Rajel era una mujer elegante y bien vestida de 43 años. La conocí cuando fue a mi consulta después de un amargo divorcio de quien había sido su marido por 15 años. Pero bajo su digno exterior, yacía una mujer exhausta que hablaba de un dolor insoportable y de la angustia de su infeliz matrimonio.

Sin embargo, a pesar de la ira que sentía hacia el hombre que según ella “les había quitado la sensación de seguridad” tanto a sus hijos como a sí misma, Rajel estaba consciente de algo que a todos nos vendría bien aprender. Ella se daba cuenta que culpando a su marido por su miseria —más allá cuán fácil y justificado fuera— sólo la mantendría estancada. Hacer que su bienestar emocional dependiera de las acciones de otra persona sólo la haría sentir como una víctima. Rajel sabía que era responsable de sanar su propia vida y que su felicidad dependía exclusivamente de ella.

La clave de la salud mental es reconocer que uno puede elegir estar bien emocionalmente, incluso cuando las cosas no salen como uno quisiera. En ese aspecto, Rajel estaba en una posición ventajosa; ella estaba dispuesta a dejar de acusar y también estaba dispuesta a asumir responsabilidad por su futuro. Aún debía transitar el camino de dejar atrás la ira y el dolor, lo cual era un enorme desafío debido al dolor que había estado cargando durante tantos años. Pero a pesar de todo, Rajel tenía esperanza y estaba dispuesta a esforzarse.

Al aferrarnos a la ira no herimos a la otra persona; nos herimos principalmente a nosotros mismos.

Aferrarse a la ira es como sostener un objeto afilado en la palma de la mano. Cuanto más aprietas, más sufres. Culpar a otros diciendo “me enoja tanto” o “me está arruinando la vida” es como culpar al objeto afilado por nuestro dolor, ¡cuando en realidad somos nosotros quienes estamos apretando! Cuando dejamos ir la ira y el resentimiento es como si soltáramos el objeto afilado.

Al aferrarnos a la ira no herimos a la otra persona; nos herimos principalmente a nosotros mismos.

En base a mi experiencia como terapeuta especializada en relaciones interpersonales, descubrí seis pasos para dejar detrás el agudo dolor y la toxicidad de la ira, y alcanzar la paz interior y el balance emocional.

Primer paso: identifica la pérdida

¿Has compartido alguna vez un dolor profundo con otra persona que inmediatamente te ha dado un consejo sobre cómo superarlo? La mayoría de nosotros puede identificar la resistencia que sentimos cuando nos contamos nuestros problemas e inmediatamente nos responden que “veamos el lado positivo”, que “pensemos positivo” o que “tratemos de perdonar”. Antes de eso debemos identificar cómo hemos sido heridos y cuál fue exactamente la pérdida.

Para Rajel, el puro hecho de poner en palabras lo que ella percibía como su pérdida más grande fue un alivio: el placer de amar y de ser amada por otra persona, el desafío de sus hijos de no haber tenido una infancia normal y saludable. En este primer paso, Rajel no necesitó mirar la situación desde otro ángulo, sino que sólo necesitó admitir su pérdida y permitirse sentirla.

Segundo paso: permítete lamentarte

Las leyes judías de duelo son un sabio sistema de pena escalonada. En las primeras etapas, el doliente no responde a los saludos y se queda en casa; cuando la herida es tan fresca, es demasiado temprano para ofrecer consuelo.

Dejar pasar la ira es lo mismo. Una persona necesita tiempo para aceptar que el dolor es real. La negación —“¡Estoy bien! ¡Soy fuerte! ¡Lo voy a superar!”— no es un indicador de fortaleza.

Tercer paso: deja que la compasión reemplace al resentimiento

Hay un dicho: “Las personas lastimadas, lastiman a otras personas”.

Una vez que la persona ha transitado los dos primeros pasos para abandonar la ira, entonces suele estar lista para la difícil pero liberadora tarea de cambiar el foco. Para ello hay que reconocer que las personas sólo actúan mal cuando se sienten mal. Si alguien te hirió, entonces tómate un momento para analizar el historial de la otra persona. Seguramente esa persona también se estaba tratando muy mal a sí misma, y el comportamiento hiriente y exasperante proviene de una profunda reserva de dolor personal.

Cuando nos enfocamos en el mal comportamiento y en lo que la persona nos hizo, entonces naturalmente sentimos resentimiento. Pero si vemos más allá de ese comportamiento particular y somos capaces de apreciar que debajo de la superficie hay una persona dolida y llena de cicatrices emocionales, entonces podremos remplazar el resentimiento con la compasión.

Cuarto paso: perdona

Mientras continúes con furia y sin perdonar, continuarás apretando el objeto afilado que hay en tu mano, culpándolo por tu dolor y olvidando que tú eres quien está apretando.

Perdonar no significa consentir ni justificar malas acciones, ni tampoco implica volverse a unir con el agresor. Perdonar significa abandonar tu deseo de revancha y la expectativa de que el agresor compense el daño; significa desatar los nudos que te mantienen enmarañado espiritualmente; es una decisión consciente y deliberada, sin la cual una persona no puede tener una curación completa.

Quinto paso: busca el tesoro escondido

Todo lo que hace Dios es por amor, para nuestro bien y tiene un objetivo. Incluso en este mundo, en el que parecen haber tantas dificultades, podemos buscar el tesoro oculto que hay tras el dolor.

Recuerdo cuando saqué una arrugada hoja de papel de la mochila de mi hija. En el margen superior decía: “Estoy agradecida por…” y continuaba describiendo muchos desafíos diferentes que todos enfrentamos, junto a las bendiciones ocultas que hay en ellos. Es una fórmula simple, pero cambia la vida:

Estoy agradecida por (inserta un desafío que estás viviendo) porque significa que (inserta el tesoro oculto que hay tras esa lucha).

(Mi favorito es: “Estoy agradecida por mi hija adolescente que se queja por tener que lavar los platos… porque eso significa que no está en la calle”).

Rajel encontró muchos tesoros escondidos. Aquí hay algunos de ellos:

Estoy agradecida por el dolor de mi divorcio… porque me ayudó a entender qué cosas son importantes para mí y qué comportamientos no aceptaré. Me ayudó a estar más cerca de convertirme en la persona que sé que tengo que ser para poder tener un matrimonio saludable basado en el respeto mutuo”.

Sexto paso: escribe una carta

El último paso en el tratamiento de la ira es volcar las ideas en un papel (¡si es que todavía existe esa posibilidad!) y escribirle una carta a la persona que te hirió. La mayoría de las veces lo mejor es no enviar esta carta; la gente que sufre de baja autoestima (que es el caso de la mayoría de los agresores) probablemente recibirá esas palabras de forma distorsionada.

Pero poner las heridas y las frustraciones en papel ayuda a liberar la furia. Cuando una persona clarifica su pérdida y desea perdonar e ir más allá del resentimiento, por lo general sentirá una liberación automática de la ira que lo ha debilitado durante años.

Rajel le escribió una carta a su marido, me la leyó en voz alta y luego la hizo añicos. Fue el hecho de escribirla —y no de enviarla (ni una expectativa de respuesta)— lo que la liberó.

Todos queremos estar enfocados y disfrutar la vida. Todos queremos ser capaces de ver a Dios en nuestras vidas y de poder agradecerle por las bendiciones infinitas que nos brinda constantemente. Todos queremos disfrutar a nuestros hijos y ser padres efectivos. Todos queremos ser amorosos y mostrarle aprecio a nuestra pareja. Todos queremos ser amigos leales y empleados productivos.

Pero si sentimos ira no podremos vivir a la altura de esos valores que son tan importantes para nosotros; estaremos saboteando esas relaciones con ira, críticas, negatividad y aislamiento.

El balance interior y la seguridad personal emanan de un compromiso absoluto a asumir responsabilidad por la calidad de nuestra vida. Esto incluye la voluntad de liberar toda la ira que estemos cargando. Todos — independientemente de qué traumas hayamos experimentado— tenemos la capacidad para lograrlo.