El 9 de diciembre de 1995, Jean-Dominique Bauby, editor en jefe de la revista Elle, tuvo un infarto y quedó en coma. Veinte días después se levantó con sus habilidades mentales intactas, pero paralizado físicamente con el síndrome del enclaustramiento. Sólo podía mover su cabeza y sus ojos. Escribió el libro La escafandra y la mariposa pestañeando con su ojo izquierdo.

En su libro, Bauby describe su vida previa al infarto y su experiencia encerrado en su propio cuerpo luego de este. Escribió el libro usando un transcriptor que pasaba por todo el alfabeto hasta que Bauby pestañeaba para elegir la siguiente letra. Necesitó 200.000 pestañeos para escribir la obra, a un promedio de dos minutos por palabra.

En el prólogo, Bauby escribió:

A través de la deshilachada cortina de mi ventana, un pálido brillo anuncia el comienzo del día. Me duelen los talones, mi cabeza pesa una tonelada y algo similar a un capullo gigante invisible aprisiona todo mi cuerpo. Mi cuarto emerge lentamente con el brillo. Me detengo a mirar cada objeto: fotos de seres queridos, los dibujos de mis hijos, posters, el pequeño ciclista de lata que me envió un amigo el día previo a la carrera Paris-Roubaix y el soporte del suero que cuelga sobre la cama en la que he estado confinado estos últimos seis meses, como un cangrejo ermitaño metido en su roca…

Decidí dejar de compadecerme por mí mismo. Además de mi ojo, hay dos cosas que no están paralizadas: mi memoria y mi imaginación… Mi escafandra se vuelve mucho menos opresiva y mi mente toma vuelo como una mariposa. Hay tanto para hacer.

Me imagino a Bauby pestañeando para salir de su mundo paralizado y me pregunto: ¿Cuál fue su secreto? ¿Cómo tuvo la fortaleza para luchar en cada palabra en lugar de sumergirse en su propia pena? ¿Cómo hizo para encontrar la manera de enfocarse lo que aún tenía, en lugar de hacerlo en lo que había perdido?

Murió poco después de la publicación de su libro, pero nos dejó el regalo de su gratitud. Estaba encerrado en su cuerpo, pero usó su mente para liberarse. Nosotros a veces hacemos justamente lo opuesto y nos encerramos en nuestras mentes, permaneciendo desconectados del mundo que nos rodea.

Nada aquí

El año pasado fuimos a un hotel junto al cráter Ramón en Israel. Al atardecer yo estaba parada al borde del cráter, viendo la luz bañar las rocas rojas con un brillo etéreo. Se veía como debe haberse visto el mundo en el comienzo del tiempo: sólo el Creador y el espacio para crear un cráter. El horizonte se fundía en la tierra al tiempo que la noche comenzaba a acaecer.

Entonces, alguien que se encontraba a unos pasos de distancia dijo casi gritando por su teléfono: “No hay nada para hacer aquí. Estoy aburridísimo”.

¿Cómo nos liberamos del síndrome de “no hay nada para hacer aquí”? A continuación ofrezco cinco formas para abrirle la puerta a la gratitud:

  1. Tengo lo que necesito. Esta es una bendición que decimos todas las mañanas: Gracias por proveerme todo lo que necesito. ¿Pero cuántos de nosotros lo creen? En los días en que pienso detenidamente en estas palabras, me quedo anonadada por su verdad. Dios me provee todo lo que necesito, cada parte de mi cuerpo está diseñada para permitirme crecer, dar y cumplir mi propósito en este mundo. Puede que yo quiera cien cosas más, pero esas son cosas que quiero, no que necesito. No conviertas a lo que quieres en lo que necesitas.

  1. Te aprecio. El “te” en esta oración puede referirse a tu pareja, tu compañero de trabajo, tu amigo o incluso al empleado del supermercado. Es bonito si lo dices en voz alta, pero incluso si sólo lo piensas incrementarás tu gratitud y, además, terminarás fortaleciendo tus relaciones. Cuando nos concientizamos del valor de nuestros amigos y familiares, terminamos tratándolos mejor y apreciándolos cada vez más.

  1. Creer. Es muy difícil sentirse agradecido en un mundo caótico y sin sentido. Tenemos que creer en algo que está más allá de nosotros mismos, y necesitamos saber en qué creemos y no temer pararnos detrás de ello. Cuando nos enfocamos en nuestros valores y en lo que sabemos que es verdad, no sólo agradecemos por lo que tenemos hoy, sino que también tenemos esperanza por el potencial del mañana.

  1. Esto es lo que amo. Una vez tuve la siguiente asignación en un curso de sicología positiva: Escribe todo lo que amas sobre tu vida. Me sorprendió lo difícil que fue comenzar esa tarea, pero una vez que la comencé fue difícil parar. El aroma del café, la forma en que la vereda centellea con la luz de la mañana, la risa de un hijo, flores, libros, correr, las velas de Shabat, las conversaciones profundas, el color del cielo después de la lluvia… Incluso si eliges una cosa por día, al destacar lo que amas de tu vida aumentará tu gratitud.

  1. Quiero saber. Sé curioso sobre el mundo que te rodea. Pregunta cómo funcionan las cosas. Pregúntate por qué. Interésate en otras personas y en la forma que ven el mundo. Hacerlo te ayudará a estar en sintonía con tu entorno y a reconocer la belleza que hay en tu vida.

Cada tanto vuelvo a leer el primer párrafo de La escafandra y la mariposa. Pienso en las veces en que he pensado que no hay nada para ver, nada para hacer, nada por lo que estar agradecida. En ese momento cierro mis ojos y recuerdo. La gratitud misma es un regalo que se nos ofrece cada día; verlo depende de nosotros, recibirlo depende de nosotros. Destraba tu mente. Hay tanto para hacer.