Había una vez un hombre que era dueño de una fábrica de lápices. Él fabricaba, vendía y despachaba millones de lápices cada año. Había sólo un pequeño problema. Él estaba perdiendo dinero.

Esto lo desconcertaba enormemente mientras que el negocio parecía ser rápido. Ordenes llegaban. Los empleados trabajaban duro. Los lápices eran de la más alta calidad posible. Y camiones cargados de lápices dejaban la fábrica todos los días. Incluso las cuentas por cobrar parecían estar en orden.

Entonces el llamó a un contador especializado en análisis de negocios y resolución de problemas para encontrar el problema. Por dos semanas sus finanzas fueron examinadas en cada faceta de las operaciones – pequeñas y grandes – y luego entregó su reporte.

“He auditado cada aspecto de la Compañia de Lápices Acme con un peine fino. La firma ciertamente está haciendo una enorme cantidad de negocios. La razón de por qué la compañía está perdiendo dinero, sin embargo, es bastante simple. Les está costando tres centavos hacer cada lápiz, y los están vendiendo a dos centavos cada uno”.

El dueño había caído en una trampa clásica – él olvidó por qué había comenzado el negocio en primer lugar. ¡Él no comenzó el negocio para hacer lápices, él comenzó el negocio para ganar dinero!

La próxima vez que tengas un poco de tiempo, dirígete a una calle agitada, quédate en una esquina, y observa… sólo observa. La gente va de un lado a otro — cada uno haciendo sus cosas. Algunos se mueven rápido, otros andan sin prisa.

Si tú pudieras entrevistarlos y preguntarles hacia donde están yendo, escucharías todo tipo de repuestas diferentes. Algunos de ellos están yendo a tomar el autobús, otros van camino a la escuela. Algunos deben estar yendo al gimnasio; otros al doctor. Algunos deben estar llevando a sus hijos al parque; otros pueden estar yendo a rezar. Nada inusual sobre eso.

Pero si la entrevista pudiera continuar, aprenderías mucho mas haciéndoles una pregunta diferente: “¿Por qué?”.

La señora tomando el autobús puede decirte que está viajando al trabajo. El que va a la escuela puede explicarte que esta tratando de obtener un diploma en ingeniería. El que va al gimnasio le gusta mantenerse en forma y el que va al doctor quiere estar sano.

Los que van de un lado a otro pueden no tomar amablemente la pregunta “¿Pero, por que?”. Ellos prefieren ir de un lado a otro, no preguntarse por qué.

Pero no te detengas ahí – pregunta una vez mas: “¿Pero, por qué?” ¿Por qué quieres estar sano, por qué necesitas un diploma?

A estas alturas tú necesitas ser un poquito más cuidadoso. La gente que va de un lado a otro puede no tomar amablemente la pregunta “¿Pero, por qué?”. Ellos prefieren ir de un lado a otro, no preguntarse por qué. Tu inocente pregunta puede estar presionando ciertos botones que ellos preferirían no tocar. Ahora le estás pidiendo a la gente que contemple el último propósito de sus acciones – ¡Que molesto!

El juego del “por qué” puede ser extenso. ¿Por qué nos vamos a dormir? Para sentirnos descansados. ¿Por qué debemos sentirnos descansados? Para poder trabajar mejor. ¿Por qué tenemos que trabajar mejor? Para avanzar en nuestras carreras. ¿Por qué? Para hacer más dinero. ¿Y por qué queremos más dinero? Para comprar cosas. Y por qué…

Tantos de nosotros somos como zombis en este carrusel interminable de falta de sentido – viviendo el momento, marchando orgullosos hacia una obscura e indefinida estación. Todo lo que hacemos parece ser justo una preparación para algo más. La vida, muchas veces, se parece a una lavadora gigante. Traemos la ropa, la ponemos en la lavadora, agregamos detergente y blanqueador, ponemos algunas monedas, luego en la secadora, las sacamos, la doblamos, la usamos y una semana más tarde estamos en la lavadora otra vez. ¿Dónde termina esto?

Investigar el propósito subyacente de nuestras acciones y decisiones es algo que nos resistimos a hacer. Se necesita coraje para saber claramente hacia donde nos dirigimos y por qué, por que quizás no sabemos exactamente como llegar allí, no sabemos si nuestro destino es incluso realizable o verdaderamente vale la pena. Es mucho más seguro caminar por la calle y pretender estar en camino hacia alguna parte – viéndonos como personas importantes.

Incluso más amenazadora es la idea de que quizás nunca llegaremos realmente a donde queremos ir. Entonces si diseñamos nuestras metas para ser eternamente vagos o virtualmente desconocidos, el fracaso quizás nunca deberá ser enfrentado… ¡que conveniente!

Y luego hay una “ventaja” más al evitar una vida con propósito. Al nunca contemplar verdaderamente la línea final, podemos pretender que lo que estamos haciendo en este momento está bien. Ninguna acción de nosotros realmente necesita estar dirigida a nuestras metas o ser significante. Podemos simplemente engañar al tiempo y satisfacer nuestras pequeñas necesidades, libres de culpa. Sin un itinerario, podemos elegir una ruta al azar y mirar hacia fuera por la ventana.

El judaísmo enseña que vivir con un propósito no es fácil. De hecho, uno de los objetivos primarios de nuestro ietzer hará – la parte baja de nuestro instinto – es estar constantemente distrayéndonos con atractivas diversiones, algunas inocentes, otras no tanto. Todo para impedir que entendamos el sentido de esta vida y evitar que nos comprometamos con una búsqueda de propósito.

Entonces, ¿cómo saber cual debería ser mi propósito particular? Después de todo, no hay dos personas iguales, y su meta y mi meta probablemente son muy diferentes.

Responder esta pregunta requiere mucha búsqueda espiritual, pero yo creo humildemente que tu verdadero propósito en la vida debe contemplar por lo menos estos tres requisitos:

  1. Debe ser algo en lo que tú eres naturalmente bueno.
  2. Debe ser algo que disfrutes.
  3. Tú lo encuentras curiosamente difícil de lograr. En otras palabras, cuesta trabajo llegar allí. Si es muy fácil, debes estar en el vecindario equivocado.

Por supuesto, estos parámetros se pueden aplicar también en consejos sobre la carrera, no para el propósito de la vida. Cuando buscas tu llamado particular en la vida, necesitas hacer más. Necesitas profundizar hasta una realidad diferente de tu psique – un lugar casi indescriptible – y observar si realmente estás conmovido por la experiencia.

La mayoría de la gente dice, “vas a reconocerlo cuando lo veas, cuando lo sientas”. Ellos tienen razón. Cuando te involucras a ti mismo en algo que disfrutas, tienes talento para eso, pero necesitas cierta medida de esfuerzo y detectas que estás tocando algo verdaderamente sublime, probablemente es cierto. Pero tu antena debe estar completamente extendida, para captar la señal completa.

Tomoji Tanabe de Japón, a los 111 años, conocido como el hombre más longevo del mundo hoy en día, recientemente atribuyó su longevidad, en parte, a beber un vaso de leche cada día. “No quiero morir”, él explicó.

Todos nosotros queremos vivir lo más posible, tomamos grandes medidas y hacemos todo lo posible para lograrlo.

La pregunta que debemos hacernos a nosotros mismos es: “¿Por qué?”.