Todavía recuerdo lo que sentí cuando nació mi primer hijo, un varón. Fue un embarazo planificado y deseado y nació un bebé maravilloso y sano. Me sentí transportada a otra dimensión. Escribí un diario a su nombre, le cambié la ropa varias veces al día y repetí cada cosa increíble que él hacía a todos los que estaban dispuestos a escucharme. Sentía que él era el máximo logro de mi vida. Cuando me preguntaban “¿Qué quieres que sea tu hijo cuando crezca?”, yo simplemente respondía: “Feliz”.

Crecí en un hogar secular en medio del más moderno gueto judío de Toronto. Todos sabían que yo era judía, sin embargo, nunca pertenecimos a una sinagoga. Sólo mi hermano asistió a un programa de estudios judíos: cuando tenía 12 años para aprender de memoria la porción que debía leer en su Bar Mitzvá. Por eso no me sorprendió que nuestros amigos y parientes bromearan cuando nuestro hijo tenía cuatro años y lo inscribimos en un curso de estudios judaicos, lo cual requería afiliarse a una sinagoga. En esa época la única sinagoga que había en nuestra ciudad era reformista, y decidimos que era una buena opción para nuestra familia multicultural e interreligiosa. Esa fue la primera vez que fui miembro de una sinagoga.

Dado que antes de casarnos con mi esposo decidimos que era importante brindar una educación religiosa y que los niños serían judíos, yo era la responsable de la educación religiosa de nuestros hijos. Para lograrlo, necesitaba la ayuda de una comunidad. Al acompañar a mis hijos de tres y cuatro años a los servicios los viernes por la noche, sentía que yo era la única en esa habitación que no sabía nada. No conocía ninguna de las canciones, ni los rezos, ni las historias de la Biblia… Era abrumador. Como nunca evité ningún desafío, decidí que mi misión era asistir cada semana con mis hijos, participar en cada clase de estudio de Torá, lecciones de hebreo y grupos de discusión disponibles. Lentamente, después de varios años, llegué a sentirme cómoda.

En ese momento, con tres niños pequeños, comencé a asumir roles de liderazgo en la dirección de la sinagoga y me sentí muy contenta de haber encontrado un lugar que aceptaba mi extraña familia mezclada. Un lugar que nos acogió, nos enseñó y nos incluyó. Decidí que haría mi Bat Mitzvá para celebrar mi cumpleaños número 40. Estudié mucho para preparar mi sección de la Torá, la Haftará y mi sermón. Luego decidí enseñar en la escuela para seguir perfeccionando mis habilidades. Durante muchos años enseñé hebreo a adultos principiantes y comencé a sentir que sabía bastante.

Su educación judía

Siempre fue algo obvio que mis hijos viajarían a Israel al terminar sus estudios. Cada uno se graduó y viajó. Y cada uno, a su manera, se enamoró de la tierra. Muy rápido, mientras yo giré la cabeza, los niños se convirtieron en jóvenes y mi primogénito comenzó su propia exploración espiritual. Su asistencia regular a la sinagoga y los roles de liderazgo en el grupo juvenil reformista me llevaron a pensar que él era un joven feliz y satisfecho con su religión. Sin embargo, al involucrarse en los grupos judíos universitarios, descubrió que hacían las cosas de una forma más observante para permitir la participación de todos los estudiantes. Lentamente comenzó a cuestionar ciertos aspectos de su educación judía y gradualmente adoptó nuevas prácticas.

Mi hijo asistió a conferencias en Nueva York, Florida, California e Israel. Aunque durante su primer año en la universidad enseñó en la sinagoga reformista y en la escuela de su ciudad, al segundo año comenzó a asistir a una sinagoga ortodoxa y estableció una relación muy cercana con el Rabino. Esperó para usar una kipá hasta que sintió que podía ser un modelo para las demás personas que lo identificarían como judío. Desarrolló un amor por Israel y a través de su participación en programas judíos viajó a Israel ocho veces durante sus años universitarios. Observé todo esto, traté de apoyarlo, pero en mi corazón temía el rechazo y las complicaciones.

Diferentes escuelas de pensamiento

A medida que incrementó su observancia, mis amigos se sintieron con el derecho de comentar sobre la tragedia que le había ocurrido a mi familia y señalaron todos los problemas que se presentarían. Algunos estaban sorprendidos; otros, enojados. Algunos consideraron irónico que mi hijo se volviera “religioso” y otros no pudieron evitar decirme cómo eso dividiría a nuestra familia y acabaría con todas las esperanzas de un hogar en paz. No sabía si debía entrar en pánico, pelear o aplaudir.

La madre de mi Rebetzin, quien conoció a mi zeide (abuelo), fue quien me dijo cuán orgulloso estaría mi zeide del camino escogido por mi hijo, de su coraje y determinación, y cuán orgullosa debía estar yo de haberle dado la autoestima y la certeza de que yo siempre estaría a su lado, orgullosa, donde fuera que su camino lo llevase. Así que me hice a un lado y lo vi florecer.

Sí, tuvimos desafíos y en muchas ocasiones nos enfrentamos duramente. Hubo palabras que fueron malinterpretadas y los sentimientos estaban en carne viva; pero, gracias a Dios, después de un tiempo, trabajamos sobre esos temas y con mi esposo comprendimos que lo que soñamos para nuestro hijo se estaba volviendo realidad. ¡Él era feliz! Estaba radiante. Él escribía sobre la alegría que le daba el estudio y podíamos ver que era cierto. Comenzamos a compartir sus cartas y todos vieron lo mismo: ¡Él estaba tan feliz! Nuestros amigos y parientes comenzaron a mostrar cierto interés en lo que él estaba haciendo y expresaron admiración por su fuerza de convicción. Cuando finalmente anunció que Israel sería su hogar permanente, que allí deseaba casarse, estudiar y criar a su familia en un ambiente religioso, no me quedó más opción que alegrarme por él. Para ese entonces él se ponía cada día tefilín, cuidaba Shabat y, lo que más demostraba su dedicación, era shomer neguiá (no tener contacto físico con el sexo opuesto fuera del matrimonio).

Yo sabía que mi reacción podía llegar a determinar el futuro de nuestra relación. Analicé cada problema que mis amigas me presentaron como un desafío y sin decir nada comencé a leer, a estudiar y a tratar de entender esa vida que él había escogido y a esas personas que serían una parte integral del resto de su vida. Todo se veía todavía más complicado debido a la distancia y las diferencias básicas de pensamiento. En Norteamérica esperamos que a nuestros hijos les vaya bien en el mundo y eso se mide con una regla secular, en unidades de dinero. Allá, en Israel, para saber si a alguien le va bien eso se mide por su amor al estudio y su servicio a Dios. Allá, él trabajaría para vivir. Aquí, vivimos para trabajar.

Continuando su educación

Después de su aliá, mi hijo me envió información sobre un programa de estudios en Israel para mujeres de mi edad llamado GEM. Como había estado en Israel sólo una vez, me atrajo la idea de regresar, estudiar y visitar a mi hijo israelí y a su hermano (quien había aceptado un trabajo con Livnot U’Lehibanot, un programa de recuperación al norte de Israel).

Mi segundo hijo viajó a Israel después de asegurar que él no era religioso como su hermano y que no estaba interesado en que lo sermonearan. Pero de alguna manera, después de seis meses, estudiaba con un rabino, cuidaba Shabat, cumplía kashrut y usaba kipá y tzitzit. Estaba muy nerviosa. Me veía a mí misma comenzando otra vez sin saber nada, observando desde afuera, sintiéndome “menos que los demás”…. La posibilidad me llenaba de inquietud. Estaba decidida a no aceptar un código de vestimenta y conducta que sentía que les quitaba a las mujeres sus derechos. En broma, les prometí a todas mis amigas que no regresaría usando peluca y les aseguré que sólo iba a escuchar lo que “ellos” tenían que decir para poder entender mejor el camino que eligieron mis hijos.

Justo antes de Shabat llegué con mi hijo mayor al barrio de Har Nof en Jerusalem. Para las tres comidas de Shabat estuvimos invitados en la casa de su Rosh Ieshivá (el director de la Ieshivá) y de otra maravillosa familia de amigos. Me dieron una habitación en el departamento de una joven pareja norteamericana, quienes al igual que mi hijo habían decidido volverse observantes. Todos mis anfitriones me hicieron sentir como un huésped de honor. Esto fue un tema recurrente durante las tres semanas que estuve en Jerusalem.

Las mujeres pensaban y se veían como mujeres modernas. Los hombres miraban con adoración a sus esposas mientras las bendecían por el trabajo para preparar para la festividad y ayudaban a servir, a cambiar el pañal del bebé y con los preparativos de último minuto. Parecía que les encantaba referirse a su pareja como “mi esposo” o “mi esposa” y entre ellos había una electricidad palpable; entendían mutuamente sus sentimientos y necesidades sin necesidad de explicar, persuadir o quejarse. Estaban seguros de que serían cuidados, amados y respetados por su familia si su propia prioridad era cuidar, amar y respetar a su familia. Era muy simple y a la vez muy profundo.

    Me di cuenta que sus decisiones no eran un rechazo hacia mí o hacia mis enseñanzas, sino la elección de un camino propio.

El programa de GEM fue una experiencia increíble y esclarecedora. El programa diario era intensivo. La mayoría de las mañanas estudiábamos cuatro horas con increíbles maestros y rabinos mundialmente reconocidos, teníamos paseos, visitamos a Rebetzins muy conocidas y a la vez sumamente humildes, e hicimos un poco de turismo. Por lo general terminábamos nuestras actividades y regresábamos al hotel a las 11 pm. Gran parte del tiempo lo pasábamos en la Ciudad Vieja de Jerusalem y sentimos que era un lugar muy especial y sagrado. Fui testigo de cosas increíbles, tuve experiencias únicas y conocí a gigantes de Torá… ¡en sus cocinas! Eran experiencias y personas que nunca hubiese tenido o conocido en mi mundo y, lo más impresionante e importante, todo era sumamente relevante. Me alegró haber salido de mi zona de confort. Mis ideas nunca fueron rechazadas y nunca me hablaron sin respeto o sin interés. Nunca hubo un comentario ni una inferencia despectiva.

Seguía buscando a las personas terribles sobre las que me habían advertido… las que no ven más allá de sus narices, que tienen una agenda oculta y que se sienten más justos que los demás, las que arrancarían a mi hijo de mis brazos y nunca más lo dejarían ir a casa… Pero lo único que encontré (y busqué bastante por debajo de la superficie) fue un amable grupo de individuos alegres, firmes en sus creencias y que deseaban compartir su alegría y su conocimiento. Aprendí muchísimo en las clases, en los paseos, en los comedores de las casas, en los callejones de la Ciudad Vieja y en las calles de Jerusalem.

Pero lo que me impresionó todavía más que el estudio y los paisajes, fue la oportunidad de ver a la comunidad desde adentro: ver la paz y el amor en los hogares de las familias que me recibieron en Shabat; la confianza total y el respeto de las familias que me dieron la llave de su departamento cuando ellos no estaban y dejaron notas por todos lados diciendo: “sírvete”; y las palabras amables de la cantidad de familias que alimentaron y alojaron a mis hijos, que trabajaron con ellos y les enseñaron sólo por la alegría pura de compartir su conocimiento. Todas estas cosas me permitieron llegar a sentir una tranquilidad absoluta sobre la decisión que tomaron mis hijos. Entendí que su elección no era un rechazo hacia mí y mis caminos, sino adoptar su propia travesía.

Incorporar la realidad

No, no me volví completamente observante, pero doy pequeños pasos, como concentrarme para tratar de no hablar negativamente en Shabat (cumpliendo las leyes de lashón hará). Voy avanzando. Me siento profundamente satisfecha de que mis hijos estén en un buen camino y de que puedan encontrar en sus vidas la paz y la felicidad que siempre deseé para ellos. Me siento muy orgullosa de que tengan la convicción de seguir el camino menos transitado y escoger la situación de vida que es mejor para ellos. Al mismo tiempo, me doy una palmada en la espalda por haberles brindado la seguridad en sí mismos y la firmeza de carácter necesaria para poder seguir sus caminos lejos de mí.

Sé que a lo largo de los años seguiremos teniendo muchas más discusiones francas y que estaré en desacuerdo sobre muchos temas; pero con mi nuevo entendimiento y su nueva paz, serenidad y creencia en las leyes de la Torá, podremos trabajar sobre cada uno de los desafíos que se nos presenten. Sabemos que el amor que compartimos vale todos los dolores de cabeza pasajeros que podamos sentir debido a la falta de compresión. Pero ni para mí ni para ellos el rechazo se considera como una opción. Cuando llega un gran desafío, recuerdo ese pequeño y adorable bulto celeste que me dieron y mi simple e inocente respuesta a quienes que preguntaron qué deseaba para  el futuro de mi hijo. Quiero que él sea feliz, y sin duda lo es.