En un viaje reciente de una semana a Europa, llevé solamente un pequeño bolso de mano de cuero marrón. Con dos sweaters, tres pulóveres de cuello alto, un par de orejeras y una bufanda, yo tenía todo lo que necesitaba para unas maravillosas vacaciones europeas.

Algunos años antes, yo había viajado al exterior por cuatro meses, con el mismo bolso marrón. De alguna manera, incluso en un viaje mucho más largo, yo tenía todo lo que necesitaba.

Cuando pasé sin ningún esfuerzo a través de la aduana la semana pasada, el inspector de aduana me preguntó maravillado: “¿Cómo es que viaja con tan poco equipaje?”.

Yo he tenido la suerte de viajar mucho, y de algo estoy segura: llevar una maleta grande no asegura nada, ni en el norte de Tailandia, ni en África occidental, ni en Sudamérica. No quiero pasar ni un momento de mi viaje cargando y arrastrando. Me gusta tener libertad de movimiento, cambiar de dirección rápidamente. Todo lo que puedo, lo dejo atrás.

Todo se trata del objetivo. Cuando yo salgo de vacaciones, usualmente gasto mucho dinero e invierto mucho tiempo para ir a un lugar nuevo. Yo quiero aprovechar cada momento. Quiero estar espiritualmente despejada, quiero que mi atención esté volcada hacia afuera, hacia la arquitectura que me rodea, o hacia las ilustraciones, o la belleza natural intacta. Quiero conocer gente, quiero tiempo para pensar. Y para hacer esas cosas, necesito sentirme aliviada y debo pasar el mínimo tiempo posible en mi cuarto de hotel probándome ropa, peinándome, y mirándome en el espejo, a mí misma.

Para lograr mi objetivo, yo acepto que no tendré una docena de camisas de diferentes colores para elegir. No necesito diferentes maquillajes para combinar con la docena de trajes que no llevo conmigo. No necesito el kit de peinado para seis tipos de peinados que combinan con los trajes. Yo se que todo lo que voy a necesitar es un guardarropas mínimo, un peinado simple, y una gran actitud.

Cuanto menos “equipaje” yo llevo conmigo, más fácil me resulta ver el mundo que me rodea, para ver en dónde puedo servir de ayuda, en dónde soy útil.

Interesantemente, estas guías para unas buenas vacaciones también son muy buenas herramientas para una buena vida de vuelta en casa. Cuanto menos “equipaje” yo llevo conmigo, más fácil me resulta ver el mundo que me rodea, para ver en dónde puedo servir de ayuda, en dónde soy útil. Cuanto más tiempo paso revolcándome en opciones de lo que voy a vestir y lo que voy a comer, menos tiempo tengo para encontrar la experiencia nueva y única del día que tengo por delante.

Se cuenta una historia acerca de un grupo de viajeros que visitó al Jafetz Jaim, un gran sabio de principios del siglo 20. Ellos estaban asombrados de ver su departamento completamente vacío. “Rabino”, preguntaron, “¿en dónde están sus muebles?”.

“Bueno, ¿en dónde están los suyos?”, respondió el sabio.

“Nosotros no tenemos muebles”, respondieron, “porque sólo estamos de paso”.

Él sonrió, “Yo también lo estoy”.

Mientras que es poco probable que alguno de nosotros elija vivir sin muebles, la lección todavía puede ser aprendida. Esta vida no se trata de adquirir cosas. Algunas cosas son necesarias para vivir, algo de comida, algo de ropa, algún refugio, pero en un determinado punto es suficiente, y entonces hay más que suficiente, sobrecargándonos. Nosotros compramos cosas, y desordenamos nuestras casas con ellas, porque creemos que mejorarán nuestras vidas, pero mientras las limpiamos y conservamos, y las analizamos y las reparamos, esas cosas pueden drenar nuestras vidas y evitar que nos ocupemos de vivir.

Lo mismo con el enfoque en uno mismo, es maravilloso verse saludable y atractivo, pero en un punto crear una fachada pasa a ser más importante que vivir la vida.

Es fácil controlar con cuánto viajo, yo viajo sólo con lo que entra en el pequeño bolso de cuero. Es mucho más difícil trazar límites alrededor de lo que poseo, controlo, y recolecto cuando no estoy viajando. Es más difícil decir no a lo trivial en favor de lo trascendental – o incluso saber que es lo trascendental – cuando no estoy en un museo de arte de primera categoría, en el Gran Cañón o en el Muro de los Lamentos.

Pero las mismas reglas generales se aplican una vez que llegas a casa. Elige un par de trajes, las actividades más importantes, y una gran actitud, y deja el resto atrás. Yo mantengo el pequeño bolso marrón en el armario, como un recordatorio de lo poco que hace falta para ser feliz.