Randolph encontró la invitación deslizada bajo su puerta. En letras doradas, grabadas en relieve, decía:

La invitación estaba firmada T.M. Goddard. Randolph no reconoció el nombre. Aun así, era una invitación intrigante, y dado que estaba soltero y desempleado, decidió ir.

Al mediodía siguiente, una limusina negra se acercó a la puerta de Randolph, él subió. Después de muchas horas de viaje, cruzaron las puertas de una gran estancia. Césped verde, huertos llenos de frutas, y jardines espléndidos bordeando el camino largo y sinuoso. Finalmente, arribaron a la magnífica mansión.

Un mayordomo llevó a Randolph a su habitación. "No me di cuenta de que estaba invitado a pasar la noche", comentó Randolph perplejo. La habitación era cómoda, aunque no suntuosa. En el armario había ropa de la medida exacta de Randolph.

En la cena, se le mostró a Randolph su lugar en una mesa para diez personas. Los otros huéspedes lo saludaron amablemente. Para el asombro de Randolph, ellos no llegaron ese día. Gregory, un tipo locuaz que estaba más que feliz de responder todas las preguntas de Randolph, había estado en la fiesta por más de seis años.

"¡¿Seis años?!", exclamó Randolph, totalmente desconcertado. "¿Qué clase de fiesta dura seis años? ¿Y a dónde está nuestro anfitrión? Quisiera conocerlo".

"Oh", dijo Gregory riendo entre dientes, "ninguno de nosotros ha visto alguna vez al señor Goddard. Dicen que vive en el ático, ¿pero quién sabe? Mientras siga la fiesta, todo está bien. Las comidas se sirven tres veces al día. Una variedad de atracciones y entretenimientos se ofrecen cada noche. Los terrenos son extensos, y los jardines están siempre florecientes".

"Sólo una cosa se nos pide", agregó otra huésped llamada Cecilia. "Parece que el señor Goddard es un poco entusiasta con el ejercicio. Cada invitado debe hacer ejercicios cinco horas al día. Puedes elegir entre natación, tenis, polo, patinaje sobre hielo, esquí (no se de dónde traen la nieve), golf, navegar en el lago, o otros veinte deportes. A parte de eso, eres libre de hacer lo que quieras".

Randolph estaba asombrado. "¡Tanta hospitalidad!", él exclamó. "¡Tanta generosidad! ¡El señor Goddard debe ser un tipo genial!"

Después de la cena, una pareja, Brandon y Emily, le mostraron a Randolph el lugar. Los cuartos de la mansión estaban decorados con obras de arte, la vista desde el balcón superior dejaba sin aliento, y las "habitaciones especiales", incluían varios laboratorios científicos, cuartos de música, estudios de arte, y un invernadero lleno de plantas tropicales. La mansión parecía satisfacer los intereses de todo el mundo.

Semanas y meses pasaron. Randolph estaba pasándolo muy bien. Después la comida lo empezó a aburrir. Aunque unas dos docenas de platos eran ofrecidos cada vez, eran los mismos doce platos todos los días. Su cuarto comenzaba a parecer un poco estrecho. Y una vez que había visto la vista del balcón superior un millón de veces, se hastió de ella.

Pasaron dos años. Una noche en la cena, Randolph se quejó a Gregory: "He probado todos los deportes aquí, pero no tienen esgrima, que era mi deporte favorito. Creo que es una omisión poco feliz".

"¡Exactamente!", asintió Gregory. "Y mi deporte favorito, buceo con tubo, también falta. Ellos se equivocaron al no proveer una costa marina".

"La verdad es", dijo Brandon elevando la voz, "a mí no me gustan los deportes para nada. No creo que sea justo que yo tenga que pasar cinco horas al día ejercitando. Preferiría pintar".

Desde ese momento, la conversación en la cena todas las noches era acerca de las deficiencias de la fiesta. El entretenimiento, aunque de primera clase, era repetitivo. Las ropas ya habían pasado de moda.

Y con respecto al anfitrión, ya nadie lo mencionaba.

Una noche, antes de la cena, cuando Randolph ya había estado en la fiesta por más de cuatro años, encontró lo que pareció como una invitación deslizada por debajo de su puerta. La abrió. En letras doradas, grabadas en relieve, decía:

Randolph estaba avergonzado. Él corrió a la cena y, con las manos temblorosas, le mostró a sus amigos la invitación. "¡No es justo!", él exclamó. "No he hecho nada malo. He obedecido las reglas. He ejercitado cinco horas al día, aun cuando no quería. ¡¿Cómo se atreve a hacerme esto?!".

Todos estaban de acuerdo en que era terrible pedirle a alguien (en realidad obligarlo) a que se vaya. "Goddard no es un anfitrión tan bueno, después de todo", dijo Brandon con un gesto de desprecio.

"Él nunca estuvo presente", asintió Emily. "¿Qué clase de anfitrión nunca aparece a recibir a sus huéspedes?"

"Es deplorable", lamentó Cecilia.

Al día siguiente, los amigos de Randolph lo escoltaron a la entrada principal, donde lo esperaba la limusina negra. Fue una despedida llena de lágrimas, interrumpida por exclamaciones de ira en contra del anfitrión que trató a Randolph tan miserablemente.

Mientras la limusina se alejaba, Randolph se asomó por la ventana y gritó hacia el ático: "¡No es justo!" Todos inclinaron la cabeza lúgubremente en señal de aceptación.

Tiempo y Derecho

Los dos enemigos de la gratitud son el tiempo y el sentimiento de "merecer algo". Una cosa alimenta a la otra; cuanto más tiempo pasa, más nos sentimos con derecho a lo que originalmente percibíamos como un regalo.

Por ejemplo, el nacimiento de un bebé saludable es recibido por los padres como un regalo increíble, maravilloso; diez dedos en las manos y diez en los pies, ¡y todos se mueven! ¿Pero cuántos padres agradecen a Dios por los diez dedos en las manos y en los pies de un niño de dos años? ¿Y de uno de diez? La primera sonrisa del niño llena a los padres de júbilo. ¿Pero, qué hay de la sonrisa número cien?

Sin conciencia, no puede haber gratitud ni deleite.

Los seres humanos están programados para ser desagradecidos. Mete tu mano en un recipiente lleno de agua caliente, y después de un par de minutos dejarás de sentir el calor. Lo mismo es verdad para todos tus sentidos. Vive cerca de las vías del tren lo suficiente y dejarás de escuchar el tren. La primera bocanada embriagadora de un jazmín florecido es automáticamente la última; no importa qué tanto mantengas tu nariz metida dentro de las flores, tu sentido olfativo dejará de registrar la esencia.

La insensibilización está incluida dentro del ser humano. Con el tiempo atenúa nuestra conciencia, y sin conciencia, no puede haber gratitud ni deleite.

El Rabino Shlomo Wolbe, un sabio contemporáneo, señaló que el prerrequisito del deleite es el daat, la conciencia. Podríamos creer erróneamente que el prerrequisito del deleite es una vida afortunada, tener amplias cantidades de todo lo que queremos. El Rabino Wolbe enseña que el deleite no es el resultado de tener más cosas, sino de tener conciencia de lo que ya tenemos. Lo mismo es verdad para la gratitud.

La gratitud comienza cuando el sentimiento de "derecho" se va. Aprendemos esto de nuestra matriarca Lea. El patriarca Iaacov supo proféticamente que él iba a tener doce hijos que se transformarían en los pilares de la nación de Israel. Dado que tenía cuatro esposas, su esposa Lea esperaba que cada mujer tuviera tres hijos. Por lo tanto, cuando tuvo a su cuarto hijo, el primer hijo que ella sintió que no le correspondía, "ella dijo, ‘esta vez le voy a agradecer a Dios', por lo tanto, lo llamó ‘Yehudá'" (Génesis 29:35). "Yehudá" deriva de la palabra hebrea que significa "gracias". (La palabra "judío" es también un derivado de la palabra "Yehudá", y por lo tanto también significa "gracias").

En la batalla entre derecho y gratitud, nosotros los humanos tenemos una agenda interna para favorecer el sentido de derecho. Ya sea que recibimos lo que merecemos o que recibimos un regalo gratuito que no merecemos. Ratificar lo primero es darnos a nosotros "derechos", una gran ayuda para el ego. Admitir lo último es como recibir caridad; es humillante. Por lo tanto, hemos creado un arte delicado de convencernos a nosotros mismos de que lo que sea que tenemos, lo merecemos.

Por ejemplo, el Talmud afirma que una de las mitzvot más importantes en la Torá es honrar a nuestros padres. Este honor es obligatorio aun cuando los padres tengan miles de defectos. El Séfer HaJinuj declara que la causa basal de esta mitzvá es la gratitud. Los padres no solamente trajeron al niño al mundo, sino que también lo alimentaron y lo cuidaron durante sus años iniciales de completa incapacidad. La mayoría de los padres continúan alimentando y cuidando a sus hijos por lo menos durante 18 años.

Aun así la mayoría de los niños, en lugar de sentir una gratitud abrumadora, sienten que tienen derecho a todo lo que sus padres les dan. ¿Cuántos niños adolescentes llegan a la casa de sus padres, dicen un rápido saludo superficial "¡Hola mamá! ¡Hola papá!", van derechito al refrigerador y después se quejan de que no hay nada bueno para comer?

De nuevo, en este escenario, el tiempo se asocia con el sentimiento de derecho para desterrar la gratitud. Si, por otra parte, una niña, por cualquier razón, ha estado separada de sus padres la mayoría de su vida y después se reúne con ellos, ella sentiría gratitud por cada comida servida, ¡al menos durante el primer mes!

Nuestro sentimiento de derecho nos hace dar por sentado todo lo que tenemos.

Los humanos tenemos un sentido de "ocupantes ilegales" que se extiende al funcionamiento normal de nuestros cuerpos, nuestras facultades, nuestras relaciones, etc. Esto significa que sentimos que tenemos derecho a todo lo que tenemos simplemente porque lo tenemos. Cuando una enfermedad, un accidente o una pérdida nos despoja de algo, no sólo sentimos dolor por la pérdida, sino que también nos sentimos ofendidos porque nuestros derechos han sido violados.

El padre de un amigo mío murió a la edad de 91 años. Durante los dos meses previos a su muerte, él estuvo hospitalizado debido a muchas causas. Estaba a menudo inconsciente e incontinente, y sufría toda la indignidad y el dolor que son concomitantes con la ancianidad, la enfermedad y la muerte. Después de morir, además de hacer duelo por la pérdida de su amado padre, mi amigo estaba enojado con Dios porque alguien tan bueno como su padre haya tenido que terminar su vida de esa manera. A menudo su enojo excedía su tristeza.

En lugar de sentirnos agradecidos por nuestros años en la fiesta, nos sentimos resentidos cuando la fiesta termina.

Ascender en la Escalera Mecánica Descendiente

Nuestro sentido de derecho nos hace dar por sentado todo lo que tenemos. Esta mentalidad nos condena a buscar felicidad, experiencias y relaciones siempre nuevas. Nuestros viajes al exterior deben ser siempre a destinos cada vez más exóticos, cada nueva esposa debe ser más joven y más linda que la anterior. Nuevo, más y mejor se convierte en nuestro objetivo que siempre se esfuma.

Desgraciadamente, esta búsqueda de felicidad está destinada a fracasar. Toda nueva adquisición eventualmente se convierte en vieja. "Más" nunca es "suficiente". Y lo que hoy es "mejor" siempre será superado mañana por lo "aún mejor". Nosotros estamos, por naturaleza, andando en una escalera mecánica descendiente. Si nos quedamos quietos, el momento de nuestra insensibilización siempre nos llevará hacia abajo, hacia menos felicidad.

Todo, en todo momento, es un regalo de Dios.

El judaísmo, la religión que significa "agradecimiento", ofrece un antídoto: entender y aceptar que todo, en todo momento, es un regalo de Dios.

Los sabios nos enseñaron que Dios recrea el mundo constantemente. Entonces si puedes leer estas palabras, es porque Dios te está dando el regalo de la vista, ¡en este preciso momento! Tienes vista no porque siempre has tenido vista. Tú vista es un regalo de Dios en este instante, sólo porque Dios se digna a darte el regalo de la vista.

La forma particular que el judaísmo ofrece para re-sensibilizarnos son las bendiciones. Cada bendición es un escalón hacia arriba en la escalera mecánica. Un judío recita una bendición antes y después de comer o tomar cualquier cosa, incluso un vaso de agua. Las primeras palabras cuando nos levantamos son "Modé aní", expresando gratitud por otro día de vida. Las plegarias de la mañana comienzan con una serie de bendiciones agradeciendo a Dios por todo, desde la vista hasta la habilidad de pararnos erguidos, desde las ropas que vestimos hasta la energía que nos permite afrontar el día a pesar del cansancio.

Cada uno de nosotros es un huésped invitado a la fiesta de Dios. Eso significa que ya sea que nos sirven Chivas Regal o soda, bife de carne o granos de soja, no tenemos derecho a presentar reclamos en contra del anfitrión. Incluso aunque seamos muy buenos huéspedes, comportándonos completamente de acuerdo a las leyes de etiqueta, no tenemos derecho a insistir en nada, tampoco a llevarnos los cubiertos de plata solamente porque los utilizamos apropiadamente.

Aun los invitados en una fiesta de cumpleaños de seis años saben que no deben quejarse si se les sirve torta y no helado. Incluso si no recibieron el pedazo exacto que les gustaba, saben agradecer al anfitrión cuando se van.