No recuerdo mucho acerca de mi infancia, pero ese día está grabado indeleblemente en mi memoria.

"Saben niños, ¡hoy despega un transbordador en Cabo Cañaveral!", dijo mi padre. Nosotros gruñimos. Estábamos en un viaje a Disneyworld altamente promocionado, un viaje que mi familia había esperado por años. Disney, Epcot, MGM – el mundo del entretenimiento de los cuentos de hadas no tenia límites esa semana. Para nosotras, tres hermanas (yo era la mayor con 12 años), el Centro Espacial no era una alternativa muy atractiva. Pero papi siempre fue un gran educador, incluso cuando estábamos de vacaciones.

"¡OK chicas!", mis padres dijeron con emoción. "¡Vamos al Centro Espacial Kennedy!". Condujimos por una larga avenida rodeada de campos amarillos. Era el 28 de enero de 1986.

"¿Están listos para el despegue?", preguntó una voz en un micrófono.

"Por supuesto que sí", respondió uno de los astronautas en el sistema de transmisión instalado cerca de los espectadores.

# Me preguntaba cuál voz pertenecía a Christa McAuliffe.

Escuché las voces de los astronautas mientras estaba parada al borde del agua mirando hacia el cielo infinito, imaginándome a mi misma lanzándome al espacio en un cohete espacial. Tenía la piel de gallina.

"¿Lanzadores de cohete listos?"

"Cambio".

Me preguntaba cuál voz pertenecía a Christa McAuliffe. Había leído todo acerca de ella en la revista semanal de la escuela. Ella iba a convertirse en la primera profesora en el espacio. Habíamos visto fotografías de su entrenamiento, flotando en una cámara sin fuerza de gravedad. Estiré mi cuello para ver si podía encontrar a su familia, pero incluso estar en puntillas no me ayudó. Solamente podía ver la nave espacial, gigantesca y solitaria en una pequeña isla en la mitad del agua.

"10-9-8-7-6-5-4-3-2-1". El agua estaba azul y el cielo incluso más azul mientras el cohete despegaba dejando atrás humo como nubes de copos de algodón. La multitud aclamó. Mi padre sonrió y aplaudió mientras escuchaba la radio a través de sus audífonos. De pronto, vi una explosión naranja en el lado derecho de la nave.

"¿Qué fue eso?", le pregunté nerviosamente a mi padre.

"Solamente la lanzadera separándose", contestó mi padre calmadamente.

Luego hubo otra explosión naranja, y dos columnas de humo formando un arco en el aire como pétalos de flores. Luego nada.

"¿Qué pasó?", pregunté. Mi padre jugueteó nerviosamente con su radio y todas las personas alrededor comenzaron a hablar en tonos silenciosos, apuntando, preguntando.

"Al parecer hay un problema", dijo mi padre. Él miró a mi madre y apretó mi mano.

"Esto no puede ser", escuché decir a una mujer. "No, imposible. Tiene que haber algún tipo de error". Pero lo inconcebible había ocurrido. El transbordador espacial Challenger había explotado, y los siete astronautas a bordo habían fallecido.

Miré hacia arriba, protegiendo mis ojos, esperando ver algún signo de vida, pero solamente podía ver desordenadas líneas de humo cayendo como un fuego artificial recién lanzado. Imaginé a Christa McAuliffe flotando en el cielo mientras mi boca se apretaba con miedo.

"¿Tú crees que los escombros pueden caer encima nuestro?", pregunté. Me preguntaba donde estaban los astronautas ahora.

La multitud se dispersó entre sombríos tonos, algunos llorando o apoyándose en otros por consuelo.

"¿Qué pasó?", preguntaron mis hermanas.

"Una cosa muy desafortunada ocurrió cariño", respondió mi padre.

Llenamos a nuestros padres con preguntas, ¿pero que podían decir ellos? Eventualmente, regresamos a nuestro auto arrendado.

"Vamos chicas", dijo mi padre con un ánimo forzado. "Vamos a Disneyworld".

Mis hermanas, de seis y siete años, pudieron dejar el hecho atrás bastante rápido. Yo me senté en el asiento trasero, afirmando mi estomago mientras se apretaba y se soltaba. Hace tan sólo un momento escuché sus voces, pensé. ¿Cómo pudo haber pasado esto?

Aún puedo sentir la sensación de caminar por Disneyworld en un trance, mirando a las muchedumbres sacando pedazos del rosado algodón de azúcar de la vida, mientras yo recién había regresado de un oscuro hoyo en la historia solamente a millas de distancia. ¿Cómo?, me preguntaba, ¿cómo la gente puede olvidar el asunto tan rápidamente? ¿Cómo pueden ellos sonreír y reír en la cara de algo tan espantoso?

Razoné para mí misma que esas personas no tenían parientes arriba de la nave. Y que ellos no habían estado ahí para ver su desintegración. Ellos no escucharon los alegres sonidos de las voces de los astronautas momentos antes de su deceso colectivo. Así que quizás ellos estaban justificados en su olvido.

Pero había algo más profundo en juego aquí.

Cuando los niños de Israel escaparon de Egipto y los egipcios se estaban ahogando en el mar detrás de ellos, los ángeles levantaron sus voces y le cantaron una canción a Dios. El Midrash dice que Dios los reprendió por su conducta. "¿Mis criaturas están sufriendo y ustedes cantan canciones?"

Una pequeña parte de nosotros debería estar preguntándose, "¿Qué significa esto para mí?"

Las catástrofes no ocurren en un vacío. Todos somos afectados por ellas. Si somos testigos del sufrimiento de las criaturas de Dios, alguna pequeña parte de nosotros debería estar en desacuerdo con brincar alegremente por Disney a unas cuantas millas de distancia. Una pequeña parte de nosotros debería estar preguntándose, "¿Qué significa esto para mí?"

Y mientras yo de 12 años andaba en el juego de la fantasía de Peter-Pan, me preguntaba, ¿Por qué fui yo un testigo tan íntimo de esta tragedia? ¿Qué se supone que debo sacar de esta experiencia? Ya que estuve ahí, debo estar obligada a otorgar más que un momento de silencio. Era un pensamiento muy perturbador, ya que no tenía idea que hacer.

La vida en este mundo es una experiencia de múltiples niveles, cada aspecto físico refleja un mensaje espiritual proporcionado. Hay mensajes espirituales oscilando a nuestro alrededor; lo único que tenemos que hacer es estirar nuestras manos y agarrarlos.

Pero a veces estamos demasiado ocupados en Disneyworld como para prestar atención a las pistas. Como enseña la Rebetzin Tzipora Heller, todos sufrimos del síndrome de "Pásame la sal". Imaginen una mesa:

"¿Pueden creer el incidente de la bomba en la escuela al final de la cuadra?"

"Sí. Escuché la explosión hasta aquí. Que locura que no había nadie en la escuela en ese momento. Cinco minutos después y hubiera sido un desastre".

"Ay. Sí. ¿Podrías pasarme la sal por favor?"

"Pasar la Sal", es pasar la responsabilidad del cambio espiritual.

¿Pero qué pasa si decidimos llevarlo un paso más allá?

Yo presencié algo inspirador, difícil, un cataclismo – y hay un mensaje para mí. ¿Quizás debería estar más agradecida por mi propia vida? ¿Quizás necesitaba apreciar más a las personas en mi vida? ¿Quizás hay un cambio dentro de mí que está comenzando a ocurrir?

La forma en que reaccionamos frente a las cosas impresionantes que ocurren en el mundo a nuestro alrededor, habla enormemente acerca de quienes somos realmente.

Presenciar el desastre del Challenger fue mi primer paso para entender la efímera naturaleza de la vida. Era difícil y angustiante, pero era el comienzo de una búsqueda que me llevó a un compromiso religioso más intenso. No podía sacarlo de mi mente y estoy contenta de no haberlo hecho.

Cuando el mundo a nuestro alrededor parece caótico, debemos abrir nuestros ojos muy grandes. Quizás veamos las señales que estaban ahí solamente para nosotros. Después de todo, la vida puede proveer mucho sabor, incluso sin la sal.