Ingresé a la profesión de maestro por accidente. Mientras me graduaba de la escuela de negocios en USC, uno de mis profesores pidió voluntarios para hacer una tarea especial como alternativa a escribir un ensayo en profundidad. Inmediatamente levanté mi mano, y me dijo que debería enseñar en una clase universitaria de un curso de administración. Dado que toda mi experiencia enseñando estaba limitada a haber sido asistente de profesor en algunas clases, estaba desconcertado por la desalentadora idea de tener que enseñar una clase completa. Entonces mi profesor me dijo que la clase empezaba en tres horas y que mejor me preparara.

Nerviosamente entré y ví a 24 jóvenes (no había una sola mujer en la clase en ese momento) quienes miraban al nuevo profesor y el silencio era ensordecedor. Le pedí a cada estudiante que se pusiera de pie y que me dijera qué estaba estudiando y qué haría después de graduarse. Uno detrás de otro me dijeron sus objetivos, y todos querían abrir su propio negocio y manejarse solos. Entonces les pregunté cuantos de ellos podían balancear su propia cuenta bancaria. Ninguno podía hacerlo, entonces les dije que sacaran su libro de finanzas y les enseñé como crear su primer balance de gastos. Estaban eufóricos.

Ese fue el comienzo de una historia de amor con la enseñanza y con motivar a estudiantes que ha continuado por 105 semestres continuos durante los últimos 35 años.

Quiero compartir la historia de un estudiante en particular que era brillante, intuitivo, hacía preguntas difíciles y me deleitaba con su excelente discurso. Una tarde después de clases me preguntó si podíamos hablar tomando una taza de café. Me dijo que estaba extremadamente enojado conmigo. Cuando pregunté por qué, él dijo, “Usted siempre trae a Dios, la religión y la moralidad a la clase, y como ateo, lo resiento”.

Usted siempre trae a Dios, la religión y la moralidad a la clase, y como ateo, lo resiento”.

Encontré el comentario interesante, dado que después de todos mis años como profesor, nunca había oído esto antes. No hay duda que mis creencias judías han tenido un tremendo impacto en mi pensamiento, y frecuentemente uso metáforas basadas en alguna enseñanza judía en particular para enseñar. Así que le pregunté al alumno si alguna vez sintió que yo estaba haciendo proselitismo, o de alguna manera influenciando a los estudiantes a seguir el modo de vida del judaísmo. Él dijo, “No, pero estoy cansado de escuchar sobre la 'actitud de agradecimiento'”.

Le pregunté si algún familiar, amigo o profesor alguna vez había influenciado su vida para bien. El rápidamente respondió, “No. De hecho mis padres son responsables por muchas de mis dificultades”. Él empezó a describir una vida de enojo, resentimiento, soledad y tristeza. Se describió a sí mismo como un maestro en construcción de muros, rodeándose a sí mismo con “protección” contra aquellos que quisieran tratar de derribarlo. “La única persona con la que cuento”, él dijo, “soy yo”.

“¿Estás agradecido por algo en la vida aparte de ti mismo?”.

“No”.

Entonces le pregunté si tenía una “buena cama”.

Me miró con duda, y con una sonrisa irónica me dijo, “¿Una buena cama? ¿Cómo voy a saber si tengo una buena cama?”.

“Bueno, ¿Tienes una cama mala?”.

La respuesta fue la misma. “¿Cómo voy a saber si tengo una cama mala?”.

“Si tienes una cama mala, probablemente te despiertas con alguna clase de dolor en la espalda”.

El acordó que tenía una cama buena, dado que no había experimentado ninguna clase de dolor al dormir sobre ella.

Entonces le sugerí algo que hizo que me mirara con total asombro. “Mañana por la mañana, quiero que cuando te levantes, mires a tu cama y le digas, “Gracias por darme una buena noche de descanso””.

¿Su respuesta? “Esa es la cosa más estúpida y ridícula que he escuchado en mi vida, y no voy a hacerlo”.

El quiebre

La semana siguiente pidió verme otra vez después de clases, tenía algo urgente que hablar conmigo. Rápidamente después de clases fui con él a la cafetería y nos sentamos, ansioso por escuchar lo que tenía para decir.

“Usted ha causado un montón de cambios en mi vida desde nuestra última conversación”, él dijo. “Cada mañana me levanto y concientemente decido no agradecer a mi cama por darme una buena noche de descanso”.

“Pero entonces, el domingo a la mañana”, él continuó, “Me levanté y era un día hermoso, cálido y soleado. Estaba teniendo un hermoso fin de semana, y me desperté feliz y descansado. Mi novia estaba viniendo, así que fui a la cocina a preparar un buen desayuno para nosotros dos, y junté algunas flores para poner sobre la mesa”.

“Cuando ella llegó, estaba en mi habitación haciendo mi cama. En ese momento usted apareció en mi cabeza otra vez, y me encontré a mí mismo diciendo sin pensar, “Gracias por darme una buena noche de descanso””.

“Mi novia escucho eso desde la otra habitación y me preguntó con quién hablaba. “Con nadie”, contesté, pero ella insistió en saber con quien había estado hablando. Así que le conté toda la historia de nuestra conversación sobre el agradecimiento a la cama”.

“Desearía ser tan afortunada como esa cama. Desearía que pudieras decirme cuán agradecido estás por nuestra relación”.

“Me miró con profunda intensidad y me dijo, “desearía ser tan afortunada como esa cama. Desearía que pudieras decirme cuán agradecido estás por nuestra relación”. Y entonces comenzó a llorar”.

“Me quedé sin palabras, pero rápidamente me encontré a mí mismo hablándole como nunca antes lo había hecho. Estaba tan sobrecogido por la emoción que me encontré a mi mismo llorando por primera vez en mucho tiempo”.

“Hablamos toda la mañana, toda la tarde, y también toda la noche. Nos dijimos cosas el uno al otro que nunca habíamos discutido antes, y con total seguridad y apertura. Cuanto más hablábamos, más sentía como me abría. Le dije por primera vez en tres años cuanto la amaba, y cuanto apreciaba lo que ella había traído a mi vida”.

“Más tarde ese día decidí llamar a mi padre, con quien no había hablado en mucho tiempo. Al principio fue incomodo para ambos, pero después de que escuchó como expresaba lo que yo realmente sentía por él, rápidamente estábamos los dos sollozando y prometiéndonos hacer planes para vernos”.

Mi alumno me dijo que había empezado a ver como todo lo que le pasaba era una oportunidad para agradecer. Él dijo que había encontrado alegría en su vida otra vez.

No pude resistir la tentación, entonces le pregunté, “¿Así que ya no eres ateo?”.

Él sonrió y dijo, “No. He cambiado drásticamente y ahora soy agnóstico. Pero no me presione”.

Han pasado cinco años desde aquel incidente, y no pasa un mes sin recibir un e-mail de él, contándome del éxito en su negocio de fotografía, su esposa y sus dos hermosos hijos. Su padre falleció, pero él enmendó esa relación a tiempo para que ambos tuvieran paz, amor y cercanía. Sus hijos asisten a la escuela dominical, y sí, él todavía “es agnóstico”. Nunca deja de saludarme en las fiestas judías, y cuando recientemente pasé por una cirugía de corazón, me dijo que estaba rezando por mí.

Con la actitud correcta, supongo que hay esperanza para todos.