Cuando mi hijo Yehuda nació con síndrome de Down, supe que mi vida iba a cambiar para siempre, pero de alguna manera nunca imagine nada como esto. Aquí estaba, tres años después, sentada en un centro de desarrollo neurológico para niños, con mi maravilloso pequeño hijo quien estaba caminando, corriendo hacia abajo por las rampas, escalando el tobogán, diciendo casi 1000 palabras, algunas frases cortas, siguiendo fácilmente órdenes de tres pasos y entendiendo todo. Bastante bien, ¿Cierto?

Pero todo lo que yo estaba recibiendo era una desaprobadora sacudida de cabeza de Matthew, el director del centro.

“Seguro, él es un lindo niño y está haciendo las cosas bien, pero podría hacerlo mucho mejor. Necesitas presionarlo más allá de su nivel de comodidad”.

Él se estaba refiriendo específicamente a una parte de su intenso programa de desarrollo llamado dispositivo anti-gravedad. Es un arnés, conectado a un amortiguador con las cuerdas de goma que cuelgan del techo, en el cual el niño es colocado y se balancea, salta, se mueve, rota y hace piruetas en todas las direcciones por cierta cantidad de tiempo y grados de intensidad.

Aparentemente, astronautas se someten a un entrenamiento similar antes de ir al espacio, donde aprenden a manejar los sentimientos naturales de nauseas que sienten en un ambiente sin gravedad, capacitándolos en el control de sus movimientos en el espacio con mayor eficiencia.

Mi hijo no juega a ser un astronauta (no todavía), pero había sido puesto en este “entrenamiento” de salto para desarrollar su función vestibular (equilibrio), coordinación y balance y eventualmente la habilidad de desafiar la gravedad a voluntad, como saltar, subir, brincar, correr largas distancias. Él amaba esta parte del programa de desarrollo mental – expresando placer riendo y cantando mientras volaba y saltaba en todas direcciones. Yo orgullosamente le conté a Matthew cuan obviamente bien le estaba yendo a nuestro hijo (y a nosotros, en ejecutar esos saltos difíciles) y ahí fue cuando recibí el siguiente consejo:

Tu necesitas subir el nivel de exigencia hasta el punto en donde él se sienta un poco incomodo y aprensivo.

“Él no debería estar riendo y disfrutando de si mismo mientras cuelga de esa manera”, el empezó a explicar. “Piensa en eso. Tú y yo estaríamos vomitando después de tres minutos de acrobacias. El hecho de que él disfrute significa que su cerebro no está captando el mensaje. Su cerebelo no está creciendo y no está desarrollándose lo suficiente como para lograr el tipo de coordinación y balance que él va a necesitar para funcionar normalmente. Tú necesitas intensificar la fluctuación, subir el nivel de exigencia hasta el punto en donde él se sienta un poco incomodo y aprensivo. Eso sí sería una buena señal”.

No sé mucho de desarrollo mental, pero como padres tratando de maximizar su potencial, tenia sentido. Así como tus músculos no se desarrollan si no trabajas duro y sudas, levantas pesas y te exiges a ti mismo, el cerebro de un niño necesita ser presionado más allá del nivel de comodidad para crear nuevos circuitos y neuro-conexiones.

Esto también tiene sentido en un plano espiritual. Dado que la Torá es el plano de la creación, todo en el mundo físico representa un concepto de la realidad espiritual. La Mishná en "Ética de los Padres" establece, “De acuerdo al esfuerzo es la recompensa” (Ética de los Padres, 5:26).

La complacencia es el enemigo del crecimiento espiritual. Al grado que te esfuerzas para ir en contra de la respuesta instintiva y tomar opciones más difíciles, desarrollas nuevas capacidades espirituales, creas nuevos circuitos del alma. Si tú sólo pasas a través de la vida, riendo y regocijándote de placer, no desarrollaras los músculos espirituales.

Llamé a Matthew unas semanas después para informarle que Yehuda estaba ahora un poco triste por la versión intensificada de la rutina del saltador, gimoteando y quejándose tan pronto como lo colocábamos en el oscilador. ¿Deberíamos parar o disminuir un poco la intensidad?

“¿Parar? ¡No! ¡Estas son noticias estupendas!”, él dijo. “Mantengan el nivel de exigencia – es perfecto. Yehuda está ahora desarrollando las nuevas conexiones vestibulares en su cerebro. Ustedes están haciendo un gran trabajo. Y saben que”, él agregó, como si impartiera un secreto maravilloso, “mientras más esfuerzo tú pongas, más desarrollara Yehuda sus funciones como un niño regular. No hay nada que lo detenga. Todo está en ti”.

Todo está en ti… Olvida la palmadita en la espalda o el permiso de disminuir un poquito. Matthew estaba levantando la barra mas arriba. Él sólo estaba rompiendo la barrera de comodidad de Yehuda, él estaba presionándonos a mí y a mi esposo a ir más allá de nuestras propias limitaciones.

En este riguroso, y completo programa que tomamos para desarrollar activamente el cerebro de nuestro hijo, tuvimos que estirar y flexibilizar no sólo nuestros músculos físicos, sino que nuestros músculos espirituales también. Junto con un poco de paciencia (que sabia que no tenía previamente), fui forzada a desarrollar un gran sentido de humildad al darme cuenta que no podía controlar o completar nada por mí misma – sólo Dios controla los resultados. He aprendido a apreciar más que nunca el poder de la plegaria. Me di cuenta que mi grandioso sueño de cambiar el mundo a una escala pública, no es tan importante como trabajar para ayudar a mi pequeño hijo – discretamente y en privado – y así también a mis otros hijos, a actualizar su potencial.

Los últimos dos años pueden no haber sido confortables, pero bastante seguido tengo un sentimiento verdadero de satisfacción y excitación que surgen al hacer algo importante y significativo. Es como si el esfuerzo por si mismo fuera generando la energía necesaria para continuar, algo así como el ímpetu que tienes después de una hora en el gimnasio.

¿Puede el alma producir endorfinas?