Tenía 15 años cuando el trauma opacó mi vida. No pude entender el tortuoso impacto que tuvo sobre mí haber sido violada, porque era una adolescente “dura”, con esa fachada exterior que se construye para protegerse de cualquier daño. Parecía que nada podía llegar a sacudirme.

Hasta que eso pasó.

Por cierto no se lo iba a contar a mis padres, ni siquiera a mis amigos más cercanos. Me encerré en mí misma y no compartí los detalles porque estaba demasiado avergonzada y devastada.

Sólo traté de hablar sólo con una amiga, pero dos semanas después de que confiara en ella, se mudó a Carolina del Norte cuando de repente transfirieron allí a su padre. Nos separó una enorme distancia física y éramos demasiado jóvenes para saber qué era el trauma y entender que yo necesitaba ayuda.

Mis padres ni se imaginaron que hubiera algún problema, porque por fuera yo me seguía viendo como la misma adolescente distante y rebelde. Mi norma era la falta de comunicación. ¿Cómo podía contarle a mi madre lo que había ocurrido cuando ella me había retado por haber vuelto demasiado tarde la noche anterior? En mi mente inmadura, me parecía que todo lo que había ocurrido fue por mi culpa. Me devoraba una culpa implacable. Vestía ropa oscura y holgada para ocultarme; eso hacía eco de la destrucción interior que sentía. Tenía pensamientos depresivos, suicidas. El mundo era un lugar aterrador con gente malvada en la que no se podía confiar.

Tenía pensamientos depresivos, suicidas. El mundo era un lugar aterrador con gente malvada en la que no se podía confiar.

Un mes antes de cumplir dieciséis años, una amiga de mi madre me prestó un libro de Dick Gregory: “Cookin’ with Mother Nature”. En el libro él relata cómo bajó 90 kilos y pasó de una obesidad mórbida a un saludable estado atlético.

No recuerdo por qué quise leer ese libro. No me importaba nada. Me iba mal en la escuela. ¿A quién le importa lo que come? Él escribía sobre la conexión entre los alimentos que consumimos y cómo nos sentimos. ¿Acaso era posible que toda esa azúcar, caramelos, helados, papas fritas, pizza… que toda mi dieta adolescente, pudiera exacerbar la depresión que sentía?

En mi interior estalló una chispa de vida que deseaba salir a la luz. Mi alma estaba desesperada por emerger de ese pozo de desesperanza en donde estuve estancada durante tanto tiempo.

Nunca dejé de rezar. No sabía a Quién más podía acudir en esos días oscuros cuando me sentía tan sola. No sé qué me llevó a rezar, pero lo hice desde el comienzo. “Dios… me siento tan sucia, repulsiva y asquerosa. Me siento sola y desesperanzada… ¿Qué sentido tiene vivir en un mundo donde la gente lastima a los demás?”.

Y lloraba. Mucho.

Sabía que no podía controlar nada ni nadie a mi alrededor. Sólo podía tomar elecciones para mí misma.

Si me cuidaba a mí misma, quizás eso significaba que yo valía algo. Tal vez mi vida sí era importante.

Algo en mi interior me obligaba a elegir la vida. En ese momento decidí alejarme por completo de la comida chatarra, dejar de fumar, de beber y de usar las drogas que consumía y concentrarme en comer frutas frescas al desayuno, ensaladas al almuerzo, cereales integrales y sopas de verduras para la cena. Era una limpieza física interna que podría limpiar mi mente, mi corazón y mi alma. Si me cuidaba a mí misma, quizás eso significaba que yo valía algo. Tal vez mi vida sí era importante.

Lentamente, con cautela, comencé a correr por las mañanas antes de ir a la escuela. Eran sólo diez minutos alrededor de la manzana, pero era el comienzo de una nueva vida.

Esta nueva rutina evolucionó y comencé a irme a dormir temprano y a levantarme a las 5:30 de la mañana. Diez minutos se convirtieron en veinte, en treinta y eventualmente en una hora en la fresca brisa de la mañana. Despertarme antes del amanecer y escuchar los coros de los pájaros que me rodeaban, me daba una maravillosa sensación de renovación y renacimiento. Correr era como volar.

Todo comenzó con esa primera corrida alrededor de la manzana: vigorizante, revitalizadora y restauradora de ese sentido perdido de autoestima y respeto por mí misma. Al liberarme de la “típica dieta de un adolescente” pareció que mi cerebro comenzó a salir de la neblina. Podía estudiar, entender, y aprobar con facilidad mis exámenes. Mis notas subieron. Mi comunicación con mis padres mejoró dramáticamente cuando traté de corregir lo que había hecho al tratarlos con tanta falta de respeto. Aunque a veces me reía y me preguntaba si estaba corriendo de mis problemas o corriendo hacia un nuevo futuro, esas corridas matutinas eran un tiempo calmo, terapéutico y meditativo de plegarias, reflexión y contemplación; un momento de curación y reconciliación con mi ser interior y con Dios, de Quien me había sentido tan alejada. Durante esas caminatas sentí que Dios siempre estaba a mi lado, alentándome. Él nunca me había abandonado, aunque yo lo había dejado de lado.

Dos años después de comenzar a correr, tres años después del trauma, me diagnosticaron un cáncer fulminante. Tenía sólo 18 años y estaba segura de que mi trauma estaba conectado con mi enfermedad. ¿Cómo podía luchar mi cuerpo cuando yo había deseado morir?

Pero ahora todo era diferente. ¡Quería vivir! ¡Tenía que vivir!

Después de una cirugía abdominal mayor no pude correr, pero podía caminar, aunque al principio el dolor era insoportable.

Sobreviví ese cáncer, pero seis años más tarde descubrí que la operación y la radiación que habían salvado mi vida también hicieron imposible que pudiera tener hijos sin someterme a más tratamientos invasivos. No quería más drogas ni más operaciones, pero atravesé ese desafío. Gracias a Dios, experimenté partos y eduqué a mis hijos.

Pasé más cirugías, más tratamientos radioactivos y más quimioterapia, sintiendo que me rodeaba el enorme amor de Dios.

Volví a enfrentar el cáncer cuando tenía 44 años, 26 años después de aquella primera batalla contra el cáncer. Veintiséis años de vida valiosa, el número que representa el nombre de Dios de compasión. Pasé más cirugías, más tratamientos radioactivos y más quimioterapia sintiendo que me rodeaba el enorme amor de Dios.

Caminar fue mi ruta de escape de la condena a muerte en la que estuve atrapada durante un año espantoso cuando tenía 15 años. Fue la manera de recobrar mi sentido de autoestima.

Caminar cada mañana se convirtió en mi manera de superar una larga lista de pruebas, de sentir a Dios a mi lado, siempre ayudándome. Recé. Dije tehilim. Agradecí. Recé para que nadie se sintiera solo. Existe el apoyo y Dios tiene muchas maneras de ayudarnos.

Ya pasaron cuarenta años desde la primera vez que me animé a correr alrededor de la manzana durante diez minutos. En la Torá, el número cuarenta representa un renacimiento: después de deambular 40 años por el desierto, entramos a la tierra Prometida. También hay 40 días desde el comienzo del mes hebreo de elul hasta Iom Kipur, la estación anual de teshuvá. Cuarenta es el número que representa el poder de elevarse a un estado espiritual, de purificarse y transformarse.

Para mí, cada paso es otra oportunidad para agradecerle a Dios y celebrar el valioso regalo de la vida, la vida que apenas puedo creer que sigo viviendo.


NOTA DE LA AUTORA: Mirando 40 años hacia atrás, definitivamente necesité ayuda post trauma, pero en ese momento no tuve la conciencia necesaria para entender cómo encontrar ayuda o cuáles eran mis opciones.

Si notas que un hijo, un ser querido o un amigo actúa de forma diferente (triste, desafiante, rebelde o ensimismado), es posible que esté sufriendo por algo que le ocurrió y que teme contar. Acércate. Formula preguntas. Busca ayuda. Correr o caminar es algo sumamente recomendable porque estimula la producción de las saludables y beneficiosas endorfinas, pero no es un sustituto de la terapia.