Veinticinco años atrás, comencé a estudiar teología en Harvard Divinity School desde una perspectiva muy liberal. Desde esta perspectiva, Dios era un tema académico, algo abstracto.

La razón por la cual opté por esa perspectiva “moderna” de ver a Dios fue porque la manera tradicional de verlo no me gustaba. Pero después de mucha introspección me di cuenta de lo que me estaba molestando. En verdad, me di cuenta de que la manera tradicional era muy amenazadora, pues implicaba tomar a Dios como un “ente” real.

Después de todo, si Dios es sólo un concepto, entonces no le debo nada y no tengo que cambiar mi vida de ninguna forma. Pero si Dios realmente está ahí y realmente es el Creador del universo, entonces lo tengo que tomar en serio. Y eso significaba cambiar mi vida de manera significativa.

En el momento que me di cuenta de lo agradecido que debería estar con Dios, supe que mi vida nunca sería igual. Ahora, Dios se convirtió en el centro de mi vida. No pude seguir dejando a Dios en la periferia.

El tercer paso

Tomar conciencia del agradecimiento que debemos sentir hacia Dios es la clave para "enamorarnos" de Él. Es el tercero de los tres pasos en el proceso.

Vamos primero a repasar los primeros dos pasos del proceso para luego explicar el tercero detalladamente.

El primero de los pasos requiere que desarrollemos una apreciación de lo increíble que es la vida. Para enamorarnos de Dios debemos primero enamorarnos de la vida. Y recién cuando apreciemos lo buena que es la vida, podremos apreciar lo bueno que es Dios.

Una vez que apreciamos lo mucho que tenemos podemos seguir con el segundo paso que es desarrollar una actitud de gratitud. Esta actitud significa reconocer que todo lo que tenemos es un regalo y que no nos merecemos nada.

La gratitud es el enlace para conectar lo bueno de la vida con su origen: Dios. Gratitud significa decirle “gracias” a Dios por toda la bondad que nos ha dado. Cuando entendemos que no todo es un regalo sino también un préstamo, sentiremos una tremenda cercanía a Dios.

El tercer paso para enamorarnos de Dios es tal vez el más difícil. Nos hace sentir incómodos y lo queremos evadir. Después de todo a nadie le gusta sentirse endeudado con otra persona.

Sin embargo, para experimentar a Dios profundamente tenemos que enfrentar la realidad de que estamos endeudados enormemente con el Creador del Universo.

Si perdieras tus manos y alguien te diera unas nuevas, no sólo sentirías una gratitud enorme sino también un endeudamiento muy grande. Con más razón le debemos al Creador del universo, que no sólo nos dio manos, sino también pies, ojos, un cerebro, etc.

Uno podría decir “pero yo no pedí esas cosas”. No importa, tal vez no le pediste nada a la persona que salvó tu vida cuando te estabas ahogando, ¡pero estás en deuda de cualquier forma!

Sin embargo, hay gente que puede sentir: “¡Hubiera sido mejor que no me salvara la vida!”. Por más extraño que parezca, hay gente que tiene una visión tan mala de su vida que en lugar de sentirse agradecida con Dios por la vida que le dio, se siente enojada por haberla puesto en una situación tan mala.

Mi opinión es que tal actitud es el resultado de haber soportado mucho dolor, decepción y desilusión. Aquellas actitudes requieren un cambio total de perspectiva.

Un cambio total

El judaísmo dice que la vida es esencialmente buena, pero a causa de las dificultades de la vida podemos perder el enfoque fácilmente. Es por eso que es tan importante trabajar constantemente en nuestras actitudes. No podemos sentirnos en deuda a menos que tengamos una apreciación de la vida y una actitud de gratitud hacia Dios.

Sí, sentirse en deuda es un sentimiento incómodo porque cada uno de nosotros tenemos un impulso fuerte de ser autónomos, independientes, y sobre todo queremos tener el control de las cosas. Cuando estamos en deuda con otra persona por algo que nos hizo, perdemos un poco de nuestra libertad, independencia y control. El beneficiario ha ganado poder sobre nosotros.

Nuestros Sabios nos dicen que honrar a nuestros padres es uno de los mandamientos más difíciles de cumplir. ¿Por qué? Porque honrar a nuestros padres significa vivir con una constante conciencia de que nos dieron la vida y que por eso estamos en deuda con ellos por siempre. Así como nuestro ego se resiste a reconocer lo que le debemos a nuestros padres, más aún se resiste a reconocer nuestra deuda con Dios.

Le tememos al pensamiento de vivir en un estado de constante sentimiento de deuda con Dios pensando que se nos acabará nuestra libertad y el control sobre nuestras vidas. Este es un pensamiento muy temido y es muy normal que uno se resista a ello.

Dejando la incomodidad

Hay sólo una forma de dejar atrás el sentimiento de incomodidad. Debemos dirigirnos con nuestra cabeza y no con nuestros corazones. Debemos preguntarnos: “¿Es verdad o no?”.

Si podemos admitir intelectualmente que estamos en deuda con Dios, entonces la resistencia de nuestro ego empezará a disolverse y la incomodidad emocional empezará a disiparse; no sólo será más fácil tolerarlo sino que será, nada más y nada menos, que una transformación.

El Rey David describe esta transformación como “el rompimiento del corazón”. Esta es una experiencia de sumisión total hacia la verdad de que le debemos a Dios todo lo que tenemos. Es dejar de lado la ilusión de que estamos en control y somos autónomos. Es la experiencia de reconocer la verdad de que somos “radicalmente dependientes” de Dios por todo lo bueno que nos ha dado. Para reconocer eso se requiere humildad.

Cuando reconocemos y aceptamos que estamos en deuda con Dios, obtenemos una claridad que puede cambiar nuestra vida para siempre. Nuestra concepción propia es transformada cuando reconocemos nuestra dependencia total de Dios, así como nuestra relación con el universo. Descubrimos quiénes somos realmente y cuál es nuestro lugar en la creación.

Después de esta experiencia, ¡nada será igual! Es un cambio en el paradigma cósmico. Y más aún, nuestra conexión con Dios se transforma en algo real y vivo.

Recuerdo el momento en el cual dejé de pelear en Harvard y me “sometí” a esta verdad. Fue espeluznante y estimulante a la vez. Y esa transformación ha cambiado la manera en la cual me veo a mí mismo en el universo, hasta hoy en día.

Búsqueda interna

Al estar consciente y vivir con la humildad del endeudamiento con Dios de una manera regular, sentirás una cercanía a Dios muy real. Después de esta experiencia Dios no puede permanecer como algo abstracto. Será muy real. La herramienta más importante que puedes utilizar para crecer de esta forma es preguntarte lo siguiente:

  • ¿Cuál es mi definición de Dios?
  • ¿Es verdad que Dios es la fuente de todo lo bueno que tengo?
  • ¿Si Dios es la fuente de todo lo bueno que tengo, le debo algo?
  • ¿Qué me impide reconocer mi total endeudamiento con Dios?

Si eres honesto, estas preguntas te llevarán a la increíble experiencia de ponerte en contacto con Dios de una forma radicalmente diferente.