina. Deja a quien ofendió libre de culpa (presumiendo que él o ella han hecho los otros pasos requeridos de teshuvá, que absolverán al ofensor ante Dios).

Un judío no está obligado a perdonar a quien lo ha ofendido y no ha asumido los pasos de teshuvá tales como arrepentimiento y un cambio concreto. Un artículo reciente en el L.A. Times cuenta sobre la tía de un niño que ha sido secuestrado y abusado, y que unilateralmente había perdonado al pedófilo que había violado a su pequeña sobrina. Este en un anatema desde el punto de vista judío. Perdonar el mal impenitente sólo alienta su continuación.

Por otro lado, no hay nada que procure más rápidamente un perdón divino para nuestros pecados, tanto aquellos que recordamos como aquellos que no, que perdonar a aquellos que han pecado en nuestra contra. El principio de midá kenegued midá significa que recibimos aquello que damos. Cuando nos paramos frente a HaShem en Rosh Hashaná y Iom Kipur nuestra defensa más convincente es: "Yo he perdonado a aquellos que han transgredido en contra mío. Por favor perdóname a mí a cambio".

La Puerta del Perdón

Desde la época que ella tenía tres años hasta que alcanzó la pubertad, Cindy había sido abusada sexualmente por su tío, con el conocimiento de su madre alcohólica.

Cuando Cindy creció, se convirtió al judaísmo. Eventualmente se casó con hombre que también era un abusador sexual, y tuvo dos hijos con él. Ella más tarde diría, "me casé con mi madre vestida de hombre".

El único contacto que Cindy tuvo con su madre siendo adulta, fue cuando su madre le telefoneo para pedirle que se junten. ¿Estaba finalmente arrepentida? Cindy se preguntaba camino a la reunión. ¿Acaso ella finalmente se arrepintió de todo el daño que le había hecho a su hija?

Se juntaron en un lugar aislado en la costanera. La madre de Cindy retiró algunos papeles de un sobre para embalar y la explicó que había aplicado a un trabajo en el sistema estudiantil, pero la habían rechazado por causa de su historial de abusos infantiles. Ahora ella le pedía a Cindy que niegue oficialmente los cargos, que afirme que había mentido, para que así su madre pueda obtener el trabajo que había solicitado.

Cindy arrojó los papeles en la cara de madre y se fue furiosa. No vio ni hablo con su madre por los próximos once años.

Durante ese tiempo, Cindy huyó de su esposo, llevándose a sus hijos con ella. Por un año se escondieron en una isla remota en el Pacifico sur, a dos horas de viaje en bote del almacén más cercano. Eventualmente llegaron a Israel.

Luego de siete años de vivir escondida bajo otra identidad, Cindy fue descubierta. En la corte, el juez israelí falló a su favor; no enviaría a Cindy ni a sus hijos devuelta a Estados Unidos.

En el curso de su pelea judicial, el esposo de Cindy vino a Israel para testificar en su contra. Y fue sancionado con un mandato judicial prohibiéndole salir del país hasta que le otorgue el guet a Cindy, el proceso judío para el divorcio.

Un lunes por la tarde hace dos semanas, Cindy fue notificada por su abogado que recibiría el guet la tarde siguiente. El martes por la mañana Cindy celebró haciendo una llamada telefónica a su madre.

"Tú no me protegiste como debías", Cindy lloró por el teléfono. "Pero me diste la vida. Y ahora, luego de tantos años, amo mi vida. Tengo una hermosa familia. Amo a mis hijos. Y hoy tendré mi guet. Estoy agradecida a Dios. Y te estoy agradecida a ti por darme la vida. Te perdono por todo lo que me has hecho".

Cada vez que perdonamos, abrimos las puertas del perdón en el mundo.

Con lágrimas en los ojos agregó: "una ve la cosas diferentes a los cuarenta, que a los veinticinco".

La madre de Cindy sollozo por el teléfono: "una ve las cosas diferente a los sesenta que a los cuarenta".

Hablaron por dos horas. Cuando colgaron, Cindy dijo: "Siento que recibí un guet de mi madre el mismo día que estoy recibiendo el guet de mi esposo. Me siento más libre que nunca en mi vida".

Cada vez que perdonamos, abrimos las puertas del perdón en el mundo. Y somos los primeros en atravesarlas.