¿Cuándo fue la última vez que le agradecí a mi esposa por lavar la ropa, por educar a nuestros hijos, por preparar la cena, por darme un buen aviso, por arreglar las cosas en el banco, por editar mis artículos (esto lo agregó ella)? La lista es interminable.

¿Cuándo fue la última vez que genuinamente le agradecí a Dios por mi vista, por vivir en Jerusalem, por el café, por mis hijos, por mis nietos, por mi auto, por tener agua caliente, por el secarropa, por el Talmud?… La lista es interminable.

¿Y cuándo fue la última vez que realmente le agradecí a Dios por estar vivo? No sólo el reconocimiento superficial que digo apenas me despierto, sino una profunda valoración acompañada por piel de gallina y lágrimas en los ojos.

Esto pasó hace unos días cuando comprendí que me podían haber matado de un disparo. Eli Kaye, un inmigrante de Sudáfrica de 26 años, fue asesinado por un terrorista árabe en la Ciudad Vieja de Jerusalem. Él acababa de rezar en el Muro Occidental y estaba saliendo a través del shuk árabe, cuando un asesino de Hamás comenzó a disparar, y mató a Kaye e hirió a otras cuatro personas. Me sentí devastado.

Si mi hijo no se hubiera sentido mal esa mañana, yo habría estado en el sitio de los disparos.

Uno de los heridos leves fue Rav Zeev Katzenelbogen, de 46 años y padre de ocho niños. Conozco a Zeev y la mayoría de las mañanas, cuando camino hacia la Ciudad Vieja a través del shuk, nos cruzamos y nos saludamos, exactamente en el lugar en donde le dispararon. Me quedé sin palabras al saber que él era uno de los heridos. Si mi hijo no se hubiera sentido mal esa mañana, lo que provocó que llegara a mi oficina 45 minutos más tarde, yo habría estado en el sitio de los disparos.

Eli Kaye, de bendita memoria.

Hasta el tiroteo del domingo pasado, no recuerdo cuándo fue la última vez que realmente valoré que Dios me diera otro día de vida, que cada momento es un regalo que debemos aprovechar, y que debemos infundir con propósito y significado.

Por razones que desconozco, Dios orquestó los eventos y aseguró que yo no estuviera el domingo en el camino del terrorista. Durante todo el día me sentí repleto de gratitud a Dios por estar vivo. Mi día estuvo lleno de una mayor apreciación y de una sensación de urgencia de utilizar bien mi tiempo.

Pero hoy, ya volví al piloto automático, dando todo por sentado. En vez de sentir gratitud por estar vivo, me sentí molesto por la inconveniencia de tener que evitar el shuk y caminar un par de minutos extra hasta mi oficina.

Nuestro modo predeterminado es dar por sentado todo lo bueno de nuestra vida y quejarnos de todo lo demás.

Ser agradecido no es algo espontáneo que surge por sí mismo, sino que requiere mucho trabajo. Nuestro modo predeterminado es dar por sentado todo lo bueno de nuestra vida y quejarnos de todo lo demás.

Ya sea en nuestra relación con Dios, con nuestra esposa o con nuestros amigos, si no trabajamos de forma proactiva para ser agradecidos, lo más probable es que lentamente nos alejemos de este concepto.

Tenemos que realizar un esfuerzo consciente para escoger la gratitud. Y esto requiere penetrar tu corazón. Podemos decir palabras de agradecimiento (quienes rezan lo hacen todo el tiempo), pero necesitamos conectarnos con lo que decimos y sentirlo.

El judaísmo ha instituido numerosas bendiciones para recitar a lo largo del día como una herramienta práctica para detenernos, conectarnos y expresar nuestro agradecimiento a Dios. Pero no es suficiente tan sólo con decir rápidamente las palabras de forma rutinaria. Necesitamos detenernos unos segundos, tomar conciencia y valorar el regalo que Dios nos otorga.

En definitiva, esto es lo que intentaré hacer: por lo menos una vez al día realmente trataré de concentrarme cuando diga una bendición y trataré de conectarme con lo que digo. Es un pequeño paso para comenzar.

Y esta noche voy a sacar a pasear a mi esposa, volviendo a comprometerme a nuestra "cita semanal" (lo acepto, soy culpable de los cargos).

Y tú, ¿qué vas a hacer?